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Acuérdate de mi fiesta, acuérdate de mi fiesta, dijo Peter Walsh al pisar la calle, hablando rítmicamente para sí, al compás del fluir del sonido, del directo y rotundo sonido del Big Ben dando la media hora. (Los círculos de plomo se disolvieron en el aire.) Oh, estas fiestas, pensó, las fiestas de Clarissa. ¿Por qué da estas fiestas? Y con ello no acusaba a Clarissa, ni tampoco a la imagen de un hombre con chaqué y un clavel en el ojal que avanzaba hacia él. Sólo una persona en el mundo podía estar, cuál él estaba, enamorado. Y allí estaba, aquel hombre afortunado, él mismo, reflejado en la luna del escaparate de un fabricante de automóviles en Victoria Street. La India entera estaba detrás de él: llanuras, montañas, epidemias de cólera, un distrito dos veces mayor que Irlanda, decisiones que debía tomar solo—él, Peter Walsh, que ahora estaba realmente enamorado por primera vez en su vida. Clarissa se había endurecido, pensó; y, de paso, se había tornado un tanto sentimental, sospechaba, mirando los grandes automóviles capaces de hacer, ¿cuántas millas con cuántos galones? Porque él sentía cierta inclinación por la mecánica; había inventado un arado en su distrito, había pedido carretillas a Inglaterra, pero los culis se negaban a utilizarlas, de todo lo cual Clarissa no sabía nada de nada.


La manera en que Clarissa había dicho “Aquí está mi Elizabeth” había enojado a Peter Walsh. ¿Por qué no había dicho sencillamente, “Aquí está Elizabeth”? Era insincera la frase. Y a Elizabeth tampoco le había gustado. (Los últimos temblores de la gran voz tonante todavía estremecían el aire alrededor de Peter Walsh; la media; temprano aún; sólo las once y media.) Sí, porque Peter Walsh comprendía a los jóvenes, le gustaban. Había cierta frialdad en Clarissa, pensó. Siempre, incluso de niña, había sufrido una especie de timidez, que en la media edad se convierte en convencionalismo, y entonces todo termina, todo termina, pensó, mirando un tanto atemorizado las vidriosas profundidades, y preguntándose si acaso al visitarla a aquella hora la había enojado. De repente quedó dominado por la vergüenza de haberse comportado como un insensato: había llorado, se había dejado llevar por las emociones, se lo había contado todo, como de costumbre, como de costumbre.


Tal como la nube cruza ante el sol, así cae el silencio sobre Londres, y cae sobre la mente. Los esfuerzos cesan. El tiempo ondea en el mástil. Aquí nos detenemos; aquí quedamos quietos, en pie. Rígido, sólo el esqueleto de la costumbre sostiene el caparazón humano. Que no contiene nada, se dijo Peter Walsh, y se sintió vacío, totalmente huero en su interior. Clarissa me ha rechazado, pensó, Se quedó quieto, pensando: Clarissa me ha rechazado.


Ah, dijo St. Margaret, como una dama de sociedad que entra en su salón en el instante en que suena la hora, y ve que sus invitados están ya allí. No llego tarde. Son exactamente las once y media, dice la dama. Sin embargo, pese a que lleva toda la razón, su voz, por ser la voz de la dueña de la casa, es remisa a infligir su individualidad. La retiene cierto dolor por el pasado, cierta preocupación por el presente. Son las once y media, dice, y el sonido de St. Margaret se desliza en los entresijos del corazón y se entierra en círculo tras círculo de sonido, como algo vivo que ansía confiarse, dispersarse, quedar, con un estremecimiento de delicia, en descanso; cual la propia Clarissa, pensó Peter Walsh, descendiendo la escalera al tocar la hora, vestida de blanco. Es la misma Clarissa, pensó con profunda emoción, y con un extraordinariamente claro, aunque intrigante, recuerdo de ella, como si esta campana hubiera entrado en la habitación, años atrás, en la que estaban sentados en un momento de gran intimidad, y hubiera ido de uno a otro y se hubiera marchado, como una abeja con miel, cargada con el momento. Pero, ¿qué habitación?, ¿qué momento? Y, ¿por qué se había sentido tan profundamente feliz mientras el reloj sonaba? Entonces, mientras el sonido de St. Margaret iba extinguiéndose, Peter Walsh pensó: ha estado enferma; y el sonido expresaba languidez y sufrimiento. Del corazón, recordó; y la súbita sonoridad de la última campanada dobló a muerte que sorprende en plena vida, cayendo Clarissa allí donde se encontraba, en su salón. ¡No! ¡No!, gritó Peter Walsh. ¡No está muerta! No soy viejo, gritó, y avanzó hacia Whitehall, como si allí se le ofreciera vigoroso e interminable su futuro.

Virginia Woolf, La Señora Dalloway

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