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Una señora que sale de su casa y cierra la puerta con llave. Bolso sencillo, chaqueta de punto beige a juego con unos zapatos de medio tacón cuyo brillo excede por mucho a lo discretito de su diseño, y entre una cosa y otra, un vestido estampado que precipita a su propietaria hacia los sesenta años que aún no tiene. Peinado correcto: seguramente fue ayer a la peluquería, y la cuidada forma de la media melena castaña aún puede ahorrarnos la visión de los típicos pendientes de perla por los que sería muy fácil caricaturizarla.  Probablemente se los compró ella a escondidas, en rebajas, con la idea de irlos haciendo aparecer poco a poco ante sus familiares y amigos como si se tratara de una antigua propiedad que no requiere de más explicaciones, o quizás se trató de un regalo de cumpleaños de su marido (aunque ella tuvo que acompañarle a elegirlos). Bah, olvidaos ahora de los pendientes: no tienen demasiada relevancia, y además la señora ya está bajando las escaleras -viven en un segundo, y aunque nunca lo reconocería, la mujer se siente razonablemente orgullosa de lo torneado de sus pantorrilas- y se escapa de vuestro ángulo de visión. Si cogéis el ascensor (la señora no sólo percibe las ventajas del suave ejercicio de bajar las escaleras, sino que intuye de alguna forma el poco favorecedor efecto de la luz amarilla sobre los usuarios de esa anticuada cabina panelada)… Decía, en fin, que si cogéis el ascensor -y así de paso veis la hilera de botones redondos, como teclas de una antigua máquina de escribir-  igual alcanzáis a la señora antes de que llegue al portal.

Ahí la tenéis de nuevo, justo en el momento en que sus pisadas nerviosas dejan de repiquetear por un instante sobre el pulido suelo de terrazo, coincidiendo con un rápido chequeo frente al gran espejo del portal. No os gustaría ese espejo: corresponde a ese momento de los ochenta en el que las cosas empezaron a perder valor, sin posibilidad alguna de que el tiempo pudiera restituírselo después. Los pretenciosos adornos en las esquinas lo afean de forma irremediable, y los embellecedores de latón que su diseñador (probablemente, el mismo responsable de la colocación) dispuso para disimular las cabezas de los tornillos han tenido que ser repuestos en varias ocasiones, después de haberse convertido en el codiciado objetivo de los niños maleducados del primero. Sabéis a lo que me refiero ¿no? A esas cositas redondas y brillantes con las que se fijan a nuestra mente algunos de nuestros recuerdos domésticos, grabadas con un dibujo radial que las hacía aparecer, ante nuestros ojos infantiles, como joyas que relucían con el brillo de diminutos soles.

Mi infancia está llena de cacharros de estos

En fin, a lo que importa: la señora también cree que habría que cambiar el espejo, reformar incluso todo el portal, pero no tanto porque le parezca feo, como por lo vieja que le hace sentir a veces ese edificio tan generoso en ausencias. Pero no vamos a detenernos en el aburrido recuento de las mudanzas, ni en los incómodos carteles de “Se Vende” con que el inmueble se vacía desde los balcones, porque la señora parece tener algo de prisa: la imagen que le devuelve el impoluto espejo parece satisfacerle, y tras un invisible gesto de aprobación, simultáneo a un giro de cintura de una precisión casi militar, ya está estirando el brazo (¿no ha sido eso un tintineo proveniente de su muñeca?) para abrir la puerta de aluminio.

La calle os recibe del modo acostumbrado: las nubes de siempre apelotonándose en el cielo, cómo no, y un par de grados menos de los que serían necesarios para sentir algo equiparable al confort. La luz de la tarde parece algo ensuciada tras rebotar contra las fachadas de los edificios próximos, mientras, detrás de las ventanas, los pamploneses apuran sus dudas acerca de la necesidad de encender o no las lámparas. Pero el fresco… Respondéis a la protesta de vuestra nuca apretando el paso, y bajáis la cuesta detrás de la figura de la mujer, acompañados tan sólo del rugido de los coches que, liberados ya de la jornada laboral, aceleran para acometer la subida hacia un consolador horizonte de bares o gimnasios. Seguid el ruido hueco de las baldosas de hormigón, sonando casi como los cascos de un potrillo, y dejad que sea nuestra estimada protagonista quien os conduzca a su destino. Se detiene junto a un paso de cebra, y tras comprobar con un rápido vistazo que ningún vehículo se acerca, atraviesa la calle, dirigiéndose de modo automático hacia una puerta acristalada mientras sus ojos se afanan en buscar el brillo de unas llaves en el interior del bolso: se trata del acceso a un garaje.

Llegados a este punto, lo que resulta evidente es que la señora va a coger el coche para dirigirse con él a donde sea. Un narrador omnisciente tendría en sus manos un poder ilimitado para decidir si la mujer se dirige al Carrefour, a atracar una farmacia, a participar en una orgía o a jugar un partido de hockey (en realidad, para cualquiera de esas tres útimas opciones sólo necesitaría describir una voluminosa bolsa de deportes abultando en el maletero, y listo). Pero no: la necesidad de ser verosímil resulta ser terriblemente exigente. Lo poco que sabemos de esta señora y su tranquila vida (no he dicho feliz: tan sólo tranquila, que es lo que más se le acerca) no da para mucho más: bolso barato, chaqueta beige, nubes. Pamplona, sobre todo eso: una de esas ciudades en las que basta que suceda muy poco para sentir que te estás conformando con un más que nada. Esta señora probablemente tiene algo tan poco estimulante (literariamente hablando) como una vida absolutamente normal, pero esto es más una apreciación personal, que algo sobre lo que ella se haya cuestionado realmente; si lo ha hecho, desde luego no lo ha sido en los 25 últimos años. Además, hay algo que me repele en esa condescencia, ese paternalismo involuntario hacia el personaje, como si nuestras propias vidas fueran mucho mejores sólo porque hemos cambiado las recetas de cocina y algunos trucos infalibles para sacar manchas de la ropa, por el obligatorio visionado de las películas de Wes Anderson o la flamante propiedad de una edición limitadísima del “Different Class“, de modo que no abundaré sobre el tema. Sean los que fueren los pensamientos que la animan, lo cierto es que ahora la señora va a coger el coche para ir a ver a su hija y su nieto, que viven en un piso localizado en un barrio quizás no tan céntrico, pero desde luego mucho más bonito que el suyo: una vez más, se trata de una apreciación personal.

En realidad, el uso de las llaves no llega a ser necesario: justo cuando ella va a entrar, un joven que sale del aparcamiento ya está sosteniéndole la puerta. Se saludan con un murmullo poco entusiasta, pero ambos lo compensan con el despliegue de una generosa sonrisa. Se identifican, eso es todo, con la civilizada sutilidad alcanzada por siglos de evolución desde el olisqueo primigenio. Ella le atribuyó hace tiempo la propiedad de una plaza de garaje en la tercera planta de sótano pero, al menos en parte, está equivocada: él aparca un Seat León blanco prácticamente nuevo en una de las plazas del segundo nivel del aparcamiento. Es un chico agradable, piensa, o quizás no lo piensa entonces, pero sí que es verdad que alguna vez lo ha pensado.

Las puertas del acensor se abren automáticamente cuando la señora pulsa sobre el botón de llamada, y ella aprovecha el franqueo para volver a revisar su aspecto enmarcado en el espejo encastrado: sin novedades, salvo un mechón rebelde que es rápidamente reubicado donde corresponde. Justo cuando la cabina inicia el descenso, llega a ella el olor de la colonia del joven del Seat León. Suspendido en el aire de aquel habitáculo mientras su propietario ya anda a una considerable distancia, el aroma resulta demasiado empalagoso para tratarse de un perfume masculino, de acuerdo con su olfato, así que contiene la respiración. La rutina mil veces repetida es la unica responsable de la ejecución milimétrica del resto de la coreografía: la mujer se da la vuelta en el momento exacto en que un chasquido anuncia de la apertura de las correderas metálicas, y para cuando las bandejas de acero inoxidable se han escondido ordenadamente tras la pared de gotelé, ella se encamina hacia el pequeño vestíbulo que da salida a las plazas.

Lo escucha nada más empujar la barra horizontal que libera la puerta antiincendios: a sus oídos llega el sonido, sordo pero claro, de unos graves retumbantes. Música, identifica inmediatamente su cerebro, y no se equivoca. Muy alta, DEMASIADO. En realidad, es todo cuanto podemos saber de sus pensamientos en ese momento: si nos fijamos con mucha intención, y aquí será necesaria la intervención de un potente zoom, sí que podemos observar una leve contracción en la comisura de sus labios, casi inapreciable. Justo ahí, donde termina el rojo graso que los cubre, su piel acaba de plegarse en una convulsión infinitesimal, elevando ligeramente la curvatura de la boca, al tiempo que una leve oscilación hacia la derecha de la piel que recubre su barbilla completa la apreciación, levemente negativa, del estímulo sonoro.

A ver, se trata de un garaje, no de una discoteca. Se trata de no molestar a los demás, piensa la señora mientras se adentra en el recinto, oteando sobre el océano de capós en busca del responsable de aquella muestra de descortesía, firme en su contrastada experiencia de que el volumen al que se escucha la música en el interior del coche suele ser inversamente proporcional al nivel educativo del sujeto que lo conduce, y por descontado, directamente proporcional a las posibilidades de que el vehículo acabe arañando su costado contra un guardavías. Ahora apenas se puede escuchar el chasquido de sus zapatos sobre el pavimento de hormigón, porque conforme avanza hacia su coche queda claro que se va acercando también a la fuente de perturbación sonora. En un sorprendente ejercicio de agilidad mental que transcurre en apenas unas milésimas de segundo, ya ha planificado su entrada en escena y ha adoptado un ademán distinto en el rostro: la mujer que conocimos saliendo de casa con una expresión aburrida, ha endurecido sus pómulos y afilado su mirada, que ahora planea como un ave rapaz en busca del joven (de eso está casi segura) responsable de esa intromisión.

Sin embargo, el descubrimiento que hacen sus ojos cuando sólo se halla a unos pocos metros de su coche le deja tan perpleja que toda aquella fuerza felina es domesticada por lo inesperado de su naturaleza. Y es que, de joven, nada: se trata de un hombre, de más edad de lo que ella imaginaba, sentado en el asiento del piloto de su propio coche. La mujer puede verlo a través de la generosa luna del vehículo, aunque éste permanezca con sus luces apagadas. Es gracias a la luz blanquiazulada de los fluorescentes del garaje que ha podido verlo, en un vistazo que quizás ha alargado más de lo necesario (algo de lo que inmediatamente se ha arrepentido). El hombre estaba agarrado al volante, o eso le ha parecido, con los ojos cerrados y agitándose al son de aquella música tan alta. No está segura de todos los detalles, pero desde luego no va a volver la cabeza para comprobarlos, porque le horroriza la sola idea de ser sorprendida en una mirada furtiva. De modo que recurre mentalmente a la fotografía instantánea que su visión acaba de producir, y sin darse cuenta, parpadea al hacerlo, como si con aquel cierre de pestañas pudiera retenerla dentro de su cabeza. Ahí está, aún fresca, la agitada imagen de un hombre con bigote oscuro de unos treintaymuchos, agarrando el volante con ambas manos (al menos las manos estaban SOBRE EL VOLANTE, ahora está segura: hubiera sido mucho peor si hubieran estado escondidas detrás del salpicadero, y entonces probablemente se hubiera sentido mucho más nerviosa); casi poseído, esa es la palabra que ella utilizaría, poseído, por el rugido de aquella música moderna y demasiado alta.

Aquella visión le perturba, de alguna forma, así que sin darse cuenta recorre los últimos metros que le separan de su utilitario a mayor velocidad. Probablemente, no se trata de nada malo, pero desde luego, raro sí que es. No es exactamente una percepción de peligro (la señora ha leído muchas veces noticias en los periódicos sobre violadores agazapados en los parkings y cosas así, pero su instinto le dice que no se trata de eso), aunque sí que le acompaña una sensación de haber irrumpido en un acto privado, no demasiado claro. Algo en su mente le insinúa que tal vez que el chico podría estar drogándose, y eso sí que le asusta: una sensación que le acompaña incluso después de haber cerrado la portezuela y accionado el mecanismo de cierre. De modo que hace girar rápidamente la llave y mientras no deja de preguntarse si el hombre será consciente de que ella le ha sorprendido haciendo aquello que en el fondo no sabe muy bien qué era, el motor carraspea y el coche se pone en movimiento. Las luces barren la rampa de ascenso y los ojos de la mujer no pueden evitar dirigirse en el último momento, antes de dar la curva, a la forma del monovolumen oscuro del que (incluso con las ventanillas subidas) sigue llegándole como un latido oscuro el ritmo sordo de aquella música.  Es tan sólo un instante, porque enseguida la conducción reclama toda su atención. Resopla al llegar a la puerta automática, y tamborilea con los dedos sobre el volante mientras espera a que termine el desesperante proceso de apertura: su cabeza sigue tratando de desentrañar aquella ceremonia de abajo. No se sentirá más tranquila, en realidad, hasta pasado un buen rato, cuando la imagen de su hija con el pequeño en brazos, esperándola en el quicio de la puerta, la acoja con el cálido abrigo de la normalidad. Y en cuanto al tipo raro del bigote, supongo que ni falta hace que lo diga, ese soy yo.

5 pensamientos en “Seasons (Waiting On You) – Future Islands

    • Pues no. Es una señora que me pilló en pleno arrebato, escuchando ‘Seasons’ a un volumen insano. Y no hay más. Lo que pasa es que tiendo a la dispersión…

      • Ah es verdad que tú eres de los acérrimos fans de la banda.
        A mi me siguen sin emocionarme.
        Y esta señora, qué será de ella ahora? Te habrá leído?

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