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– ¡Oh, Charles, oh!… ¡Tómame, Charles, tómame!

Catherine cerró los ojos al tiempo que sus manos apresaban con avidez  los glúteos de Charles, atrayendo hacia sí el cuerpo del joven. Anticipando con un profundo gemido el placer que tanto ansiaba, se estremeció al percibir como Charles arqueaba su espalda con la tensión de una perfecta ballesta, y finalmente embestía furiosamente contra ella, llenando su

Ooops. Perdonad, tal vez me he dejado llevar por el momento. Dejad que me recomponga, y echadle mientras tanto la culpa a ese pedazo de freak que responde al nombre de Sébastien Tellier: su último disco se llama “Confection” y suena exactamente a lo del párrafo anterior, a banda sonora imaginaria de una de peliculilla de soft porn. De ahí el calentón. Vale, lo reconozco: también me hacía gracia empezar el post así; simple que es uno.

De cualquier forma, quitad esa cara de piadosas ursulinas, que sabéis perfectamente a lo que me refiero. Soft porn. Sí, hombre, sí: las películas esas cuyo argumento interesa más bien poco, y cuyo principal interés se focaliza en las abundantes escenas de sexo, perfectamente coregrafiado, y ejecutado en esteticista (aunque poco efectiva, me temo) cámara lenta: mucha teta y poco pubis; mucho travelín, mucha gasa y mucho (como si a alguien le interesaran todos esos visillos y candelabros que ocultan el grueso de la acción) segundo plano, pero, pese a las expresiones de éxtasis, nada de metesaca. No sé ni para qué molesto con la explicación, la verdad: por supuesto que sabeis perfectamente de qué estoy hablando.

El caso es que a Tellier ya le habíamos visto en lides parecidas: fue en 2008, a propósito de aquel disco llamado “Sexuality” con el que el francés se reivindicaba como el Bigas Luna del indie a partir de una colección de sintetizadores que parecían extraídos del archivo sonoro de Vivid Entertainment. Aquellas eran excitantes piezas musicales con un punto artificial, repetitivo y mecánico, a las que sin embargo era imposible no prestar atención: exactamente como los gimnásticos y placenteros movimientos a los que -supuestamente- acompañaban. No resultaba demasiado difícil, escuchándolas, imaginar el pertinente fondo sonoro de “hummmms”, “aaahs” y “oooohs”, connaturales a la más elemental física del refrote, y en algunos casos (“Pomme“) este proceso imaginativo incluso resultaba innecesario.

Pero si aquello caía del lado del ya clásico ejercicio de banda sonora imaginaria (en este caso, de un género cinematográfico muy sui generis, pero no por ello menos clásico), en su último disco el autor de la maravillosa “La Ritournelle” parece volver al (otra vez esta palabra) clasicismo de aquella genial canción, abandonando  los sintetizadores de porno barato, y adentrándose -con perdón- en territorios de similar intención masturbatoria pero más alto abolengo: los del erotismo chic y la coartada intelectual que brinda. Nada de electropop grandilocuente, y mucho menos despiporre kitsch a lo “My God Is Blue“: ahora son excitados violines y bajos suntuosos quienes nos transportan a las alcobas sensuales retratadas con espíritu decadente en la década de los 70. ( A fin de cuentas, a quien más aluden “Hypnose” o “Coco Et Le Labyrinthe” es al Ennio Morricone que tan bien compilaban los muy recomendables volúmenes de “Mondo Morricone”, a medio camino entre el giallio y el cine de destape).

Empezaré por lo que no me gusta, porque acabo antes: el organillo de baratillo de “Waltz“, que me pone un pelín nervioso.  Y ya. El resto, basta con echar un vistazo a las posibles influencias, tenía todas las papeletas para gustarme: algo de los primeros Air (especialmente en esta “Delta Romantica” que hoy destaco en estas páginas), o retrotrayéndonos un poco más, ecos de los órganos moog que tanto le lucieron al Marcos Valle de “Previsão Do Tempo” (echad un vistazo si no a la fastuosa “L’amour Naissant III“), o incluso -palabras mayores- espíritu gainsbourgiano en la central (a fin de cuentas, se trata de la única pista en la que podemos escuchar la voz de Tellier) “L’amour Naissant“. Si no véis la referencia, probad simplemente a escuchar las variaciones instrumentales de este último tema, y decidme que no parece que en cualquier momento fuera a empezar el inconfundible fraseo del excelso Serge Gainsbourg. Concretamente, le veo un aire muy “Initials  B.B.“.

Bien, por tanto, para Tellier: me sigue pareciendo un tío rarísimo, pero desde aquel “Fantino” con el que le descubrí, es alguien al que no puedo, por un motivo u otro, dejar de seguir. Ya sabíamos que era capaz de firmar unos scores muy dignos (sus pistas no sólo aparecen en pelis de Sofía Coppola: también firmó la banda sonora de la película “Narco”); y ahora también sabemos que es capaz de componer los más lúbricos acompañamientos para fantasías vintage aún no filmadas. Ojalá, si algún día llegan a rodarse, estén a la altura de este disco.

La lengua de Charles recorrió con deleite el vientre de Catherine, quien, en sus más íntimos recovecos…


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Un pensamiento en “Delta Romantica – Sébastien Tellier

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