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El disco de Martin Courntey, reconocible voz del combo Real Estate, está bastante bien. No ofrece nada demasiado distinto a lo ya ofertado anteriormente por la banda matriz, pero tampoco decepciona, ni (tampoco) se adscribe a aquel viejo cliché de “primera entrega en solitario de cantante, inmediatamente después de disco mediocre de su grupo”. Quizás (¿se puede reprochar algo así?) no es una arrebatadora colección de canciones pop, de esas que nos acompañarán toda nuestra vida y grabaremos a fuego en nuestros corazones, pero tampoco creo que las contenidas en “Many Moons” puedan disgustar a nadie. Por decirlo de un modo más gráfico: los diez temas de este disco están más cerca del beso distraído y rutinario con que cada mañana la persona amada nos da los buenos días, que el ósculo apasionado que se regalan Clark Gable y Vivien Leigh sobre un fondo de furioso technicolor, pero como aquellos, en modo alguno su tono doméstico y sencillo debería ser minuspreciado.

Como casi todo el mundo sabe a estas alturas, Courtney no es ni mucho menos el primero de la banda de New Jersey en lanzarse a aventuras paralelas: el guitarrista Matt Mondanile forma parte de los muy recomendables Ducktails, y el bajista Alex Bleeker comanda a The Freaks. Lo curioso es que mientras los primeros han alcanzado un cierto reconocimiento con su delicioso jangle-pop, y los Freaks parecen interesados en poner el acento sobre su perfil más country,  el trabajo de Courtney suena de una forma casi calcada al supergrupo indie que le ha hecho conocido: o la aportación de los restantes integrantes de Real Estate es nula (yo diría que no), o Courtney manda demasiado en el grupo y acaba imponiendo sus ideas, o simple y llanamente el chico no tiene demasiadas ganas de experimentar, y emplea su tiempo libre en grabar canciones que perfectamente hubieran encajado en “Atlas“, “Days” o su primer disco homónimo.

La falta de sorpresas se suple con la efectividad de las canciones: Courtney vuelve a dar motivos para hacerse querer, con esa probadísima capacidad suya para zambullirnos en una hermosa melancolía como de final de septiembre, cuando la luz de verano aún se resiste a dar por perdida la batalla de las horas, y no distinguimos muy bien si nos sentimos tristes,o felices, o -lo más probable- las dos cosas a la vez. Los sencillos extraídos del álbum (“Vestiges” o “Airport Bar“) invitan a pasar al interior, pero ni siquiera me atrevería a a asegurar que son los mejor de un disco (ahí están “Awake” o “Asleep”) que, si bien no marca grandes picos, tampoco conoce altibajos.

Destaco “Northern Highway“, como no podía ser de otra manera: su sencilla pero irresisitible melodía remite de forma oblicua a la hermosísima “Talking Backwards“, y sin que acabes de saber muy bien en qué momento ha ocurrido, la descubres cómodamente instalada en tu subconsciente, y permanente prendida en los labios. Una de esas cancioncillas a las que en un primer momento no dimos la debida importancia, pero que a lo mejor llevamos toda la mañana canturreando, sin darnos cuenta. ¿No deberíamos escuchar otra cosa, a ver si así nos la sacamos de la cabeza? Mecachis, sólo una vez más. La última… Venga, la penúltima.

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