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Tenemos que hablar de Oscar. Quiero decir, que podemos seguir haciendo como que Oscar no esta ahí, ignorando la facilidad con que sus canciones aceleran nuestro pulso, pero no sé si tiene mucho sentido. Más aún cuando todos nuestros esfuerzos por hacerlo van a acabar estrellándose con la creciente proyección de un artista que, con solo unos pocos temas en su cuenta de soundcloud, ya ha conocido la atención de medios especializados de gran influencia (sin ir más lejos, NME, Stereogum, The Line Of Best Fit o ¡caramba! Pitchfork, quienes no dudaron en reseñar la autoeditada “I Never Told You“, ya en 2013).

Oscar es Oscar Scheller, pero él ha dado a conocer su música sólo con su nombre de pila: una desnudez que podría hacer pensar en confesiones de intimidad y duermevela, grabadas en la soledad de un dormitorio, cuando la realidad es que sólo la segunda parte es cierta. Efectivamente, Scheller se montó el estudio de grabación en su cuarto, e incluso le puso un nombre –146b–  con el que también titulaba su primer EP.  Aquellas eran cuatro canciones cercanas a un lo-fi que, a decir verdad, poco tienen que ver con el pop exuberante de su última encarnación: en un ejercicio de sorprendente evolución, las melodías emborronadas y las guitarras de texturas rugosas han sido reemplazadas por abigarrado pop orquestal, trufado con teclados de ensueño y una brillante voz de barítono. Se va Julian Casablancas (no exagero: a eso, más o menos, sonaba “I Don´t Care“), y damos la bienvenida a ¡Stephin Merrit!

La referencia a Magnetic Fields resulta casi inevitable (a fin de cuenta, la voz de Oscar evoca de forma inequívoca a la de Merritt), pero yo diría que no es la única vecindad que puede plantearse: ¿No tiene “Beautiful Words” algo prestado del “Parklife” de Blur? ¿No hay un poso dramático en esas canciones, heredero del pop atormentado de Morrissey? ¿No podría la estupenda “Daffodil Days” venir firmada por The Hidden Cameras?  Era difícil que la música de este londinense no acabara reflejando numerosas influencias artísticas, cuando ya desde muy pequeño estaba expuesto a ellas: hijo de músicos (su madre tocaba en un banda punk, su padre pertenecía a un grupo de new wave llamado the Regents, y posteriormente se convirtió en un productor de house bajo el alias de Funtopia), Oscar fue educado en una escuela hippie que potenció al máximo su creatividad, a los seis años era capaz de tocar el piano, y antes de dar cumplimiento al ya clásico cliché de estudiante en Saint Martins, atesoraba con avidez una importante colección de discos. El choque con el mundo universitario (por lo que el mismo reconoce, demasiado riguroso para un espíritu tan poco habituado a los márgenes) le encerró en su dormitorio, pero afortunadamente no fue para malgastar el tiempo, sino para producir estas canciones, clásicas a su manera, noventeras de aquella otra forma, y en cualquier caso merecedoras de toda nuestra atención. El EP de debut de Oscar se lanzará al mercado el próximo día 22 de junio, de la mano de Wichita Recordings: cinco canciones que anticiparán el que será (es un hecho cierto) el estreno en formato largo, a publicar previsiblemente a principios de 2016.

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