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Ganas tenía hace tiempo de encontrar el momento de reseñar el fabuloso “For Women Only” de Bergen White, uno de esos discos inexplicablemente ninguneados por la historia en una complicadísima carambola en la que se combinaron la alargadísima (wilsoniana, para ser más exactos) sombra de sus brillantes coetáneos, una rácana gestión comercial y promocional, y una terrorífica portada que -qué duda cabe- catapultaba directamente al único trabajo en solitario de White a la profundísima sima del soft-pop de serie-b.

Efectivamente, la influencia del beach boy, (como ocurrió con el trabajo de muchos otros músicos del momento, deslumbrados como es lógico por el inagotable genio del californiano) es evidente: las canciones contenidas en el disco de White son ricas en detalles y muestran esa misma apabullante exuberancia en las ideas, en una búsqueda de la perfección que no temía adentrarse en el terreno de lo barroco si esto servía, no al inane ejercicio de grandilocuencia, sino a la consecución de un objetivo. La producción, como no puede ser de otra manera, se esmera hasta lo indecible en capturar la belleza en cada uno de los segundos de sonido, y así uno se ve transportado por melodías celestiales, arreglos de cuerda sinfónicos, y órganos cristalinos. No es plato para todos los paladares, claro: habrá quien se equivoque al catalogar esta obra como almibarada al reparar en la innegable carga sentimental que emana de cada una de esas historias de pérdida o arrebato, pero ellos se lo pierden, en cualquier caso…

A  White le avala, además (iba a escribir “le exime de la sospecha”, como si ser identificado como blandito fuera un pecado capital), un currículum apabullante: entra desde muy jovencito a trabajar para Hit Records -un sello especializado en música de consumo de esos que no dudaban en lanzar versiones propias de éxitos del momento a cargo de artistas de la casa- y allí su talento despunta de tal manera que al poco tiempo comienza a firmar arreglos orquestales y composiciones propias bajo seudónimo. De ahí a engrosar parte de Ronny And The Daytonas (una especie de “respuesta a los Beach Boys” desde Nashville, en el que tocaban sus antiguos compinches musicales Booby Rusell y Buzz Cason) sólo hay un paso, y girando con ellos es cuando tiene ocasión de conocer a Brian Wilson, quien por entonces ya anda pensando que aquello de las chicas y tablas de surf está agotado, y que lo que toca es crear la más perfecta sinfonía adolescente jamás compuesta. White queda deslumbrado claro, y bajo la luz de ese faro, comienza a sopesar la posibilidad de hacer su primer disco, aunque la categoría de los artistas que empiezan a requerir sus servicios como arreglista -ahora hablamos de Elvis Presley, Wanda Jackson, Glen Campbell, Dolly Parton, Kenny Rogers,  etc- hará que ese proyecto quede pospuesto hasta 1970. En ese año es cuando finalmente se graba “For Women Only“, un exquisito compendio de pop de la costa oeste y (se graba en Tenesee con músicos de Nashville) la más genuina tradición americana, que sin embargo es recibido, como señalaba al principio, con la más lacerante indiferencia. No ayudan ni la portada, ni la falta de respaldo, ni el hecho innegable de que White fuera percibido como un arreglista resultón tratando de pisar terreno ajeno, el de los “verdaderos artistas”.

El tiempo, no obstante, casi siempre acaba poniendo las cosas en su sitio: en 2004, el exquisito sello Rev-Ola (no es la primera vez que aparece por estas páginas, en su papel de noble rescatador de hermosos discos en apuros) acometió la reedición de ese tesoro enterrado por los años, acompañándolo además de la reedición de algunos sencillos sueltos del artista, y aquel trabajo de arqueología permitió a muchos (ahí me incluyo yo) el descubrimiento de un disco inagotable.  Hay composiciones propias, y son fabulosas, pero también hay composiciones de otros autores (Townes Van Zandt o Barry Mann) que brillan con el mismo fulgor gracias a los mil y unos detalles con que son tratadas. El conjunto es sólido, no obstante, sin abandonar ni por un segundo ese tono, confesional y romántico, pero siempre elegante. NO: definitivamente este no es el disco que parecía anunciar la acaramelada pareja de modelos de la portada (por estas latitudes nos será imposible no evocar las novelas rosas de Harlequín).

Valga como muestra esta que es la quinta pista del álbum: “Lisa Was” – una absoluta debilidad para el que esto escribe- es una composición de Mann con letra de Cynthya Weil que ejemplifica como pocas las habilidades artesanales de White para alcanzar lo sublime a partir de una melodía y unos versos que, justo es decirlo, ya eran redondos antes de ponerse en sus manos. Desde la sobria introducción (marimbas, bajo, piano) hasta la emoción vertida en esos versos finales (“You were just a moment, it was such a long, long time“): tres minutos trece segundos a los que no les sobra ni falta nada.

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