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Segunda y última (¡por favor!) entrega del maravilloso serial entrañables-tipos-que-deciden-hablarte-en-diciembre-de-esos-discos-que-deberías-llevar-todo-el-año-escuchando. Si en nuestro primer capítulo hablamos del polifacético Jaime Cristóbal y su Popcasting, en esta ocasión nuestras mirillas han de apuntar hacia Alicante, ciudad en la que -si no me equivoco- vive un tipo llamado Javier Abad. El caso es que Javier no tiene un podcast, pero sí tiene algunas ideas tan románticas como poco rentables, y en su día decidió que emplear parte de su indemnización por despido en fundar su propio sello discográfico era una idea cojonuda. En fin, que Dios le proteja, pero ahí está Pretty Olivia Records, un minúsculo label que toma su nombre de la hija de nuestro héroe (qué buen gusto, muchacho: aquí otro padre de una Olivia) y da salida a las más selectas referencias sonoras.

Lo cierto es que me consta que lo que a que este buen hombre le chiflaría sería reeditar (en riguroso vinilo) los trabajos de oscurísimos grupos australianos de los 80 de los que el resto de la humanidad jamás habíamos oído hablar, pero no sé muy bien qué recorrido empresarial iba a tener su gesta discográfica si se limitara exclusivamente a ello: de momento, ya lo ha hecho con The Rainyard (no me preguntéis: ni idea de dónde se sacó a este grupo de jangle-pop), y las que vendrán si tanta ilusión puede seguir pagándose con la venta de los vinilos. Pero también hay sitio para otras cosas: las otras publicaciones del sello han sido hasta el momento  la del valenciano Vicente Prats (algo así como unos Teenage Fanclub de espirítu mediterráneo), y el primer álbum de los británicos Loor A Los Héroes, un grupo de Wigan que además de un nombre ultra-cool tienen querencia por el indie-pop de guitarras de los 80: atención a su (presunta cara-b) “White Village“.

A lo que iba: no conozco personalmente a Javier, pero sí que hemos cruzado algún tweet de vez en cuando al respecto de la cosa musiquera. (Qué cosa, yo que tanto abominé en su momento de las redes sociales, y he acabado por utilizarlas para tener la clase de conversaciones que echaba en falta con mis amigos. Todos contentos: mis amigos, aliviados al ver que se relaja sobre ellos la presión del deberíais-escuchar-esto, y también un menda, que ahora tiene la sensación de ser un poquito menos extraterrestre). De esos mensajitos de tan sólo 140 caracteres me han quedado bastante claras dos cosas, a saber:  a) que los que antes nos considerábamos indies somos el mainstream de ahora, y b) que es estupendo tener a mano las recomendaciones de gente así. La última de ellas se deslizó sibilinamente en un comentario al respecto de discos favoritos de 2014, y me aturdió con la fuerza de una coz. La cosa  iba más o menos así:

TOP 3 –  “New Gods” – Withered Hand (¡Bien!)

TOP 2 – “Shattered” – Reigning Sound (¡¡SÍ, SEÑOR!!)

TOP 1 – “A Country Life” – Ginnels (…¿¡..!?)

Averaveraver, un momento: ¿”Ginnels”? ¿Cómo qué Ginnels? ¿Quiénes cojones son los Ginnels y por qué nadie me había hablado de ellos?

* * * *

Para contar quiénes son los Ginnels podría apañarme con una frase: es el grupo de indie-pop de guitarras, conformado por los irlandeses Mark Chester, Ruan Van Vliet, Roy Duffy, Bobby Aherne y Patrick Hanna. Vale, no estoy dando demasiada información acerca de las joyas que nos aguardan dentro ese cofre del tesoro llamado “A Country Life“, pero lo anteriormente escrito no deja de ser verdad. A lo que voy es que para explicar este el último álbum de la discografía de Ginnels debería escribir 14 entradas, una por cada una de las canciones que lo componen: así de ecléctico es un disco en cuya escucha encontraremos ecos a The Shins (seguidores de James Mercer y compañía, “The Great Escape“,  “Woodlands“, o la deliciosa pista titular van a entusiasmaros), The Feelies, o incluso Guided By Voices (comprobad si no cómo “God Botherers” entrega su irresistible melodía a la distorsión del mejor power-pop).

De forma consecuente con lo anterior, este es el típico álbum que nunca pondrá a sus incondicionales de acuerdo en lo que respecta a sus cumbres: por lo general, Ginnels resultan más contundentes cuanto más acelerados se muestran (a ver quién es el guapo que se resiste a “This Love“), y me atrevería a decir que ese pelotazo llamado “Not What You Think“, con su adictivo estribillo, sería probablemente el que concitaría una mayor unanimidad. Sin embargo, me vais a permitir que deje a un lado la contagiosa alegría de las canciones que ofrecen Ginnels en su despampanante cuarto disco, y me centre en la que más me ha impresionado de todo el álbum: también la más lúgubre, lo aviso.

Ashton Memorial” me pone la piel de gallina, y creo que no hay mejor modo de explicar lo que provoca el tema. Me recuerda a la maravillosa “We Were Wasted” de los británicos The Leisure Society en su modo de conjurar la desesperanza, hasta que pasado el primer minuto ocurre algo sencillamente extraordinario: escuchad ese lamento, ese auténtico aullido de las cuerdas (¿es un violín, o es algo que sencillamente no pertenece a este mundo?) y decidme que no se os ponen los pelos de punta, que no es hermosísimo el modo en que el que a partir de él se precipita el drama.

Publica Tenorio Cotobade, (un sello madrileño por cuyo nombre me es inevitable sentir cierta simpatía, por razones que no viene al caso explicar), quienes ya sacaron en su momento el recopilatorio “Plumes” de los de Dublín. Los interesados podéis descubrir (y hasta comprar, aunque eso ya no esté de moda) el disco completo aquí: que luego nadie se queje de que no le avisaron. Conmigo lo hicieron, justito a tiempo.

 

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