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No puede ser. Escucho el tema una y otra vez, y me repito que no puede ser: tiene que haber un truco en alguna parte, estoy seguro. El vaso que tiene un doble fondo, el bolsillo que es prácticamente invisible a los ojos a los asistentes, la espada que se dobla. No puede ser tan simple como un hombre que canta una canción sentado al piano, en algún sitio ha de residir el secreto para tanto prodigio.

No estoy diciendo que sea técnicamente imposible. Sólo digo que el milagro resulta algo difícil de creer, cuando todavía estás reponiéndote de la asombrosa impresión que te ha producido la maravilla que lo antecede. El talento no puede estar tan groseramente mal repartido.  Simplemente, no se puede sacar siempre seis a los dados.

Y sin embargo, ahí está. Un tío, un piano: aserrando tu corazón en dos ante el incrédulo público, y luego volviéndolo a dejar, aparentemente igual que estaba. Arrecian los aplausos, se cierra el telón, las luces se encienden, la gente se marcha a casa. Pero tú no estás igual, nada de eso; tú no puedes dejar de palparte el pecho para cerciorarte de que sí, efectivamente: magullada por el misterio, traspasada por tanta belleza, pero esa víscera sensible que creías despedazada sigue latiendo.

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