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Aprovechando que Cliff Richard está de actualidad ( y no precisamente por su música), vamos a recuperar uno de los temas más recordados de este británico cuya agitada biografía parece no haber dejado huella en su inmaculado rostro. Vale, es broma: si el hombre le sigue dando a la cirugía plástica acabará convertido en una cruel caricatura del hombre que socavó, a golpe de cadera, las convicciones morales de muchas jovencitas de los sesenta (aunque en cualquier caso, siempre será mejor que la devastadora imagen de Phil Spector que acaba de filtrarse a la prensa, desde la prisión donde cumple condena). Pero ni su sonrisa trasplantada de Raphael, ni su (muy poco rockera) filantropía, ni la acusación de devaneos con un jovencito deberían apartarnos de la cuestión fundamental: lo estupendo de algunas de sus canciones, y el hecho incontestable de que el hombre que llegó a ser considerado como la respuesta británica a la figura de Elvis Presley, ha aguantado mejor que muchos otros el paso del tiempo. Quizá hace demasiado que expiró su plazo para eso que llaman una retirada a tiempo, y probablemente acabará  -como muchos otros- dilapidando su fama como jurado en un casposo talent show, pero desde luego, si algo ha demostrado el cantante ha sido una gran capacidad para sobreponerse (al menos, comercialmente) al paso de los años, y una sobrenatural habilidad para las segundas oportunidades: 260 millones de discos vendidos en todo el mundo le avalan.

Un breve apunte biográfico: a los 17 años comenzó a tocar en una banda de skiffle (algo así como un antecesor del rock’n’roll, consistente en la adulteración de vigorosos ritmos folk con -literalmente- cosas que hacen ruido), una banda a la que llamó The Drifters. Los de la EMI supieron ver el potencial del joven Richard (también el gancho comercial de su atractivo físico) y no se equivocaron al apostar con él y sus inseparables secuaces, en seguida reconvertidos en The Shadows (Sí: ESOS The Shadows, otro día hablaremos de ellos) para evitar problemas con un grupo de soul de igual nombre. El sello les dio la oportunidad de grabar en Abbey Road, y ahí fue donde se registro “Move It!“, su primer éxito internacional, y sólo el primero de muchos.

Y es que los últimos 50 y los primeros 60 fueron prácticamente un paseo: los éxitos se amontonaban, el dinero fluía, y la banda acaparaba -con permiso de Presley- toda la atención del incipiente fenómeno fan. La cosa amagó con estropearse, claro, en 1963, cuando Parlophone -que en el fondo lo que andaba buscando era su propia versión de Cliff Richard & The Shadows- lanza a The Beatles, y los de Liverpool sacuden la historia de la música como un ciclón de una fuerza tal que envía a Cliff Richard a una posición, detrás de la primera fila, a la que no estaba acostumbrado. Sería sólo la primera vez de unas cuantas: en 1968 hay un cierto amago de resurgimiento, a raíz de la participación del británico en el Festival de Eurovisión. El celebérrimo “Congratulations” se convertiría en uno de los mayores éxitos de su carrera, pero en la final de aquel certamen, disputada en el Royal Albert Hall londinense, el tema quedó relegado (por sólo un punto) a la segunda plaza, y la victoria sería finalmente para una señora llamada Massiel que representaba a España. Cosa curiosa, cinco años después volvería a intentarlo, quedando esta vez por detrás de Luxemburgo y ¡otra vez España! (el segundo puesto logrado por  “Eres Tú“, de Mocedades).

Y así, más o menos, seguiría la cosa en los años venideros, basculando entre el goteo del olvido y las estentóreas resurrecciones: separación en 1968 de The Shadows, convertidos por derecho propio en el grupo instrumental más grande de todos los tiempos, para, pocos años después -no hay que perder de vista que hablamos de los años en los que la explosión punk empezaba a olerse en el aire- permitirse el lujo de convertirse en una celebridad televisiva, ser el primer cantante de rock occidental en atravesar el temido telón de acero, y triunfar con su disco “I´m Nearly Famous“. En los ochenta, contra lo que cabría esperar de un artista de su generación, las chispeantes producciones de Stock, Aitken y Waterman (los reyes Midas del pop más comercial de aquella década) y sus colaboraciones con la flor (Elton John, Olivia Newton John, etc) y la nata (Mark Knopfler, Stevie Wonder, etc) de la escena musical le llevaron a un éxito sin precedentes, en la que ya había sido de por sí una muy exitosa carrera. Y a partir de ahí, sí que ha habido un cierto declive, más acusado: su popularidad está lejos de ser la de sus años de gloria, pero al menos es suficiente como para mantener al británico sobre los escenarios con un cierto status de leyenda viva (si no se lo acaba fundiendo a base de bisturí y sonrojantes apariciones en televisión, como decía).

Y vamos a dejarlo aquí, de momento. Ha sido un vistazo muy rápido a una muy prolífica carrera, y aún me he dejado sus participaciones en el cine (como actor real, convertido en marioneta en la fantasía pop “Thunderbirds Are GO”, cuando no inspirando -esto es de mi cosecha- las poses lánguidas de Val Kilmer en el papel de Nick Rivers (“Top Secret”). Siempre habrá, por tanto, una buena ocasión para volver sobre la figura del británico, de modo que mejor pensar que ésta es solo la primera, y hacerlo con una de esas inolvidables baladas mojabragas que le hicieron tan famoso.

La canción a la que va dedicada esta entrada se llama “Constantly (L’Edera)“, aunque en un principio simplemente era “L’Edera“: se trata de todo un clásico del pop italiano de los años 50, parece ser que compuesto por un tal Saverio Seracini para el festival de San Remo en 1958, y  versionado después en innumerables ocasiones (quizás fue la versión de Nilla Pizzi la que tuvo mejor acogida). Supongo que no hace falta que diga, a estas alturas, que el tema quedó segundo en aquel afamado concurso, por detrás del inmortal “Nel blu dipinto di blu ” de Modugno…  El caso es que en 1964 la canción vivió una segunda juventud entre el público anglosajón, y no sólo anglosajón -en la colección de siete pulgadas que había en casa, más bien tirando a francófona, este tema era algo así como la cumbre de las canciones trágicas- gracias a una letra en inglés, escrita por el propio Richard  con la asistencia de Michael Julien, y los arrebatadores arreglos orquestales de Norrie Paramor, colaborador muy habitual del británico. En cuanto fue lanzado como sencillo, alcanzó las listas de éxitos de medio mundo (aunque curiosamente, en países como Francia o Isreal el tema quedaría relegado a la cara-B de su singleI’m The Lonely One“), algo que puede entenderse perfectamente con tan sólo darle al botón de reproducción de aquí abajo. Emocionante y magnífico, el tema se te agarra al pecho (más fuerte que la hiedra), y ya no te suelta en -se dice pronto- 60 años.

 

2 pensamientos en “Constantly (L’Edera) – Cliff Richard

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