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Comparte «El Descenso» de la madrileña Elisa Pérez con el «Roma» de Hidrogenesse más de un punto en común en lo lírico, pero muy en particular en lo que respecta a su fascinación por la ruina; si bien en el caso de los de Barcelona la mirada se dirigía al pasado desde la óptica contemporánea, la visión de Caliza llega a nosotros desde un futuro distópico: como canta en «Otra Torre Más«, nosotros somos ya -y el proceso parece irrevocable- parte de ese futuro paisaje devastado. Dice la propia artista:

«2020, el año de la pandemia, supuso un vuelco en la vida de muchísimas personas. Para mí, en cambio, ese vuelco tuvo lugar un año antes, en 2019. En ese año perdí a mi hermano y, -seguramente influida por su visión desesperanzada de la vida-, me obsesioné con el cambio climático. Tras un sentimiento inicial de absoluta impotencia derivado de la inutilidad de las pequeñas acciones individuales, descubrí, gracias a un podcast de Brian Eno, a Extinction Rebellion, movimiento social climático de desobediencia civil. Gradualmente fui comprendiendo la magnitud y transversalidad de este problema y su inherente relación con el sistema económico y productivo en el que vivimos y que consideramos inamovible«

Lo cierto es que pese a la temática apocalíptica del disco, no me han parecido estas canciones combustible para la depresión, incluso diría que la cantante (también compositora de los doce temas del álbum, y no sólo eso: también se autoedita) consigue extraer una cierta estética del colapso, con el mérito añadido de hacerlo sin recurrir a lugares comunes. Su sonido es sintético y futurista, pero logra esquivar la frecuente sensación de déjà-vu que asociamos inevitablemente al género permitiendo que los sintetizadores se enreden con estructuras del folclore más tradicional («El Jardinero«) y temáticas inéditas (nunca imaginé que acabaría moviendo los pies al ritmo de una canción sobre economía como lo es «La Transacción«). Al final, la sensación de disfrute que deja se impone a la extrañeza: Caliza hace synth-pop, pero nadie lo hace como ella.

«Recorro la ciudad y veo marchitar
la posibilidad de que vuelva a alzarse
otra torre más.

Recorro la ciudad y veo marchitar
la posibilidad de que vuelva a alzarse
otra torre más.

La vegetación recupera su dominio,
especies invasoras que nunca antes se habían visto.
Unos nuevos bichos que trajeron el tifus
corroen los ladrillos, adiós al urbanismo.

Caminamos, conducimos por futuras ruinas,
somos futuras ruinas.
¡Qué bellas ruinas, qué bellas ruinas!
Ojalá algún día alguien las pueda admirar.

Hierro, asfalto, farolas y andamios
se muestran engamados en torno a grises cálidos,
reposan bajo el cielo que los mira sabiendo
que las noches son idénticas solo a ojos de un ente fugaz
,

que la lluvia y la desidia
tumbarán los muros,
los más robustos muros.
Caerán los muros, caerán los muros,
los de Metrovacesa igual que los del Partenón.

El siglo XXI sobra.

Que aún no lo vean mis ojos
no me impide saber
que lo que hemos construido
en más de cien siglos
está a punto de vencer.

Sucumbirán los polideportivos,
agonizarán las niñas y los niños.
La farsa está llegando a su final.
Sobre un cimiento roto no se puede edificar
.

Caminamos, conducimos
por futuras ruinas,
somos futuras ruinas.
¡Qué bellas ruinas, que bellas ruinas!
Ojalá algún día alguien las pueda admirar.

El siglo XXI sobra.

Recorro la ciudad y veo marchitar
la posibilidad de que vuelva a alzarse
otra torre más

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