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El pasado 19 de marzo se murió Michael Brown, pero parece que el mundo no está ahora mismo demasiado interesado en alguien (con un nombre tan poco interesante) como Michael Brown. Además, está el chico negro aquel, el pobre al que por lo visto mató un policía en Ferguson, Missouri: la historia de cómo aquel joven murió asesinado a balazos en agosto de 2014 copa los resultados de los buscadores cuando introduces “Michael Brown” como término de búsqueda. Sé que aquella historia es importante para mucha gente, pero como ya he dicho en numerosas ocasiones, este es un blog sobre canciones excelentes, en muchos casos compuestas por músicos excelentes, y el Michael Brown del que yo quiero  escribir hoy era uno de ellos. De los mejores.

El caso es que presiento que esta entrada va a hacer más bien poco por cambiar las cosas, y lo cierto es que me gustaría que no fuera así, pero hay motivos sólidos para desconfiar de uno mismo. A mi connatural capacidad para perderme por las ramas de lo irrelevante o (peor aún) lo chistoso, se une el hecho innegable de que los poquitos que se han referido estos días a la figura de Brown lo han hecho de una forma tan redonda que poco puede uno aportar: véase si no el estupendo artículo (escrito desde el plano emocional por el que siempre he apostado a la hora de abordar la música) que Esteban Cisneros, colaborador de la web mejicana Lapoplife he dedicado al músico. Qué gusto da leer siempre a Esteban (por aquí ya he recomendado alguna vez su magnífico -y espero que no del todo abandonado- blog), y qué rabia da al mismo tiempo quedar tan lejos de aquello a lo que aspiras. No ha sido el único, pero sí que han sido poquitos: como siempre, la sección de cultura del ABC (lo único decente que debe de quedar en aquel supuesto medio de información) estuvo a la altura de las cicunstancias con la publicación de un artículo al día siguiente del deceso, y lo mismo puede decirse de algunos (pocos) blogs especializados en la cosa retro.

Justamente, el otro motivo para dudar de la eficacia de estas líneas es el ligero mosqueo que tengo. El mosqueo, sí: se ha escrito mucho sobre la capacidad de sentimientos como el amor y el odio para mover montañas, si hace falta, pero me parece que no se ha prestado la debida atención al mosqueo para, como poco, hacer erupcionar líneas y líneas de texto despechado desde las manos volcánicas de sus autores. Ya es bastante duro tener la sensación de que eres un tipo con un defecto de sintonización con respecto a tus congéneres, para encima tener que tolerar que el talento más evidente sea tan burdamente ninguneado, mientras se encumbra la mediocridad. Michael Brown era un genio, una persona que con 18 años ya había compuesto algunas de las mejores canciones de la década de los 60, alguien a quien sólo puedes tener la suerte de conocer si otro alguien, bendito sea, un día te habló de un grupo no demasiado conocido llamado The Left Banke. Michael Brown era un músico extraordinario, y eso no se dice lo suficiente, y muy probablemente no lo dicen quienes deberían decirlo porque son los que tienen los medios de hacérselo saber al público. Sí lo dijeron, no hace demasiado tiempo, los escoceses Belle & Sebastian, a través de su cuenta de twitter: los 140 caracteres con que reconocían la gigantesca influencia de The Left Banke en su música eran el último tributo (los ha habido anteriormente) de un grupo que sabía perfectamente que, por ejemplo,  la deliciosa “The Model” no hubiera existido jamás sin la apropiación que hicieron de los tesoros contenidos en la “She May Call You up Tonight” de Brown y los suyos. Algo más que una simple cuestión de justicia.

Pero la realidad es esta: pones en el buscador de googlefallece michael brown left banke“, y salvando la honrosa mención del ABC, el resto son webs minoritarias, desgraciadamente extrañas para el público general. Probemos ahora otra cosa: “fallece trololó“.  Público, La Vanguardia, Ideal, Diario.es, Vertele, El Periódico, Las Provincias, Forocoches (¡!).. una infinidad de medios generalistas cubrieron informativamente la noticia de la muerte de Eduard Khil, el artista encumbrado en internet en 2010, por aquello del miraquérrisa este vídeo de 1976. Por supuesto que no soy ajeno a los mecanismos que convierten algo en viral, esa odiosa palabra, pero sin entrar en el debate de si los ejercicios de vocalización del barítono ruso merecían o no tamaña atención, el ejemplo me sirve para poner de manifiesto lo decepcionante injusto que puede resultar a veces el ratio popularidad / talento. The Left Banke editaron tan sólo dos discos en los dos años que van de 1967 a 1968, pero las 26 canciones contenidas en “There’s Gonna Be A Storm“, la integral del grupo, son un asombroso compendio de imaginación, psicodelia, pop e instrumentos musicales hasta aquel momento admitidos solamente en el selecto ámbito de la música clásica. Violonchelos, clavicémbalos y violines para rematar (The Zombies tambieron hicieron lo suyo) el trabajo de reinvención musical que iluminados como The Beatles o The Beach Boys habían iniciado sólo un poco antes; canciones tan exquisitas en su complejidad, que enterraban definitivamente el concepto de “arreglos” con que anteriormente se pulían las canciones.

1.000 palabras gastadas, qué barbaridad.  Cuatro párrafos y ni siquiera he empezado a escribir de The Left Banke como ellos se merecían, a explicar la enorme aportación que hicieron a la música pop. Ni una mención a su (único) roce con el éxito, la imprescindible “Walk Away Renee“. Nada acerca de la magia de “Pretty Ballerina“, ni una sóla palabra para explicar lo muchísimo que me gusta “Desiree“, lo importante (he dicho bien: IM-POR-TAN-TE) que es ese puente con el que unas estrofas apenas suspendidas en el aire desembocan en un estribillo exultante… Supongo que no estoy de humor para esto: se ha muerto Michael Brown y nadie quiere hablar de ello, pero por lo que se ve tampoco yo estoy siendo capaz de hacerlo en los términos adecuados. Así que me reservo esas canciones mágicas para alguna (deberían ser muchas) futura entrada sobre The Left Banke, con la esperanza de que sea aquella la que haga que algún lector más joven que aún no ha escuchado al grupo de la margen izquierda del Hudson se sienta tocado con la  varita de la fortuna: de momento esto se quedará en obituario. Es por ello que hoy escojo la mágica “Ivy, Ivy” para acompañar esta entrada: la grabó Michael Brown con músicos de estudio, cuando ya parecía evidente que el desgaste provocado por la falta de éxitos era irreparable, provocando con ello el enfado de sus ex-compañeros y dando inicio una truculenta historia de disputas legales sobre el nombre del grupo. Pero dejémonos de batallitas: esa trompeta, por Dios. ESA TROMPETA.

Por cierto, y ya termino: ni siquiera se llamaba Michael Brown, en realidad. Su nombre de nacimiento era Michael David Lookofsky. Los motivos por los que un artista escoge después un alias artístico tan poco llamativo escapan a mi conocimiento, pero el caso es que cuando Michael acreditó las composiciones que publicó con George Cameron, Tom Finn, Warren David-Schierhorst  y Steve Martin Caro (luego empezaría el baile de componentes), lo hizo con ese nombre. Muy probablemente porque Michael prefirió dedicar su tiempo y enorme talento a componer canciones perfectas, en lugar de preocuparse de si aquel apellido anodino le aseguraba o no el pase viral a la inmortalidad. Muy probablemente, porque aunque era 1968, y todo esto del internet no cabía en la cabeza de nadie, el tipo ya podía intuir que la auténtica belleza no se encontraría nunca en google.

Un pensamiento en “Ivy, Ivy – The Left Banke

  1. Muy bonito artículo Mr Suizo.
    Eso de “el ratio popularidad / talento”, sabes tú muy bien que es una batalla perdida. Podremos llorar de rabia, nadie nos oirá. Con un poco de suerte alguno nos dejará una monedita, para una copita de rueda en la que ahogar nuestras penas musicales.

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