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Contra lo cabría esperar en un mundo cada vez más complejo, el pasado 21 de octubre la humanidad se puso de acuerdo, al menos en una cosa: a través de las redes sociales, en los bares, en el trabajo y en el interior de nuestras casas, nuestros amigos, familiares y compañeros de trabajo se sintieron obligados por una misteriosa fuerza irresistible a recordarnos a todos la coincidencia de aquella fecha con la del día en el que el famoso Delorean de “Regreso al Futuro” llegaba a nuestro 2015, desde 30 años atrás en el tiempo.

Ni que decir tiene que me encantan este tipo de chorradas, pero también hay que reconocer que la cosa pierde bastante gracia cuando es tu vecina la señora del quinto la que decide reemplazar el típico comentario sobre el tiempo (mientras el ascensor asciende leeeeentamente) por una nada original alusión a los viajes de Marty McFly a través del mismo. Pero en fin, así somos: hacemos cosas tan idiotas como celebrar el décimo aniversario del lanzamiento de un disco (cuando cumpla 15 años haremos la Deluxe Edition, para cuando llegue a los 25 tendremos preparada la Definitive Remastered Double Fuckable Edition), repetimos entre amigos nuestras líneas favoritas del guión de “Los Goonies”, compramos para nuestros hijos los discos de Parchís, y convertimos, en definitiva, nuestra nostalgia en un intento desesperado de correr hacia atrás sobre la cinta del presente.

Todo esto para decir que describir el sonido de la banda finesa Freeweights como revivalista es quedarse corto: lo de estos chicos está más cerca del emulador de antiguos arcades con el que recuperamos en las pantallas de nuestros ordenadores los mayores placeres de nuestra infancia, que de la simple revisitación de un estilo. El problema es que la cabeza la dice a uno que sí, que es verdad que los tíos calcan con apabullante solvencia los tics de una época (y estos son sin duda magnificados por la nostalgia) pero que en realidad todo esto no deja de ser un finísimo pero estéril trabajo de estilo; y mientras piensas todas estas cosas tan sensatas y maduras, entran las baterías sintetizadas y las melodías arrebatadas, el corazón te empieza a palpitar de forma acelerada, y antes de que te des cuenta estas agitándote con una sonrisa extasiada. Que me perdonen los puristas, pero aunque un placer así me retrata como un retrógado incorregible, no soy capaz de sentir el más leve asomo de culpa.

Emoción, de eso se trata. De que cuarenta años después de la época gloriosa del synth-pop, todavía existe gente persiguiendo ese Santo Grial detrás del que andaban A-ha o Duran Duran, la combinación perfecta de romanticismo pop y electrónica retro, el chisporreteo de neón que atraía todas las miradas y provocaba el delirio: a este quinteto sin un sólo disco -todavía- en el mercado, les queda fetén. Y no sé si en el fondo me gustaría, pero desde luego me sentiría bastante mejor uniéndome al grupo de los que sonríen levantando las cejas, y desde la atalaya de su cultura musical mandan a los Freeweights y el electro out-run, y el chill-wave y toda aquella caspa al rincón de la ironía, del chiste simpático que sólo ha de ser tomado como una broma -eso sí- de fabulosa factura. Pero es que no me sale, joder, no puedo. No se trata -que también- de las maravillosas evocaciones capaces de provocar esta música, es que me parece que, como composiciones pop, estas canciones son im-pe-ca-bles y van mucho más allá de los teclados analógicos, los arreglos pasados de moda, y los estribillos como fuegos artificiales. A los hechos me remito: a las canciones.

¿Por qué podemos tomarnos en serio a Holy Ghost! (otros revivalistas de cuidado, si nos ponemos así) y no íbamos a poder hacer lo mismo con estos chicos de Helsinki? ¿Por qué nos parece bien que un chico llamado Leon Bridges sea presentado como la reencarnación de Sam Cooke y aparezca en la Rockdelux ataviado con la camisa y el pantalón de cuando su abuelo era joven, y en cambio todo esto de los colores flúor sea considerado cosa de chufla?  Pues bien, los cinco componentes de  Freeweights no sólo tienen el buen gusto de alejarse de la tentación de llamar la atención de los medios pertrechados en americanas con hombreras, y maquillados como para ir al Blitz , es que además firman unas canciones  por las que todos esos grupos que ahora mandan en la escena synth-pop (no me tiréis de la lengua, ya sabéis a quiénes me refiero) deberían estar suspirando. No, Freeweights no son una tribute band, por mucho que sus canciones estén ancladas en un sonido que ahora provoca más risillas condescendientes que adhesiones. Que no han inventado nada, eso está claro; pero que lo que quieren hacer, lo bordan, eso me parece a mí que también.

Ocho canciones tienen en su cuenta soundcloud, y (por lo menos) dos de ellas me parecen sobresalientes. Una de ella es la adictiva “Lightweight“, publicada en diciembre de 2014 y sobre la que tengo previsto publicar una entrada en fechas no muy lejanas; la otra es esta joya de synth-pop, aparecida a principios de este año, en la que el componente electro queda algo más atenuado. Claro, habrá a quien la parezca que “True To My Game” es algo tan risible como la celebrada (¡y fabulosa!) “Pop! Goes My Heart” con la que la película “Tú La Letra, Yo La música” rendía homenaje a las canciones y la estética de una época a todas luces excesiva, pero sería una pena que el cachondeo les impidiera participar de la emoción de ese estribillo insuperable. Por supuesto que sé que voy a quedarme sólo diciendo esto, pero al menos en lo que a mí respecta, creo que una de las mejores canciones de este 2015 llega a nosotros con el inconfundible brillo de 1985.

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