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El día 22 de febrero de 2017, hace exactamente 379 días, me encontré con I; un papá del colegio de mis hijos con quien había empezado a cruzar palabras el día que se le había ocurrido aparecer en un evento colegial enfundado en una camiseta de los Fleet Foxes. Y claro, a mi mujer se le dan mucho mejor que a mí estas cosas de saludar padres y entablar conversaciones, pero desaprovechar una ocasión así hubiera sido imperdonable: en aquel contexto de entusiastas usuarios de whatsapp (los que tenéis hijos sabéis de lo que hablo), conversaciones sobre si el día del baile vale camiseta-blanca-con-letras o si tiene que ser completamente lisa (da igual lo que hagas, siempre es la que no tienes en casa y acabarás comprándola) y dudas sobre deberes, un tipo enfundado en una camiseta de Fleet Foxes es algo así como la visión de un fresco oasis en mitad del desierto.

Bueno, pues resulta que I. no sólo es un tío estupendo, sino que además tiene un gusto musical superlativo del que siempre procuro aprender, a ver si se me pega algo. Sí que es verdad que sus gustos son algo más clásicos que los de un servidor, y parece más impermeable que yo a los seductores pero no siempre provechosos cantos de sirena de lo-último-de-lo-último. Lleva a sus hijos pequeños a conciertos de lo más indie y la mitad de nuestras conversaciones versan, aleluya, sobre nuestros últimos descubrimientos musicales, o discos clásicos que nos ha dado por recuperar. El caso es que en aquel 22 de febrero de 2017 me recomendó escuchar el debut de un tal Max Jury, me lo apunté en el bloc de notas del teléfono y ahí se quedó, apuntado. No en pocas ocasiones, en posteriores encuentros, me preguntó si había tenido ocasión de dedicar un rato a las canciones del tal Max Jury, y yo erre que erre, que entre una cosa y otra, lacasasinbarrer etc, etc…Y mecachis -cómo no- al cabo de tropecientos días me pongo con ello y resulta que tenía razón.

El debut -homónimo- de Max Jury se publicó en 2016, a través del sello Marathon Artists. Son once canciones de corte clasicorro a lo Randy Newman en la que tienen cabida tanto unos suaves aromas de americana (qué delicia “Beg & Crawl“, le falta una pedal steel para ser un hit de Wilco) como los apuntes de soul, o encendidas baladas pop al piano. En esta última categoría es donde podrían encuadrarse “Great American Novel”  o, cómo me gusta, esta soberbia “Love That Grows Old” que debe estar haciendo que Elton John se arranque los ojos de la rabia. Así que mejor que no os engañe esa pinta de guapete insolente que presume de haber sido criado en los suburbios: el chico ya ha abierto conciertos para figuras totémicas como Lana del Rey o Rufus Wainwright, y sus canciones -esto es lo que importa, al fin y al cabo- poco tienen que envidiar a las que nos deslumbraron, por ejemplo, en el debut de Tobias Jesso Jr. ¡Un millón de gracias por el descubrimiento, I!

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