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Nosotros no éramos como ellos, no pensábamos como ellos, no vestíamos como ellos. No se trataba por tanto de una lucha contra ningún orden establecido, sino más bien una autoexclusión de la existencia cenicienta a la que se habían habituado -porque “vivir” no podía ser eso, VIVIR tenía que ser algo más que esa secuencia de tareas que tan torpemente basculaban de lo fisiológico a lo hipotecario- que tenía más de huida que de predisposición al combate. La nuestra no era una acción violenta dirigida contra todas aquellas convenciones que habíamos acabado por detestar, sino la reacción instintiva con la que retrocedíamos justo al filo del precipicio blando al que nos veíamos abocados. Creímos que sería posible una vía alternativa (aún no sabíamos cuál era, en realidad, pero por fuerza había de existir una y dedicaríamos nuestros mayores esfuerzos a dar con ella) que condujera a un sitio, quizás no mejor, pero que al menos pudiéramos sentir como nuestro.

De modo que planeamos huir a través de la noche, valiéndonos de carreteras secundarias que alejaran la posibilidad de ser interceptados por los controles. Dispusimos que dormiríamos de día en lugares apartados del camino, y sólo cuando el cielo se tiñera con el violeta del ocaso, las nubes ajironadas flotando sobre nosotros como los restos de un naufragio, nuestro vehículo serpentearía sobre la gravilla, y encaramándose con un leve cabeceo sobre el tibio alquitrán, volvería a rodar. Nos bastaba por el momento con la firme determinación de de hacerlo, y aunque no ignorábamos que no pocas dificultades sobrevendrían, intuíamos que las respuestas para la gran mayoría de ellas se presentarían ante nosotros con mucha mayor claridad mientras nos turnáramos al volante, propulsados con la inercia eléctrica de los deberes ineludibles. Ya mientras disponíamos lo necesario presentíamos, no sin un cierto orgullo, que empezaba a concentrarse sobre nosotros el aura dorada de lo irrepetible: a nosotros se nos habían dado esas alas, con nuestra decisión de escapar aceptábamos ser ungidos con el signo de los héroes, y una vez que estuviéramos en marcha no importarían tanto las palabras que dijéramos, como la consciencia sólida y resonante de que el único momento en el que podríamos decirlas sería precisamente aquel.

Los días discurrían entre nosotros, afanados en la toma de cada decisión, como esa brisa cálida que sólo resulta perceptible cuando de pronto, por unos segundos, deja de soplar. Se disipaba tal vez el brío inflamable de los primeros momentos y en su lugar aparecía el deleite en el que nos sumía la contemplación de cada detalle de la catedral invisible que erigíamos a escondidas del mundo, sumiéndonos en un gozo furtivo que nos daba nuevos ánimos para continuar la tarea que nos habíamos impuesto. Llegábamos al anochecer cada uno a nuestras casas, con un gesto victorioso escondido bajo la máscara del cansancio, y cuando apagábamos la luz de nuestras habitaciones al ir a dormir, en nuestra cabeza aun revoloteaban las palabras como luciérnagas incandescentes…

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