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Cuando Johnny Angelo aún no tenía 15 años, se fue de casa. En el desván dejó el espejo de cuerpo entero, la cámara y los múltiples relojes, cosas de su infancia, y encontró una habitación en Bogside.

La noche que Johnny se fue, su padre estaba trabajando en su parcela, plantando Sweet Williams. Era un día de febrero frío y neblinoso. Johnny zigzagueó entre los repollos, maleta en mano hacia su padre, que leía el periódico sentando en una caja de naranjas, con una hoguera mortecina a sus pies. Todo estaba húmedo y Johnny estaba avergonzado.

– Me voy ya -dijo-. Adiós.

Se estrecharon las manos por encima del fuego. Durante un instante se miraron mutuamente y algo de electricidad se transmitió entre ellos, un chispazo de entendimiento. Después, Johnny se dio la vuelta y retrocedió sobre sus pasos entre los repollos.

Su padre siguió sentado junto  al fuego leyendo el periódico.

El sitio donde Johnny Angelo se mudó era una habitación de mala muerte en la calle Cable, de 3 metros por 2 metros. Había una cama, una mesa una silla y en la pared, una foto de Elvis Presley.

Había un borracho en la puerta de al lado y alguien muriéndose en la puerta de enfrente. Había muchos gatos en las escaleras.

Dos veces por semana, Catsmeat venía y fregaba el suelo. Hacía la cama, sacudía el mantel, lavaba la ropa interior de Johnny. Seguía limpiando hasta completar una hora y después, cuando todo estaba impoluto, empezaba otra vez.

Mientras, en la cafetería de enfrente, Johnny se sentaba cerca de la rockola y la camarera estaba coladita por él. Cada vez que pasaba junto a él le frotaba los pechos contra su brazo y Johnny sonreía amablemente. A cambio, ella le dejaba poner canciones en la rockola sin pagar nada, y estos eran los discos que Johnny prefería: Sweet Little Sixteen y Maybelline, Long Tall Sally y Yakety Yak y Chantilly Lace, Great Balls Of Fire y Johnny B. Goode.

Rock and roll.

El 21 de diciembre de 1956, Johnny iba paseando por la plaza de Waterloo cuando, dentro de un salón recreativo vio a Little Richard cantando “Tutti Frutti” en el scopitone.

Puso una moneda en la ranura, el ojo contra el agujero y ahí estaba Little Richard, un hombre con traje ancho y pantalones como una tienda de campaña, con perneras de 60 centímetros, y su pelo peinado hacia atrás en un tupé estilo pompadour. Estaba de rodillas delante de un piano, tocando con ambos puños y aullando como un lobo. Rugiendo como un toro. Chillando y emblando, un pie sobre el teclado, el sudor goteaba sobre las teclas y él gritaba, gritaba y gritaba:

Tutti Frutti,

all rootie;

Tutti Frutti,

all rootie;

Tutti Frutti,

all rootie –

Awopbopaloobop

Alopbamboom.

21 de diciembre de 1956. En ese momento la cabeza de Johnny había cogido y se había marchado de allí. Temblando metió otra moneda, lo vio una vez más y sus ojos se abrieron aún más.

Auanbabuluba, se dio la vuelta rápidamente y atravesó un muro de contrachapado con el puño. Balambambú, el golpe hizo el ruido de un disparo y Johnny salió corriendo.

A partir de ahí todo cambió.

 (Sigo Siendo El Mejor, Dice Johnny Angelo, Nik Cohn)

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