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Que “Falsas Costumbres” de Alaska y Dinarama no sea hoy en día considerada un clásico del pop español de la década de los ochenta responde únicamente a razones conyunturales: a fin de cuentas, “Deseo Carnal” era el flamante disco con el que los ex-pegamoides parecían dejar atrás una cierta herencia punk y se mostraban dispuestos a descolocar a sus propios fieles con arreglos de fantasía, reivindicación del sonido filadelfia y el bolero de rompe y rasga, e himnos pirotécnicos para la una aún tímida (cosas del momento) comunidad gay. Definitivamente, aquella pista sutil incluida dentro del segundo largo acreditado a la unión de Alaska  y el dúo Dinarama (tanto monta, monta tanto) realmente lo tenía difícil para despuntar entre tanta artillería pesada.

Y es que pese a quien pese, el flamante álbum con el que el trío (al menos así aparecía fotografiado en el artwork del disco, pero no conviene olvidar que por ahí andaban la guitarra de Luis Miguelez, etc, etc) fue, es y será el disco de “Cómo Pudiste Hacerme Esto A Mi” y “Ni Tú Ni Nadie“, dos canciones que no sólo se convirtieron en dos de los mayores éxitos del grupo, sino que con justicia pueden ser considerados hits impereceros de la historia de la música popular en nuestro país. Otra cosa distinta es que para gran parte de los millones de personas que compraron el disco de escandalosa portada aquellas canciones fueran la de “No Me Arrepiento” y la de “Mil Campanas”, pero en cualquier caso el éxito (tanto crítico como de mercado) alcanzado por el ábum convirtió a aquella cuadrilla de outsiders con pintas en el nuevo rostro del éxito masivo. Y ojo, que se colaron en el mainstream con un disco que no lo era en absoluto: mucho más allá de la icónica y polémica portada que le ponía cara (y culo), en las letras no es difícil encontrar alusiones al cine de serie-b, los más bajos -y no siempre ortodoxos- instintos, o el recurso (poco reverente para una España aún mojigata) a la imaginería religiosa.

Entre los principales logros del tema, una letra con un arranque soberbio (ese “Mientras tanto seguía pensando / En el tiempo perdido en pensar / En el tiempo que pierdo“), que sin embargo se ve lastrada hacia su final por uno de los tics que más me impiden disfrutar de la música de Olvido Gara y sus variados acompañantes: la exuberante utilización de un montón de palabras para al final no decir nada, y una abusiva persistencia de la rima consonante. Pero ni esos versos finales algo birriosos (“No obstante retiro lo dicho /  Y afirmo que ya no suscribo la tesis / Que un día yo expuse“) consiguen emborronar los muchos logros de un tema que sugiere más que muestra, y que juega en la siempre atractiva liga del fatalismo (por lo que pude leer en una entrevista con Nacho Canut, lo de “no volver a pecar / sin comulgar/ con las flores del mal” iba más allá de Baudelaire y entraba de lleno en la cuestión de las adicciones de algunos de los integrantes de la banda).

Lo que a día de hoy me sigue sorprendiendo es su sutileza y contención, en un disco que -espero que no se entienda como un agravio, porque no lo es- suena tan apabullante como un recopilatorio de grandes éxitos. Ni en su estructura melódica  -los cambios de acordes son de todo menos obvios- ni en el plano lírico se presta a la inmediatez, y a lo mejor es por eso que tan bien ha aguando el paso del tiempo. Más cerca de Echo & The Bunnymen (el toque internacional se lo daban esos arreglos cuerdas y vientos firmados por Tom Parker y la producción de Nick Patrick) que de las pistas de baile o la influencia oscura de Bauhaus y Siouxsie, la canción nunca fue sencillo -lo del falsete chirriante de “Un Hombre De Verdad” nunca fue de mi gusto, para qué voy a negarlo- de un disco millonario en ventas. Pero claro, esta pista se quedaba en un incómodo terreno intermedio: ni podía seducir a los entusiastas del giro tecno-pop dado por el grupo, ni podía seducir con sus flautas y violines a los desencantados que, provenientes del punk pegamoide, trataban de encajar del mejor modo que podían la apertura hacia sonidos más comerciales. El tiempo, afortunadamente, acaba poniendo cada cosa en su lugar…

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