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No porque sea bien conocida entre los amantes de la música pop, vamos a dejar de contarla: esta es una historia hermosa y real, la de un tipo que se llama Hans Louis Fenger, un músico de 24 años que en el Vancouver de 1971 reparte su jornada laboral entre las clases de guitarra que imparte de día, y sus noches como músico en los clubs nocturnos de la ciudad. Cuando su novia se queda embarazada, Hans se ve prácticamente obligado a obtener el título de profesor de música, y encuentra empleo como docente en tres colegios cercanos de un distrito conservador llamado Langley, perdido en Columbia Británica, bien distinto al ambiente liberal y cosmopolita que hasta entonces ha frecuentado.

No tarda en empezar a disfrutar del contacto con sus jóvenes alumnos, de entre 9 y 12 años, la mayoría de ellos provenientes de las granjas familiares de la zona. Apoyándose en las bases pedagógicas establecidas por Carl Orff para la enseñanza musical infantil, Fenger se vale del juego como herramienta principal para el aprendizaje, y anima desde el minuto uno a los chicos a divertirse en su acercamiento a la música, en lugar de abrumarles con conocimientos teóricos y aburridas audiciones. Sus métodos son ciertamente percibidos como algo hippies para la junta escolar, pese a lo cual consigue ganarse la confianza de parte del claustro de profesores, y aún hace algo más que eso: anima a sus jovencísimos pupilos a grabar sus propias versiones de los grandes éxitos de la música popular de la década de los sesenta, y para ello improvisan un rudimentario estudio de grabación en el gimnasio del colegio. El propio Fenger se encarga de registrarlas en cinta magnetofónica, al tiempo que acompaña con guitarra acústica y piano -en un muy discreto segundo plano- las imaginativas soluciones instrumentales creadas por esos niños a partir de xilófonos, timbales y panderetas. Como si de una auténtica orquesta sinfónica de la precariedad se tratara, aquellos niños enamorados de las hermosísimas canciones que sonaban en la radio logran el más difícil todavía, transmitiendo en sus registros llenos de reverb (es lo que tiene grabar en un gimnasio) una pureza e inocencia difíciles de igualar.

Good Vibrations” se inunda de cascabeles, “Space Oddity” llega a nosotros desde el espacio con un eco extraño y caótico; “The Long And Winding Road” suena tan frágil que hace que se le erice a uno el vello… son niños versionando a auténticos colosos (The Beach Boys, Bowie o The Beatles, y también Neil Diamond, o Eagles) pero en sus entusiasmadas voces puede intuirse una temblorosa autenticidad capaz de doblegar al más insensible. Entusiasmados con el resultado, deciden sacar un disco de vinilo para cada niño interesado, previo pago de una suma simbólica de siete dólares, y todos aceptan, incluso llevándose dos o tres ejemplares por hogar.

* * *

La segunda parte de esta historia anómala y enternecedora acontece 25 años después, cuando Brian Linds, un coleccionista de vinilos de Victoria, descubre en la cubeta de saldos de una tienda de segunda mano de Vancouver un disco que llama su atención.  La portada de aquel vinilo singular muestra un collage de fotos infantiles, pero lo que realmente acelera su corazón es la relación de artistas versionados (los arriba acomentados, y Fleetwood Mac, y Herman’s Hermit, y…)  Entusiasmado con su descubrimiento, corre a compartirlo con Irwin Chusid, por aquel entonces todo un experto en rarezas musicales, acostumbrado a lidiar con arduas tareas de arqueología musical en territorio freak, quien cae al momento rendido ante esos himnos desoladoramente hermosos. El disco acaba sonando así durante meses en el programa de radio de este último, y finalmente es también Chusid quien emprende la misión de localizar al propietario de los derechos del material original y negociar los detalles de su publicación comercial.

Sucede entonces que una mañana después de clase, el profesor Hans Fenger recibe un recado en el instituto de Vancouver en el que está trabajando para que contacte con un tipo de Nueva York interesado en hablar con él de aquellas olvidadas grabaciones escolares. Cuando lo hace y finalmente se enfrenta a las preguntas de Chusid, Fenger empieza a temerse que está a punto de caerle una demanda de David Bowie o alguno de los músicos versionados, por vulneración de derechos, y ni siquiera imagina que la suya está a punto de convertirse en una de las notas al pie más hermosas de la historia de la música pop. El caso es que después de diez intentos fallidos, finalmente es el sello independiente norteamericano Bar/None Records quien se anima (año 2001) a reeditar los dos vinilos originales producidos en aquellas sesiones de gimnasio, ya bajo el título definitivo de “The Langley Schools Music Project: Innocent & Despair”, y obtiene un descomunal éxito de crítica y ventas. David Bowie se muestra encantado con el acercamiento de esos niños al universo desolado e infinito del Mayor Tom, y el reputado John Zorn escribirá al respecto de estas 21 canciones: “Esto es belleza. Esto es verdad. Esto es la música que toca el corazón en un modo que ninguna otra música alguna vez hizo, o alguna vez lo hará.” En 2002 la cadena VH-1 organiza una reunión de Fenger y docenas de sus antiguos estudiantes, y produce un documental sobre el reencuentro de profesor y alumnos.

Terminamos con una auténtica debilidad para el que esto escribe, quizás no el tema más representativo de esa orquesta sinfónica de juguete, pero sí un ejemplo inmejorable de la capacidad de esos niños para emocionar en su intuitivo acercamiento a un universo adulto del que -hasta entonces- habían sido sistemáticamente excluidos. “Desperado“, originariamente compuesta por Glenn Frey y Don Henley como una reflexión sobre la necesidad del amor como elemento redentor, y parte fundamental del segundo LP de  Eagles, ha conocido múltiples versiones a cargo de figuras de tanto renombre como Linda Rondstad, Johnny Cash, Judy Collins o Kenny Rogers, pero ninguna puede igualar la conmoción que supone la escucha de esta que realizó la jovencísima alumna Sheila Behman. Sujetad vuestro corazón, aviso, antes de darle al play: esto esTAN bonito, que hasta duele un poco.

 

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4 pensamientos en “Desperado – The Langley Schools Music Project

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