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Recuerdo que en 2006 me quedé solísimo defendiendo las bondades de “Amo a Laura“, el jingle comercial que bajo el engañoso disfraz de fenómeno viral se propagó con ferocidad por los medios de comunicación.  Vale, aquello no dejaba de ser una broma afilada a costa de un target (el de unos jóvenes con aspecto de catequistas criogenizados en 1982) diametralmente opuesto al público de la archifamosa cadena de, ejem, vídeos musicales, que pagaba el anuncio. Sin entrar en disquisiciones acerca de lo poco atractiva que me resultaría la idea de contarme entre las filas de los seguidores de “Jersey Shore” o esos programas (¿era siempre el mismo o eran muchos, muy parecidos?) sobre chicas de 16 años a punto de ser abandonadas por los coautores de sus embarazos, lo cierto es que la cosa esta de Los Happiness tenía su gracia, pero -lamentablemente- la gente estaba tan ocupada en retwittear y dar rienda suelta al sarcasmo, que (aquello de los árboles que no dejan ver el bosque) nadie pareció apreciar lo soberbio de la composición de ese geniecillo nacional llamado Guille Milkyway.

Dejo para otro día la reivindicación de aquella adhesiva sintonía, que bastantes palos (preveo) me van a caer ya por defender en estas páginas a La Casa Azul. Y es que, por mucha rabia que me de, aún tiene uno que armarse de justificaciones y explicaciones para una música que ha sido injustísimamente valorada como naif, cuando no se le ha adjudicado directamente la odiosa etiqueta de tonti-pop.  ¿Poppy? Pues si con ese despectivo término hay que catalogar  unas canciones que se miran sin complejos en el pasado, mucho más allá de los risibles pantalones de campana y la aparente ingenuidad,  las llamaremos así, pero muy defendibles, en cualquier caso. Y además, quiero hacerlo reivindicando la que (es sólo una valoración personal) es la mejor etapa de Milkyway, la que transcurre entre las primeras maquetas y la publicación de “Tan Simple Como El Amor“, en 2003.

Que no se entienda mal: en aquel disco ya había una primera aproximación a la música de baile, (algo evidente en temas como el adhesivo  “Superguay“), pero esas pistas más bailales se integraban entre otras más cercanas al pop sixties, quizás predominantes.  Sin embargo, la revolución que había llegar cuatro años después no fue tan sólo sexual, también sonora: en su tercer álbum como La Casa Azul, Guillem Vilella desplegaba una vez más su más que probada habilidad para reconstruir las estructuras del pop perfecto de hace cincuenta años, pero parecía que se hubiera cansado de plantearlo como un ejercicio de simple emulación, y en cambio prefiriera revisarlo desde la descacharrante óptica del j-pop. Nada que objetar al nuevo punto de vista (los que me conocen saben de mi apasionamiento por bandas niponas del género, como Pizzicato Five o Fantastic Plastic Machine), salvo quizás un cierto exceso en la aceleración de los beats. Tanto “La Revolución Sexual” como el posterior “La Polinesia Meridional” me dejan extenuado, agotado en su abigarramiento de ritmos, arreglos y  frenesí multicolor: demasiado para mí. De modo que, aunque no deja de ser cierto que en el sonido del (falso) grupo desde el principio se han combinado los temas más ye-yés con las pistas más bailables (ahí están las euforizantes “Chicle Cosmos” o “Cerca de Shibuya“, capaces de ganar mil millones de festivales de eurovisión, para demostrarlo), dejadme que me quede con la faceta menos hipervitaminada, pero curiosamente -insisto: es una cuestión personal- más rica.

Al lado de algunas de las canciones  que se destacan en negrita en el párrafo anterior, lo de “Cambia Tu Vida” suena a canción de misa, claro, y encima la pobre carga con el sambenito de ser una de las peores canciones de aquel segundo álbum, cuando a mí me parece que no se merece tanta estopa como le han dado. La referencia más clara sería la de grupos cuya sola mención provocaría sarpullidos y ataques espasmódicos entre mis querídisimos  lectores (estoy pensando en Mocedades, claro), pero que, a juicio de un servidor, dan sopas con ondas a muchos de los grupos más estimados del panorama actual. Y sí, también: la introducción recordará inevitablemente a los Happiness aquellos de los mira-qué-risa y los retweet, pero lo que pasa a partir del segundo trece debería ser tomado muy en serio: aunque sea tan sólo por el profundo amor que destilan cada una de esas notas por todos esos nombres secundarios en la historia del pop sesentero, del que Guille (lo ha demostrado en innumerables ocasiones) es un gran conocedor.  Y no hay mucho más que decir, en realidad: que para cuando esta entrada se publique yo ya estaré contando los días para volver a casa, y que  vdes, mis queridos lectores, estarán preparando las maletas para iniciar las suyas. Que no es poca cosa.

 

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