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Qué cosas: al padre de mi padre, nacido en la conocida Casa De Les Punxes, siempre le llamamos “el abuelo”, mientras que mi abuelo materno, a pesar de sus raíces hondureñas, siempre fue para nosotros “el avi”. Los dos catalanes, cada uno a su manera: el primero por una mera cuestión circunstancial (lo de  venir al mundo y encontrarte con que eres el hijo de un ilustre inquilino de un edificio modernista en plena Avenida Diagonal no es algo que uno no elige, del mismo modo que tampoco escoge ser géminis o medir 1,78m) y el otro porque  -hasta empresario textil era- ciertamente encarnaba el alma luminosa de la gente de aquella región mediterránea y su sentido de la prudencia. Aún siendo totalmente distintos, casi opuestos podría decirse, ambos acabaron por endilgarme, dos generaciones después, unos apellidos que aún a día de hoy requieren del correspondiente deletreo ante el funcionario de turno.

Sin embargo, diría que son más bien las mujeres de la familia las que más peso tuvieron en nuestro acercamiento (el de mis hermanos y mío ) a la tierra y cultura catalanas: mi avia era, directamente, una de las mujeres más excepcionales con la que jamás haya tratado, capaz de contener en un cuerpo diminuto (más bien al contrario: los proyectaba desde él con el estruendo luminoso de los mejores fuegos artificiales) una irresistible combinación de genio, desvergüenza, comedia, determinación y auténtico surrealismo.  Desde que, viajando desde la otra punta de la península ibérica llegábamos a Barcelona para pasar unos días de vacaciones, éramos plenamente conscientes de que el auténtico espectáculo, la principal atracción de aquella ciudad de maravillas, era ella: ni siquiera los múltiples atractivos que una urbe tan cosmopolita y grande podía ofrecer a unos niños de provincias podían competir con aquel apabullante despliegue de gags, improvisados shows durante las visitas a los allegados, sentencias enigmáticas, provocaciones varias y disfraces, y aunque ciertamente conservo el recuerdo de nuestras primeras expediciones al Zoo o el Tibidabo, apenas son más que unas imágenes borrosas al lado de la contundencia con que se presentan las anécdotas protagonizadas por aquella mujer excepcional. Más rauxa que seny, qué duda cabe, pero hay que ver qué huella tan profunda dejó en todos los que tuvimos la inmensa suerte de conocerla, y qué pellizco en el corazón cada vez que me viene a la mente aquel balcón colgado sobre los taxis y las perruqueries de la Gran Vía, desde el que nos despedía con un gesto raro suyo, que a la vez era “marxeu, marxeu” y “os quiero”…

Y luego está mi madre, dignísima sucesora de la suya, si bien es cierto que en ella aparecen más matizados esos particulares ying y yang de la idiosincrasia de esas gentes: en su caso lo que mejor le define es una inconmesurable generosidad. Vapuleando (hasta hacerle besar la lona) el viejo cliché del catalán agarrado, mi madre muestra un desprendimiento con su tiempo, su amor -y su dinero- que no pocas veces bordea el nivel de lo irracional. Lleva el mediterráneo en la mirada, y a pesar de un itinerario vital de lo más singular -barcelonesa casada con un gallego, con hijos navarros y granadinos, residente ahora en tierras alicantinas- nunca ha dejado de ser esa mujer incansable a la que brota una sonrisa pícara mientras canturrea “Remena, Nena” cuando estamos recogiendo la cocina: agitando un trapo con un gesto seductor (consiste en levantar un hombro y el mentón al mismo tiempo, entornando los ojos, pero me temo que no sabría explicarlo mejor) que supongo que pretende imitar aquello que hacía Guillermina Motta a mediados de los 60 y principios de los años 70. El caso es que -por una mera cuestión de edad- nunca fui testigo directo de las actuaciones de La Guillermina, tan llenas de picardías, ingenio y humor, ni su música llegó a mí a través de las grabaciones que convirtieron a la cantautora en una de las figuras más singulares de aquello que se vino a llamar la nova canÇó… aún así he llegado al convencimiento de que mi madre LO CLAVA, y que el hechizo que despierta en nosotros esa sonrisa, dibujándose en su piel tostada, debe de ser algo muy parecido al provocado en su tiempo por el desenfadado -a menudo procaz- despliegue de feminidad de esta cantante, reivindicada no hace demasiado (“El Vestir D’en Pasqual“) por los también barceloneses Hidrogenesse.

Remena, Nena” (algo así como “Menéalo, nena”) es indudablemente uno de sus temas más populares -aunque no pocos ignoran que cuenta con un tal Joan Manuel Serrat en los coros- y se trata ni más ni menos que de un cuplé, un género habitualmente dado a la pimienta, y que la artista supo actualizar hasta darle un toque casi pop. La letra alude -al menos en sentido literal-  a las indicaciones para preparar un cóctel que satisfaga hasta al hombre más exigente, pero en seguida está claro que tanto meneo se presta a más de una interpretación, y no precisam…CRAC.

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Un pensamiento en “Remena, Nena – Guillermina Motta

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