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17 de septiembre de 1997 en el famoso Barbican londinense: una multitud se congrega excitada en el auditorio de aquel edificio, centro cultural de primer orden y sede (entre otras cosas) de la Orquesta Sinfónica de Londres y la Orquesta Sinfónica de la BBC. Toda esa gente que está allí congregada recibe extasiada el peculiar saludo (“Good evening. And fuck you too“) de un tipo envuelto en una gabardina azulada, lo único relevante que de momento sucede sobre el oscuro escenario. La perorata que sigue se refiere al acid house como el primer discurso válido de la juventud perteneciente a  la clase trabajadora desde los tiempos de Elvis Presley, y tras apenas tres minutos en los que se cepilla con gran ligereza la trascendencia del punk o la importancia de los cuatro melenudos originarios de Liverpool, el tipo invita al público a dar paso al nuevo milenio con la actuación de la “Williams Fairey Band y amigos”. Fundido en negro entre aplausos, apenas unos segundos de oscuridad, y a continuación, invocación al caos: fuck the millenium.

Trataré de describir lo que ocurrió entonces, aunque lo cierto es que resulta mucho más divertido verlo: megáfonos, fanfarrias digitales, disfraces (el profesor chiflado y algo así como un predicador en lentejuelas), música de baile y luces estroboscópicas alrededor de una figuras estáticas que se adivinan como las de dos ancianos en pijama y silla de ruedas, ajenos por completo al follón que se ha originado a su alrededor. Oh, sí, son ellos, The Justified Ancients Of Mu, rebautizados para la ocasión como 2K: el delirio se desata entre el público en el momento en que Drummond y Cauty se endosan sendos cuernos sobre la frente y accionan los mecanismos eléctricos que hacen girar sus sillas de ruedas motorizadas. ¿Alguien entiende algo de lo que está sucediendo? Demonios, eso es lo de menos: aquello era lo más cerca que se iba estar de una reaparición pública de The KLF, desde que en la entrega de los Brits de 1992 los altavoces declamaran aquello de “Ladies and gentleman, The KLF have now left the music business“. En el fondo, daba igual que se dedicaran a desplumar un cisne (símbolo de la monarquía británica) sobre el escenario, que un glorioso conjunto de coro y orquesta empezara a versionar villancicos o el célebre Que Será, Será (Whatever Will Be, Will Be), que aparecieran en escena los estibadores portuarios de Liverpool -en huelga como bien claro dejaban sus carteles reivindicativos-  o que el “What Time Is Love” de los londinenses apareciera sólo en la forma de sampleado, enterrado en proclamas inteligibles: el espíritu de insurrección estaba ahí, la misma incorrección política, la misma invitación a la revolución a través del hedonismo, el absurdo disparado a través de los beats. Molestar, ésa era exactamente la idea; todo lo contrario de lo que anunciaba la intro de aquel primer gran tema de The KLF:

They’re justified and they’re ancient
And they like to roam the land
They’re justified and they’re ancient
I hope you understand

They don’t want to upset the apple cart
And they don’t want to cause any harm
But if you don’t like what they’re going to do
You better not stop them ‘cause they’re coming through

Aquellos 23 minutos de disparate ya son historia, pero no fueron, en modo alguno, lo más delirante de la noche: después de la breve actuación en el Barbican, por lo visto la cosa continuaba en la esquina de las calles Commercial y Hanbury, donde unas prostitutas ofrecían sexo por 20 libras, para ser a continuación conducido por un ejército de chóferes a una edificación industrial en Oxfordshire. Allí era donde el programa tenía su continuación: una vaca muerta atada a un crucifijo presidía una conferencia que bajo el título de “Ni Tercer Reich, ni Tercer Milenio” propugnaba abandonar el calendario cristiano (y por lo tanto retrasar la llegada del nuevo milenio, al menos durante otros 600 años) y adoptar un antiguo sistema de medición del tiempo de origen egipcio. Que me aspen si lo entiendo, pero lo peor de todo es que ni siquiera se trata de la más alucinante de las muchas performances ejecutadas por el grupo. Ya fuera como The KLF, o -posteriormente a la disolución de la banda- como fundación artística (la KLF Foundation), si algo caracterizó el paso de Bill Drummond y Jimmy Cauty por la historia de la música y el arte fue su capacidad de provocar sacudidas emocionales, tanto dentro de la pista como fuera de ella (en realidad, lo de la pista es sólo una imagen literaria: probablemente sus grandes hits sonaron más en campas perdidas en no-se-dónde, que en los clubs), pero sólo por el modo en que aquella música me electrizó, he elegido conmemorar las 300 entradas de este blog con un pequeño especial dedicado al dúo.

Así que este es tan sólo el primer capítulo de los tres que me gustaría dedicar a otras tantas canciones que cambiaron en apenas unos meses mi percepción de la música: “What Time Is Love” inauguraba la llamada “Stadium House Trilogy”, completada con las posteriores “3 A.M. Eternal” y “Last Train to Trancentral (Live From The Lost Continent)”, principal responsable de que la pareja amasara una auténtica fortuna (que sólo se reduciría un poco el día en que CLAVARON A UN BASTIDOR UN MILLÓN DE LIBRAS Y LE PRENDIERON FUEGO, pero ya me vuelvo a ir por las ramas: ¡las canciones, las canciones!) y se convirtiera en el proyecto más controvertido del momento. La mencionada etiqueta de “stadium house” resulta bastante elocuente al respecto de aquellas pistas contenidas en “The White Room“: música para las masas (tan capaces de extasiarse con las proclamas revolucionarias del grupo y el orgiástico frenesí de los beats, como con las drogas de diseño que las incapacitaban para la acción contra el poder establecido), un torrente de electricidad en estado puro que abría las puertas a un nuevo mundo sonoro que algunos (los de provincias) ni siquiera habíamos alcanzado a imaginar.

Mañana, la segunda entrega.

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