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La lava desciende hacia nosotros, tan abrasadora y terrible como hipnotizante, y lo que en teoría debería animarnos a emprender la huida nos deja paralizados. Alimentada por un fuego que no se agota, dejamos que la colada ardiente se arrastre hasta nosotros como un monstruoso gusano dorado, aun y cuando sabremos que nos abrasará las entrañas y nos reducirá a cenizas sobre un devastador paisaje en ruinas. La atmósfera se carga de azufre y se vuelve irrespirable: “Don’t Walk Away“. Definitivamente, lo de Alan Sparhawk y Mimi Parker hace ya mucho tiempo que dejó de ser música y se convirtió en objeto de estudio para vulcanólogos y místicos.

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