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La primera vez que compré Rockdelux se trataba del ejemplar que hacía el número 150 en la historia de la cabecera: marzo de 1998. Para muchos, supongo, no sólo es un número especial en cuanto a lo redondo del dígito, sino que es también el número en el que el diseño de la revista dio un salto cualitativo, de una estética algo más trasnochada y “juvenil” a una mucho más limpia y madura. Claro que hablar del paso a la madurez en una revista que va por su ejemplar 150 está completamente fuera de lugar: a ver cuántas publicaciones mensuales especializadas son capaces de superar la cota imposible de los cien números. El caso es que no pude apreciar en su totalidad la evolución que había experimentado el magacín hasta, que embarcado más tarde en la deliciosa rutina de compra mensual de la revista, adquirí la costumbre de hacerme también con los ejemplares atrasados que encontraba en librerías de ocasión, mercadillos, etc. Pero aquella fue la primera vez, de eso estoy seguro, en la que pagué por una revista musical.

¿Por qué empecé a comprarme la RDL justo entonces? No hay mucho misterio: en la portada de aquel número 150 aparecía una flamante fotografía de Jarvis Cocker, quien por entonces andaba metido hasta las cejas en la promoción de “This Is Hardcore“, el esperadísimo álbum con el que los de Sheffield daban continuación al inmortal “Different Class“. La imagen de portada acompañaba al anuncio de una jugosísima entrevista en el interior con el líder de la-banda-de-mi-vida, imposible decir que no. Me abalancé sobre ella con avidez, leí aquella entrevista una y otra vez, como si esperara que tras exprimir aquellas palabras impresas, alguna clase de apunte escondido sobre el genio me fuera revelado. Creo que había algo sobre “el fin de la ironía”, o tal vez no, y me estoy confundiendo con un artículo posterior a propósito de “We Love Life“. No voy a buscar la revista (están todas en el trastero, más de veinte años de ejemplares comprados con fidelidad de creyente de los que soy incapaz de deprenderme, como si de verdad creyera que en cualquier momento voy a necesitar abrir esas pesadísimas cajas de cartón para buscar ese artículo que dondeestabadondeestabaohsíaquiestá), ni voy a releer aquella entrevista: me gusta la forma en que los recuerdos moldean los hechos, en su inexactitud y falta de adecuación a la verdad me descubro a mí mismo, de la misma forma en que prefiero el recuerdo distorsionado de la infancia en el que la escala de los espacios se magnifica, frente a la constatación de la siempre decepcionante realidad.

Me quedé satisfecho con la entrevista, y di por buena la compra; también puede decirse que tuve suerte: podría haber sido un número cualquiera, pero la coincidencia entre cifra y mes de publicación hizo que concurrieran ante mi vista dos contenidos especialmente atractivos: la selección musical de lo mejor de 1997 según los lectores (lo admito: siempre me resultaría mucho más fácil identificarme con esta lista que con la propuesta por el equipo editorial como “lo mejor del año” en  enero), realizada como era costumbre en el tercer mes del año en curso, y una más que atractiva colección contenida en un artefacto llamado “las 150 mejores canciones del siglo XX”. Bien, esas cosas me gustan, aunque solo fuera por la ocasión (después se convertiría en costumbre y empezaría a gustarme un poco menos) de patalear contra la línea editorial y la siempre imperdonable lista de omisiones y terribles agravios perpetrados. También había una revisión de Joy Division, no recuerdo gran cosa de ella, sí que estaba ahí, con unas letras grandes, muy bonitas; parecía un logotipo con aquella tipografía que habían escogido para la nueva maquetación. Tampoco estoy muy seguro de si en 1998 me interesaban los de Manchester como para prestarles la atención que se merecen, y en cierta forma da igual: en aquellas páginas había más que suficiente para excitar mi interés por una publicación SERIA y ESPECIALIZADA, y que una deliciosa pero algo agobiante sensación de “me estoy perdiendo un montón de cosas” empezara a convertirse en un hormigueo que me plantaría al mes siguiente ante el quiosco con gesto de comulgante.

Recuerdo que había un texto de David S. Mordoh que me gustó bastante, también: no era exactamente un editorial, ni una reseña, más bien la viñeta de esa generación identificada con la sociedad torpe y lasciva que tan bien plasmaba Cocker en sus canciones. Recuerdo -no sé por qué me acuerdo de estas cosas y no de otras que sin duda debería recordar, la memoria tiene  caprichos difíciles de interpretar- que el texto lo abría una chica apretando contra su pecho unas carpetas mientras pedía un ejemplar del “His’n’Hers“. Me pareció de lo más apropiado, la clase de homenaje que un retratista de la realidad más obcecada, como lo era Jarvis, se merecía.

No quiero ponerme a buscar esa revista, insisto. Me da pena en un día como este en el que leo que Rockdelux desaparece. Me pondría nostálgico, no me apetece ahora un baño de melancolía, gracias, tomaré un trago de “en realidad, hará cosa de año y medio que empecé a flojear y a saltarme algunos números”. Empezaría a buscar razones para las cosas que acaban ocurriendo, si ya lo decía yo, a recordar lo negro que me ponían esos artículos llamados “Manifiesto” con los que siempre sentía que estaba pagando dinero a Santi Carrillo y cía para que me soltaran la homilía antes de comulgar (con ruedas de molino, a veces). Me pondría a escuchar los cedés que regalaban, señalaba con un puntito de rotulador negro las canciones que más me gustaban, justo al lado del título; a buscar aquella vez en la que ¡caramba, qué emoción! aparecí en sus páginas firmando “la carta del mes” de entre las remitidas por los lectores.

Prefiero simplemente hacer esto, tratar de recordar aquella primera vez en la que fui lector de Rockdelux, porque cierra la revista de música más importante que se ha hecho nunca en España, y con ella desaparece uno de los pilares más importantes de mi (la de MUCHOS) educación musical. Hoy me he sentido un poco triste, un poco responsable (¿cuándo fue la primera vez que me salté un número? ¿2018? ¿2019?), y también extrañamente agradecido a unas personas a las que no he visto en mi vida. Me he puesto a recordar y me ha venido a la cabeza que en aquel número 150 venía también una casete transparente del sello Creation, que no me gustaba mucho, pero que escuché unas cuantas veces. Recuerdo que incluía “Woodcabin“, la canción de Saint Etienne, extraída de su “Good Humour“. Recuerdo que no podía entender cómo los de Rockdelux habían optado por “Woodcabin” en vez de “Sylvie“; ese era yo en marzo de 1998.

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