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Secretamente, envidiaba todos esos fragmentos en la vida de los otros que resaltaban como omisiones inexplicables en la suya propia: como un puzle incompleto en el que las piezas perdidas se dibujan con mayor intensidad que la imagen que debería recompensar a nuestros ojos, echaba a faltar escenas y momentos no vividos en una experiencia vital que lucía dolorosamente inacabada. Cerraba los ojos y las veía, con la intensidad con la que una caries perfora una sonrisa: una borrachera precipitando un alud de confesiones sobre la arena de una playa, el viaje que debería haber marcado varias vidas, bromas procaces en un vestuario que jamás habrían de ser reproducidas fuera de su celoso alicatado. Momentos omitidos, todos ellos, sin una razón concreta.

¿Dónde se había perdido el rastro? ¿En qué momento se habían dispersado las posibilidades? Quizás no era tanto la sensación de haber hecho algo mal, en un punto determinado, como la certeza de saberse poseedor de una indeseada pero muy demostrada cualidad: la capacidad de ganarse la simpatía de la gente, con la misma facilidad con que luego todas esas personas se convertían en rostros del pasado. Era como si no fuera capaz de retenerlos a su lado, como si su propia historia se hubiera desarrollado a lo largo de una escalera, en vez de ascender por una rampa lineal en la que cada momento se liga con suavidad al anterior. En su caso, tarde o temprano acababa teniendo lugar una maldita interrupción, una pequeña sacudida que podía adoptar mil maneras, pero que siempre acababa retirando del tablero algunas piezas. Aquellos escalones suponían (con la edad, había acabado por verlo) una mudanza en la que parecía que sólo le estuviera permitido transportar consigo un reducido equipaje de mano, y en cada uno de ellos se quedaban atrás tantas cosas… No sólo ciudades, lugares favoritos, escondidas tiendas de discos en las que desaseados dependientes acababan por conocer sus gustos y se convertían en los más fieles suministradores de cuelgues musicales. También, y eso era lo peor, desataba los lazos tan primorosamente atados por la afinidad, lo separaba de chicas de las que un día -a lo mejor, o muy probablemente- hasta podría haberse enamorado, le expulsaba del banquillo de algún equipo (lo más seguro es que aquel deporte tampoco se le hubiera dado especialmente bien, pero había una calidez que podía adivinarse en esa madera, y él la extrañaba intensamente); borraba su inscripción en aquella otra cosa, tras la que se adivinaba un futuro tan excitante… Como una telaraña incapaz de soportar el peso de las gotas de lluvia, la delicada red social que él ansiaba tejer se desvanecía a su espalda mientras se esforzaba afanosamente en ampliarla ante sus ojos.

No diría de si mismo que era un tipo solitario. ¿Lo era? El sentido común le decía que no: moderadamente feliz, aceptablemente insatisfecho, era evidente que había logrado rescatar algunas (pocas) sólidas amistades de los grupos que el inexorable paso del tiempo se empeñaba en disgregar,  unos vínculos que sin lugar a dudas quedaban muy por encima del feo sirimiri que borra de la memoria las caras y los nombres de gente que un día simplemente conocimos. Y sin embargo, su voraz melancolía le presentaba a todas aquellas personas extraordinarias que realmente amaba como los brillantes pilotos luminosos de un gigantesco panel de mandos, parpadeando de forma intermitente, sucediéndose unos a otros con hermosas luces multicolores, pero en los que nunca podía leerse una secuencia completa. ¿Dónde estaba la coreografía que le daba sentido a todo aquello? La pandilla, el gang, la cuadrilla (siempre le había hecho gracia esta expresión tan septenprional, esa concepción tan hermética de la agrupación social para la cual prácticamente hacia falta carnet y el conocimiento de un santo y seña, y sin embargo cúanto deseaba paladear una identificación tan intensa, un sentido de pertenencia tan claro): qué maravillosamente se presentaban a él como un ejército de abrazos y risas, una festiva maraña de la que, a pesar de los años, resultara imposible desprenderse.

Durante un tiempo, trató de hablarlo con aquellos a los que consideraba realmente cercanos: se requería un cierto nivel de confianza para plantear las cosas de un modo tan frontal, y cuestionar directamente la naturaleza de aquellos vínculos, pero a las reticencias iniciales sólo siguieron frustantes palabras de comprensión, flotando como cáscaras vacías por la apacible superficie de las cosas. ¿Tan difícil era descender hacia el fondo? Lo que realmente a él le interesaba eran las invisibles corrientes que explicaban la dramática concatenación de cambios, el flujo subyacente que explicaba la variación en la temperatura de los afectos. Reconocerse como el único interesado en aquella búsqueda no fue de gran ayuda, y lo único que sacó en claro del intento fue la desasosegante sensación de estar mucho más solo de lo que nunca hubiera pensado. Se refugió entonces en los libros, en las películas, en las canciones. Se conmovió con las historias de verdadera amistad  (esa que es capaz de cambiar el curso de una vida del modo más discreto) que Wallace Stegner y otros retrataban con sabiduría y pulso firme en sus creaciones literarias, pero ninguna de ellas ofreció más respuestas que motivos para el anhelo. No esperaba encontrar (aquello hubiera sido una estupidez) el secreto de la alquimia para la fraternidad, pero sí que contaba al menos con que su acercamiento a aquellas obras diera inicio a un proceso interno de reflexión, algo que le permitiera en cierta medida dar una explicación a aquella suma de punzantes discontinuidades que él reconocía como su vida. Trató de hacer inventario de las películas que él recordaba sobre la amistad, y contrariamente a lo deseado, todas aquellas historias que aparentemente hablaban de atracos a bancos, supervivencia y vejez, pero en realidad se refieren a la camaradería, desfilaron ante sus ojos como un catálogo vacío de atracos a bancos, supervivencia y vejez. Muchas otras contaban historias de amor, y él las rechazó de plano, convencido como estaba de que eran otras bien distintas las cuestiones que le atosigaban. Quizá no fueron las elecciones adecuadas, o quizá no estaba en las condiciones necesarias para ser salvado, y aquello no fue más que una forma estúpida de alimentar una melancolía egomaníaca: nunca estaría seguro.

Con la música, lo sabía, tenía que ser mucho más precavido: encontraba en las canciones una naturaleza que le afectaba especialmente, una mayor capacidad lacerante para su corazón, alimentado durante tantos años con la vibración de las notas y los versos. Conocía la precisión quirúrgica con que algunos -muy concretos- temas le interpelaban, lanzando a su cara preguntas para las que no tenía respuesta. Sin saber muy bien cómo ni por qué, acabó haciendo listas de canciones en casa, listados llenos de correcciones entusiasmadas y revelaciones repentinas que invariablemente acabaron inconclusos en la papelera: aquello no fue sino un desvío en el camino, un pasatiempo tan entretenido como inútil que en nada le ayudó a entenderse a sí mismo. Si acaso, para plasmar por escrito el modo tan particular en que le afectaba “Bobby Jean“, de Springsteen. Había llegado a la conclusión (y muy probablemente, estuviera en lo cierto) de que no existía en el mundo una canción mejor sobre lo que significa realmente ser amigo de alguien, sobre la plena certeza de saber que has encontrado un alma gemela, alguien por quien -si fuera necesario- pararías una bala. De modo que cada vez que (1984 se estaba terminando) escuchaba esa casete con un “Born In The U.S.A.” torpemente caligrafiado en el lomo con  rotulador violeta, sucedía más o menos lo mismo: a la excitación algo ramplona del tema titular le seguía el trago satisfactorio de la autenticidad en “Cover Me” o “Darlington County“, y ese regusto añejo de “Working On The Highway” que le hacía sentir más sabio. Un par de canciones más (en absoluto menores), y ya estaba sonando  “No Surrender“, algo así como una última concesión al optimismo.  Y después, “Bobby Jean“, esa canción con la que Springsteen travestía la cálida despedida de su hasta entonces inseparable Steven Van Zandt, justo después de que este decidiera abandonar la E Street Band. Aquel tema formidable le hacía polvo, pero no podía dejar de escucharlo, como si intuyera que ahí estaba, perfectamente esculpida, la forma de sus sueños. En aquella secuencia mágica de notas, melancólica pero capaz de sonar -eso le parecía- agradecida por tantos años en los que se nos regaló algo por lo que vale la pena respirar. Arrepentida, tal vez, por haber dejado que desapareciera, pero consciente del valor inmenso de lo que hemos tenido. Ahí estaban, perfectamente descritos en la elipsis, todos aquellos momentos que echaba a faltar en su vida, y la aflicción que le producía verlos ahí, expuestos ante su vista pero fuera de su alcance, sólo se compensaba con la certeza de su existencia: repetir aquella canción en su radiocasete, una y otra vez, era una forma de repetirse a sí mismo que no estaba aquivocado. Se obsesionó con el tema, renunció a escucharlo durante algún tiempo, dejó simplemente que pasara el tiempo. Nunca faltó a una de esas cenas, últimas sesiones de cine, fines de semana regados en anécdotas y cervezas, incluso sabiendo que, tarde o temprano, llegaría un momento en que probablemente se cuestionaría qué había sido de todo aquello, o al menos qué había significado. Se aferró a su vida imperfecta como a la mejor de las vidas posibles, y aunque sintió que de algún modo estaba cediendo ante sus principios, nunca perdió la esperanza. A veces volvía a escuchar aquella canción, y era como si una bandada de viejas preguntas volaran a su cabeza, para anidar en ella por una temporada. Luego (el trabajo, la casa, los días…) simplemente se iban, dejando tras de sí una estela suave de insatisfacción, y el peso leve de unos versos: We liked the same music, we liked the same bands, we liked the same clothes. En su fuero interno, no estaba seguro de haberlo experimentado alguna vez, pero saber exactamente a qué se refería Springsteen con aquellas palabras tan simples le hacía sentir, extrañamente, triste y feliz al mismo tiempo.

“Well I came by your house the other day, your mother said you went away
She said there was nothing that I could have done
There was nothing nobody could say
Me and you weve known each other ever since we were sixteen
I wished I would have known I wished I could have called you
Just to say goodbye bobby jean

Now you hung with me when all the others turned away turned up their noise
We liked the same music we liked the same bands we liked the same clothes
We told each other that we were the wildest, the wildest things we’d ever
Seen
Now I wished you would have told me I wished I could have talked to you
Just to say goodbye Bobby jean

Now we went walking in the rain talking about the pain from the world we hid
Now there aint nobody nowhere nohow gonna ever understand me the way you did
Maybe you’ll be out there on that road somewhere
In some bus or train traveling along
In some motel room therell be a radio playing
And you’ll hear me sing this song
Well if you do you’ll know Im thinking of you and all the miles in between
And Im just calling one last time not to change your mind
But just to say I miss you baby, good luck goodbye, Bobby Jean

2 pensamientos en “Bobby Jean – Bruce Springsteen

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