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Poco a poco, el ruido mediático en torno a los neozelandeses Yumi Zouma va aumentando, y cada vez van siendo menos las razones para no creer en el hype: como siempre, los sensatos que saben mantener la cabeza fría esperarán a que sea el debut en formato largo el que de argumentos (o no) para la celebración, mientras que los más impulsivos -nos equivocamos con mucha mayor frecuencia, pero qué bien nos lo pasamos mientras tanto participando en el desfile, ¿eh?- erigiremos a toda velocidad altares que, no en pocos casos, se quedarán vacíos. En un proceso tan reiterado como inofensivo, todo ese entusiasmo vertido desde los blogs más adelantados (sospecho que tanta inquina hacia los blogs por parte de los mismos medios que reivindican el papel de los antiguos fanzines tiene mucho que ver, precisamente, con la velocidad con que los primeros pueden operar) se embotellará en un burbujeante EP, y un par de semanas después de que el corcho salga disparado entre vivas, no serán pocos los que afirmen ver en los firmantes de las cuatro canciones de rigor a los nuevos **** (rellénese con el nombre de la banda que se desee), sobre todo si los mencionados **** andan por un tercer disco al que quizás llegan con la lengua fuera, y una muy poco prometedora falta de ideas. Un viejo ciclo -no demasiado productivo, es verdad- de expectativas desproporcionadas, pocas ratificaciones, y muchas, muchas promesas incumplidas, pero en el que nadie podrá quitarnos lo mucho que disfrutamos con aquellas primeras canciones: se llama entretenimiento, y tampoco hace falta que hagamos un acto de contrición por eso.

Pues bien, como decía el caso de Yumi Zouma se ajusta como un guante al ya clásico guión de “el-grupo-del-que-todo-el-mundo-está-empezando-a-hablar”, y del que muchos sólo esperamos que de lugar a algo que valga la pena. El trío lo integran Charlie Ryder, Josh Burgess y Kim Pflaum, residentes cada uno de ellos en una ciudad diferente (París, Nueva York y Christchurch), y el respaldo que han tenido de la discográfica Cascine -un sello por el que, tengo que reconocerlo, un servidor tiene cierta simpatía desde que empezaran a publicar a Chad Valley- ha sido definitivo para que hayamos escuchado sus canciones.

La mayoría de ellas aparecían recogidas en un EP homónimo, datado en tebrero de este año, y bien valen un comentario: vamos a hacerlo antes de referirnos al tema al que va dedicada esta entrada, porque aunque está claro que todas recuperan el legado más refinado de los últimos ochenta y primeros noventa, fácilmente catalogable como dream-pop, aún se acogen a diversos matices.

El EP lo abría “A Long Walk Home For Parted Lovers“, un tema en el que quedaban bastante bien perfilados los márgenes del proyecto: un poquito Sarah Records, un poquito disco, un poquito synth-pop ochentero. Este último predominaba en “Sålka Gets Her Hopes Up, un tema que seguramente gustaría mucho a la guapísima -ya sé, ya sé: el adjetivo no viene a cuento, pero no puedo dejar de decirlo- Ana Naranjo (Linda Mirada), y creo que eso da una idea, más que certera, del tipo de nube nostálgica con que se envuelve. A continuación, “The Brae” -hasta el momento, la pista que más entusiasmo ha suscitado- mostraba ese otro perfil que comentaba, de guitarras brumosas a lo Wild Nothing (quienes, no es casualidad, son responsables de una remezcla de la primera de las canciones aquí comentadas), mientras que, por último, “Riquelme” dejaba traslucir las seductoras posibilidades de un acercamiento a la pista de baile.

Nada mal para tratarse un estreno, pero los motivos para nuestra atención no acabaron ahí: poco después de aquella primera referencia, pudimos conocer una versión del “It Feels Good To Be Around You” de Air France, que además de formularse como una especie de “carta de amor” al desaparecido grupo, sumaba el atractivo extra de incluir las voces de Joel Karlsson y Henrik Markstedt, los dos miembros de aquella gaseosa banda.

¿Suficiente para hacer entender por qué su compatriota Lorde les ha escogido como teloneros? Si no es así, aún me he guardado una última bala en la recámara, probablemente la más eficaz de todas a la hora de penetrar corazas: “Alena” no renuncia a las brumas del pop más ensoñador, pero deja que el estribillo se inunde de un sonido house-pop (ese piano…) casi balear, que planta a los Yumi Zouma en la liga uptempo. Voces planeadoras, nostalgia para radiocasettes ¿Pero no quedamos en que el chillwave estaba muerto? Pues por lo que se ve, no del todo…

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Un pensamiento en “Alena – Yumi Zouma

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