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(DIEZ AÑOS DE THE SONGS WE LOVE: 1015 ENTRADAS, CANCIÓN NÚMERO 1000)

Recuerdo que vivíamos en el barrio pamplonés de Mendebaldea, en un piso de estudiantes: A, J, K y yo. No sé si es el año en el que me acabaría dejando coleta, creo que sí; en las pocas fotos que aún tengo de aquel año me veo bastante desmejorado, y la melena algo desordenada ya apunta su terrible amenaza de sucumbir a una nueva (otra más) moda capilar. Tengo el tono de piel algo cetrino, los pómulos marcados, y un físico bastante desgarbado; desde luego, no el tipo interesante que en aquel momento yo pensaba que era. Parezco más bien un cantautor malo (en aquel año me regalaron una guitarra en mi cumpleaños: se ve que no era el único que lo pensaba) necesitado de una cura de sueño. Fue un momento complicado para mí, además: de ser un alumno brillante en el instituto había pasado a recibir una dolorosa cura de humildad en el primer año de carrera, y aquel segundo año me vería obligado a -cosas del plan antiguo de estudios de Arquitectura Superior- cursar únicamente las dos asignaturas que había suspendido en septiembre. Una de ellas, la temible Geometría Descriptiva que funcionaba de una forma muy parecida al «Abandonad toda esperanza, quienes aquí entráis» del infierno de Dante, la otra creo que era Matemáticas, que en realidad no era tan complicada (siempre se me habían dado bien, encima) pero que por los motivos que sea y algo llamado matrices, se me enquistó.

Tengo una imagen difusa de mi dormitorio, estaba el final del pasillo, a la izquierda, tan recargado como solo puede estarlo el cuarto de un estudiante que necesita proclamar de forma imperiosa al mundo quién es, y lo que le gusta, y de donde viene y a dónde (cree que) va, y que por primera vez experimenta los placeres de la vida adulta. (No, el año anterior en el colegio mayor no cuenta como vida adulta, y mejor vamos a dejarlo ahí). Sí que recuerdo que el cuarto estaba ocupado en primer término por la mesa de dibujo técnico que le había comprado al padre de C: blanca, provista de muelles y pistones hidráulicos, enfajada con el brillo verde del paralex al que tanto trabajo di. Pesaba un montón esa mesa, en mi cabeza persiste la imagen de algunas gotillas de sudor en la frente de ese hombre con porte de roble mientras le ayudaba a montarla, lo fuertes que parecían sus manos, la confianza que daba su franca sonrisa de vasco bueno.

Diría que estaba haciendo una práctica de geometría sobre la siseante superficie del papel sulfurizado, pero el paso del tiempo envuelve la memoria como una venda llena de agujeros, y hoy no puedo asegurarlo al 100 %. En mi cabeza se dibuja una imagen de ese tablero levantado, el calor del flexo derramándose sobre mi y confiriendo un tacto tibio a la superficie plástica de la escuadra y el cartabón, pero puede que todo aquello no sea más que una reelaboración de mi cabeza de otros muchos momentos que sí fueron así. Escuchaba la radio mientras me afanaba, concentrado, en el exigente trazado de precisión en el que unos milímetros eran la medida exacta entre el éxito y el fracaso, distraído con la música; en aquella época sonaban sin cesar cosas como «Don’t Speak» de No Doubt, que no me molestaban, pero tampoco me interesaban demasiado. Entonces el locutor dijo algo de una nueva banda británica de la que nunca había oído hablar y empezó a sonar «Mis-Shapes«. Despegué el grafito del papel, levanté la mirada hacia la radio, me quedé parado escuchando: eso sí lo recuerdo bien. Era (posiblemente los primeros días del otoño) 1995.

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Cuando entramos, Jarvis acababa justo de salir al escenario. En condiciones normales hubiera matado a P, que se había empeñado en tomar un bocadillo en un Subway o algo así poco antes del concierto, pese a mi más que evidente nerviosismo (acabamos todos corriendo hacia la puerta de la sala Razzmatazz cuando ya los primeros compases de «Weeds» empezaban a sonar), y lo lógico es que me hubiera fastidiado muchísimo el hecho de que cuando yo entraba por la puerta, Jarvis ya estuviera ahí. (Siempre había imaginado que sería yo quien estuviera plantado frente a un escenario aún vacío, esperando con excitación el momento en el que ¡por fin! iba a ver a Pulp). Lo cierto es que no fue así: me sentí feliz, felicísimo, estaba tan excitado que sólo recuerdo la figura espigada bajo los focos del mismo hombre al que había visto un millón de veces en las fotos, ahora emergiendo entre los hombros de los espectadores que tenía delante; la misma voz sobre la que había cantado las canciones de «Different Class» y «This Is Hardcore» hasta aprendérmelas de memoria, retumbando desde los altavoces, pero aquella vez con la maravillosa consistencia de lo presente. Recuerdo buscar con la mirada a P, y encontrarme con su sonrisa cómplice, uniéndonos con un lazo invisible que nos ataba a aquel momento y aquellas canciones; y el blando impacto del calor de grupo, húmedo pero acogedor, después de las carreras apresuradas en una noche fría desde la estación de metro hasta la sala de conciertos. Esa fue la primera vez que fui a un concierto de Pulp, del que apenas recuerdo mucho más que la sensación de flotar. P. iría más tarde, en algún momento a por cervezas, yo le dije que no me apetecía tan sólo porque no quería perderme ni un segundo de los de Sheffield. No tocaron «Common People«, y aquello me dejó en un primer momento una sensación agridulce: era el cumpleaños de la sala, a la que precisamente la canción de Pulp había dado nombre, y tocaron aquella como cierre, soltaron globos. Luego volviendo a casa (dormíamos todos en un campamento improvisado en el piso de Ó. junto a la Rambla) decidimos en una especie de ejercicio de auto-compensación que no había sido tan importante que no la tocaran, era el 3 de diciembre de 2001.

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Entonces ya vivíamos en nuestro primer piso A, nuestros dos hijos pequeños y yo. Recuerdo que había estado enredando con una idea cuyo germen habían sido los emails con los que, año tras año y a modo de felicitación navideña, enviaba a mis amigos y familia mi selección de canciones favoritas de la añada a punto de finalizar. Había acabado por encariñarme de aquella costumbre, un ritual que siempre me proporcionaba no pocas risas con los (pocos) emails de respuesta, y que en cierta forma me permitía experimentar con un placer inédito: el de escribir sobre la música que me gustaba, una prolongación del ya proporcionado por la compartición de lo que consideraba algo de valor y digno de ser conocido. Llevaba algunas semanas haciendo pruebas con wordpress, empezando a manejarme: resultó ser bastante sencillo, y lo que en un principio parecían obstáculos fueron desapareciendo conforme la estructura del blog fue tomando forma. Mi inseguridad me había aconsejado no contar nada acerca de mis planes, y resolví escribir unas cuantas entradas de forma privada, y esperar a mediados de diciembre, con unos cuantos posts ya escritos. Aprovecharía así mi musical felicitación navideña para dar a conocer a los míos la existencia de esta bitácora en la que planeaba escribir sobre canciones, de forma más o menos continuada, de un modo completamente subjetivo y libre, sin atenerme a ninguna regla al respecto de las formas. Finalmente, consideré que disponía de los conocimientos de wordpress necesarios para redactar mi primera entrada, sobre una canción que por entonces me obsesionaba: «Myth«, de Beach House. Aquella fue la primera entrada de este blog que hoy cumple 10 años y llega rendido a la meta de las 1000 canciones. Era el 26 de octubre de 2012.

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CANCIONES DE PULP QUE APARECIERON EN TSWL

TV Movie (19 nov 2012)

Like a Friend (23 mar 2013)

My Legendary Girlfriend (16 nov 2013)

Grandfather’s Nursery (24 abr 2015)

My Lighthouse (26 oct 2015)

Ansaphone (27 oct 2015)

Lipgloss (28 oct 2015)

Underwear (18 ene 2016)

Cocaine Socialism (22 feb 2017)

Don’t You Know (17 ene 2019)

Bad Cover Version (25 mar 2019)

P.T.A. (Parent Teacher Association) (8 jun 2020)

Bar Italia (30 oct 2020)

Joyriders (21 sep 2021)

Razzmatazz (3 oct 2022)

Cuckoo (4 oct 2022)

Dishes (5 oct 2022)

Tomorrow Never Lies (10 oct 2022)

The Quiet Revolution (11 oct 2022)

The Last Day Of The Miners’ Strike (13 oct 2022)

Live Bed Show (extended) (14 oct 2022)

O.U. (Gone, Gone) (17 oct 2022)

What Do You Say? (18 oct 2022)

Help The Aged (19 oct 2022)

Got To Have Love (20 oct 2022)

Stacks (21 oct 2022)

Death Goes To The Disco (24 oct 2022)

Common People (25 oct 2022)

Do You Remember The First Time (26 oct 2022)

NB: Please do not read the lyrics whilst listening to the recordings

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9 pensamientos en “Do You Remember The First Time – Pulp

  1. Felicidades! Gracias por tu dedicación. Aunque lo conocí tarde, espero la próxima playlist❤️

    • ¡Muchísimas gracias! Mira, eso yo creo que sí haré, una lista al final del año, como de costumbre. Me conozco bien y creo que -también en ese aspecto- soy bastante jarvicockesiano…;P

  2. My first time… pues sería hacia finales de 1995. Mi hermano D volvió a Granada «por Navidad» y recuerdo perfectamente el entusiasmo con el que me puso, en el equipo de música de nuestro padre que había en el cuarto de estar, las primeras canciones del Different Class. Me encantaron, pero sobre todo quedé cautivado con la épica de Mis-Shapes. Por aquellos tiempos lo de «auriculares inalámbricos» era una quimera futurista y pasé varios días sentado frente al Aiwa flipado con «I spy» y «FEELINGCALLEDLOVE», por entonces los temas más interesantes para mi mente alejada del Brit-Pop. Se me hacía difícil hacer la transición desde el «In Utero», y llevaba un tiempo más metido en Tricky y lo más oscurillo de Depeche Mode, así que imagínate. Por suerte, me pude grabar una cinta y nada volvió a ser igual.

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