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Por Dios, miren esa cara. Las mejillas de Alex Cameron aparecen marcadas con la inconfundible señal del peligro, y ese peinado engominado es sin duda alguna el elegido por alguien con una capacidad innata para meterse en complicaciones. Mejor cambiar de acera que cruzarnos con él: si tuviéramos que juzgar la música de Cameron sólo por la foto que da portada a “Jumping The Shark“, uno diría que lo que va a sonar es -como poco – el resultado de cruzar el rock abrasivo de Nick Cave con la actitud chav (chulesca y provocadora) del peor especímen surgido de las peores calles de un barrio de extrarradio…

No es tan fiero el león como lo pintan, en realidad, y desde luego son bastantes exageradas las alusiones a Alan Vega que he leído en alguna que otra crítica: ninguna de las ocho canciones que componen el disco llega a los niveles de perturbación alcanzados por Suicide, aunque sí hay que reconocerle al australiano un dominio en aquello de crear atmósferas embrujadoras con apenas unos esqueletos sintéticos. Por unos momentos Bowie, por otros Bruce Springsteen, la mayor parte del tiempo evoca justamente lo que queda en el punto intermedio entre aquellos, esto es, unos Arcade Fire en su versión más minimalista (e interesante), o un Ariel Pink enredado entre sintetizadores, si se quiere. Sea como fuere, el de Sidney ha entregado un disco adictivo de cabo a rabo que puede presumir de haberse colado en muchas listas de lo mejor del año, incluso a pesar de tratarse de un álbum que en realidad fue auto-editado en una tirada de 250 copias (y totalmente subestimado, me temo) en 2014. Borrón y cuenta nueva: los del sello Secretly Canadian, siempre al loro con las cosillas interesantes, han rescatado del olvido este disco tan excitante en lo sonoro como en las historias que lo atraviesan. Sólo hay que fijarse un poco en las letras (atentos a esta de “Real Bad Lookin’“, no tiene desperdicio: “I am the drunkest, ugliest girl at the bar (…) My husband’s at work, my baby’s in a Daewoo sauna / I hold my breath when I check, just to see that she isn’t a goner / The little dream sits there, she’s like a fly in a jar / Yeah who the hell are they to tell me that I can’t leave my kid in the car“) para caer rendido ante la fabulosa galería de perdedores retratados en esas canciones, o dejarse embriagar por el sonido (crudo, pero sin renunciar al pop) que las envuelve. En “The Comeback” deja bien claro que Win Butler no es el único que sabe algunos truquillos, y qué decir de esta espléndida “Take Care Of Business” con la Alex Cameron cierra el disco, y en la que saca indudable partido de sus dotes de performer: un increíble viaje, de la oscuridad a la luz, reducido a lo esencial pero sin que en ningún momento ello implique una pérdida de intensidad.

Hagan la prueba y denle sólo una escucha al disco, descubrirán cómo el rock más ortodoxo se camufla bajo un vistoso disfraz que lo hace sonar nuevo y distinto y (paradójicamente) heterodoxo. Y luego si quieren llámenlo mojo, etiquétenlo (sección macarrismo cool), o acusen al artista de vendernos un posado como si se tratara de una colección de fotos robadas: lo que es es evidente es que -ha teloneado a Foxygen, se codea con Richard Swift, comparte escenarios con Molly Nilsson- algo tiene Alex Cameron. Y cuidado, porque es adictivo.

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