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CÓMO VAMOS A FINGIR QUE NO HA CAMBIADO NADA (V y último)

(…sigue de aquí)

 

Escuchaban “Somos El Uno Para El Otro”, sin estar del todo seguros de si realmente lo eran, pero con el deseo absoluto de que fuera así. (Estaría bien, pensaba él, quererse tanto que realmente la gente se muriera de envidia). A veces, lo de “Podemos inventarnos nuestra historia, y si nos preguntan, recitarla de memoria“ le parecía una cosa maravillosa, y otros días en cambio decía que era una cursilada. Con “El Juego De La Vida” le sucedía una cosa bien distinta: un inexplicable mecanismo en su cerebro –no me preguntéis- hacía que al llegar a “fluido vital, al final era verdad / lo que tenemos los vivos que a los muertos les falta” acudieran a él deslavazadas imágenes de “Lifeforce: fuerza vital”, esa película de terror de los 80 en la que se entremezclaban erotismo barato, vampiros y ciencia ficción. No tenía mucho sentido, pero no necesitaba que lo tuviera, en la medida en que le gustaba cómo le hacía sentir.

También estaban aquellas otras canciones irresistibles, enormes, y me consta que él estaba convencido de que “Europa”, o la misma “La Boda” eran temas con los que Manolo y Genís acariciarían -al menos- el éxito, una vez que la entrada de Fangoria en las listas de Los 40 Principales (algo tan exótico como merecedor de aplauso) había demostrado que la eterna compartimentación entre indie y la música verdaderamente popular podía tener sus fisuras. Porque quizás no entrara dentro de lo posible que un grupo de la idiosincrasia de Astrud igualara el logro de los Ex-Dinarama, pero sí creo que todos esperábamos que, al menos entre aquellos que parecían buscar un poquito más allá de la vulgaridad imperante en la radiofórmula (algo más inteligente, o simplemente más divertido: las canciones de Astrud reunían ambas condiciones), la sorprendente propuesta de los barceloneses encontrara una acogida entusiasta. A fin de cuentas, ya no se trataba del grupo que sometía a los oyentes a los exigentes arreglos de “Miedo A La Muerte Estilo Imperio“, sino (también) de un grupo que noqueaba con estribillos indiscutibles, versos para enmarcar y melodías pegadizas. No faltaba, claro, su particular firma, pero ni las rimas al borde del precipicio (“Una terraza en Copenhague fue testigo de lo que tú sabes, pero en el centro de Varsovia me recordaste que no eres mi novia”), ni los inauditos golpes de efecto (el nananá burlón de la irresistible “Me Afecta”) ni los impredecibles cambios de dirección (ese “lo siento, he perdido el hilo”, casi al final de ”Mírame A Los Ojos”) podían enmascarar su capacidad para esbozar en seis palabras sentimientos universales, y musicalizarlos además con las hechuras de un pelotazo inapelable.

Visto con perspectiva, creo que todos nos equivocamos algo en la valoración del fenómeno Astrud. Las ventas no correspondieron en modo alguno con el éxito comercial que muchos les habíamos atribuido, y pese al esfuerzo promocional desplegado (cómo olvidar esa participación en riguroso playback en el programa “Música Sí”), aquellas canciones con madera de hits seguros entre un nuevo público no consiguieron traspasar la burbuja del indie. Ni se trató de un autosabotaje, ni de que no lo merecieran, pero pasado el momento en que Astrud tuvo el éxito en la punta de los dedos, sin alcanzarlo, quedó claro que el ansiado idilio entre el gran público y el grupo nunca sucedería. Cuando llegó “Performance”, ni unos ni otros eran los de antes: eran muchos los que aspiraban a la repetición de una fórmula que les había llevado un tiempo asimilar, pero que por fin creían haber aceptado; mientras que Astrud, por una simple cuestión de fidelidad a sí mismos (en eso sí que fueron terriblemente exitosos) habían emprendido un proceso de madurez que inevitablemente les restaba el brillo de la inmediatez, pero a la vez les mantenía alejados de la normalidad. Casi al mismo tiempo de que todo esto pasara, derribaron el edificio del viejo mercado y en su lugar construyeron un centro comercial de dudoso gusto: en el lugar exacto donde su memoria persistía en fijar los carteles de la gira de “Gran Fuerza”, ahora hay unos grandes almacenes FNAC en los que apenas se venden discos, y un montón de tiendas de esas en los que estos no dejan de sonar, aunque a nadie parezca importarle qué. Luego, un par de años más tarde, ocurrió que A. y él se casaron.

No sucedió de pronto, es verdad: aquella decisión fue creciendo entre ellos con el avance sigiloso de una planta trepadora, regada por el deseo y las facturas a medias; algo que no ves crecer día a día, y cuya evolución sólo se revela cuando de pronto te encuentras con una vieja fotografía, y te sorprende descubrir cómo eran las cosas realmente antes de que otras ocurrieran. Con A. sucedió justo así: los acontecimientos habían seguido su propia lógica, hasta el punto en que lo único que tenía sentido era que sucedieran, y cuando ellos decidieron verbalizar aquella decisión tan trasnochada de casarse, todo estaba ya de algún modo predispuesto para ello. Cuando llegó el momento de imprimir una etiqueta para la ventanita del buzón de casa, seguramente se reirían con un encogimiento de hombros: por aquel entonces, tenían demasiadas cosas en las que pensar.

A partir de ese momento, es como si todo hubiera ocurrido demasiado deprisa, y como decía al principio, me cuesta distinguir los detalles de los hechos determinantes: ¿Cómo llegamos, desde entonces a este instante en el que estamos ahora? En realidad, no es que hayamos olvidado un simple algo, un hecho concreto que explique por qué estábamos en A y hemos terminado en B; es que han ocurrido tantas cosas, han tenido lugar tantos cambios, que dudo seriamente que pueda deducirse un hilo conductor de todo ello. ¿Qué fue de él? ¿En qué momento empezó a ser alguien distinto? ¿Tuvieron alguna vez sentido todos esos planes de futuro, los necesitábamos para vivir aunque intuyéramos que nada estaba, en realidad, sujeto a nuestro control? En lo que respecta a mí, ni siquiera estoy seguro de haberme convertido en la persona que me había propuesto ser. Quizás, si él pudiera verme ahora, me diría que tampoco tiene sentido sentirse decepcionado por una expectativas que nunca estuvieron a la altura de nuestra imprevisible (pero la única que cuenta, al fin y al cabo) existencia.

 

¿Acabó sonando “La Boda” en la celebración de su propia boda? Sabiendo la importancia que la música tenía en su vida, no me hubiera extrañado nada que hubiera sido así. Grabó un montón de recopilatorios para la fiesta (su hermano iba a ejercer de DJ), y esos cedés están ahora en mi casa, ocupando un sitio que vale mucho más que el precio que él pagó por ellos cuando todavía eran discos vírgenes, se titulaban con cosas como TDK – CDR-80 700 Mb, y su terrible caligrafía no había ensuciado aún el impecable papel rayado del dorso. De vez en cuando me pongo a reordenar mi colección, moviendo con la decisión de un lunático los discos de un lado a otro, como si en aquella operación de mudanza fuera a producirse el inexplicable milagro de la aparición de Nuestra Señora de la Balda Vacía, y de pronto aparecen, feos y descuidadamente titulados, en plan: “Fiesta”. “Clásicos”. “70’s”, “80’s”. Y entonces me pongo un poco sentimental, y se me escapa una sonrisa un poco boba al reconocerle en aquel mejunje apasionado de Nick Kamen, Marvin Gaye, KLF y Rafaella Carrá… ¿”La Boda” de Astrud? La verdad, no estoy seguro, y además, ya no puedo preguntárselo. Pero; si pudiera hacerlo, si a día de hoy pudiera encontrarme con él y preguntarle si aquella canción de Astrud al final sonó en su boda, estoy seguro de que primero me diría que no se acuerda (siempre fue algo desmemoriado), y luego, tras entornar los ojos como tratando de recordar, me contestaría algo de este estilo:

-Me gustaría creer que sí.

 

 

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