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Copio y pego algunas de las notas que he llevado esta tarde a la presentación de la película “Los Paraguas de Cherburgo,” en el cineclub organizado por la Biblioteca Pública de Pamplona en su sede del barrio de La Milagrosa. Cuando el grupo echaba a andar en su primera reunión, se nos pidió a los participantes que propusiéramos las películas que protagonizarían las distintas sesiones, y no vacilé ni un segundo a la hora de decantarme por la extraordinaria -pero no demasiado conocida, hoy en día- película de Jacques Demy. Una absoluta debilidad, tan anómala en su momento (1964) por su radicalidad formal, como lo es en estos tiempos -tan poco favorables al sentimentalismo- por su estructura de folletín melodramático.

Me vuelvo contento de la proyección: pocos asistentes hoy, pero ninguna deserción (algo con lo que, al menos entre los poco tolerantes con el azúcar, se podía contar). La presentación ha ido bien, y creo que ha funcionado en el sentido que me había propuesto: prevenir a los asistentes acerca del pequeño obstáculo con el que se encontrarían al afrontar los primeros minutos del metraje, y la enorme recompensa que les esperaba si conseguían superar la extrañeza inicial. Creo que se ha entendido: el público (gente muy variopinta, podéis creerme) se ha abandonado a la mágica experiencia cinematográfica y ha disfrutado con el arrebato musical y colorista de Demy. Sonrisas indisimulables al acabar el film y encenderse las luces, algunas caras de sorpresa (para bien), y la inestimable emoción de haber compartido el emplazamiento de un tesoro que nunca parece agotarse.

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¿A alguno de los presentes no le gustan los musicales? “Los Paraguas de Cherburgo” apasionará a los amantes del género, pero desesperará a aquellos que no soportan las canciones en las películas. Por decirlo de algún modo, la película de J. Demy es un experimento cinematográfico que lleva el cine musical hasta sus últimos límites, un ejercicio de deliciosa (y absoluta) libertad.

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Se trata de una película cursi, pero yo diría que una forma consciente y no exenta de riesgo. Demy (casado con Agnès Varda, en las antípodas estilísticas de su cine) no ignora que el material que tiene entre manos es el del folletín antediluviano, pero al mismo tiempo apuesta por él por una simple cuestión de coherencia con el lenguaje formal que pretende explorar. El compromiso de Demy no es con la realidad (la realidad, a decir verdad, no le interesa demasiado), sino con el popio cine. Las propias citas de la película (la escena inicial en la que un mecánico del taller canta “no me interesa la ópera, todo el rato cantando.. ¡prefiero el cine”!, o el momento en que Geneviève canta “sólo en el cine se muere de amor”) evidencian lo consciente que era el autor de lo particular de su caligrafía.

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De algún modo, el cine de Jacques Demy supone un pacto ente cineasta y espectador: si el último es capaz de sobreponerse a la sensiblería edulcorada de esas imágenes y al desconcierto producido por las primeras líneas de una película íntegramente cantada, le espera una inmersión tan fascinante como inédita. “Los Paraguas De Cherburgo”, bajo su apariencia de melodrama apastelado, es un esteticista artificio no exento de un cierto nivel de exigencia, que al mismo tiempo que explora vías alternativas a las ya conocidas, muestra un profundísimo amor al cine clásico que está reinventando.

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En una época en la que el cine pugnaba por librarse de las limitaciones del blanco y negro, o por el contrario agotar sus posibilidades expresivas, la obra de Jacques Demy irrumpe de forma atronadora con su saturación cromática, heredera de los artistas fauvistas. La provocación de los colores imposibles se pone al servicio de una historia convencional, y la eleva al nivel de las grandes obras. Su agitación no es política, sino formal, sólo que en lugar de hacerlo mediante una fórmula rupturista (como sí hicieron sus compañeros de generación), se diría que Demy pretende valerse de los mismos materiales de los que estaba hecho el cine más conservador. La artificiosidad de la que se vale es intencionada, y con ella Demy no solo aporta un valor simbólico, sino que subraya (como ocurre con la práctica totalidad de los autores de la Nouvelle Vague) su voluntad de estilo.

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No se trata de hacer que los personajes expresen sus emociones a través de canciones que parecen venir de un lugar más allá del espacio y del tiempo, sino que más bien es la música la que se pliega a las emociones de los personajes. Son auténticos “diálogos-cantados”, en los que la partitura de Michel Legrand deja que cada uno de ellos encuentre su propia voz, y se exprese sin supeditación a la lírica o la métrica. En ese sentido, se parece más al jazz que a la ópera.

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Je T’Attendrai” es de un romanticismo exaltado que sólo es posible cuando uno tiene 17 años, pero que al mismo tiempo es necesario. Geneviève no se engaña respecto a sus sentimientos, porque esa es justamente la edad a la que uno ha de ser un cursi: lo que Geneviève desconoce es el modo en que acabaremos fallando al proyecto de futuro que para nosotros habíamos esbozado. No hay nada para siempre, y crecer acaba siendo, de una forma u otra, una traición inaplazable.

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4 pensamientos en “Je T’Attendrai – Danielle Licari / Jose Bartel

  1. Tantos años después sigo sin decidirme si la película es infumable o maravillosa
    En todo caso gracias por publicar acerca de ella, un súper post.

    • ¡Gracias, Fiouck! Que cuarenta años después aún no lo tengas claro puede ser considerado una buena señal. En mi caso, me confieso absolutamente vencido por sus muchas virtudes: maravillosa.

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