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Antes de que DJ Hell decidiera titular  «Munich Machine» uno de sus más celebrados discos de finales de los 90, en plena fiebre electroclash, ya existía otro LP con ese mismo título, que lo antecedía en veinte años. Lo firmaba un grupo que se llamaba justamente así, Munich Machine, y aquel era un álbum de debut  tan armado de razones para amar la música disco como cuajado de motivos para aborrecerla: siendo como eran sonidos diseñados para ser bailados en las discotecas, adolece de todos y cada uno de los defectos que – a menudo, no si razón- se achacan al genero, de forma que en su escucha uno atraviesa por muy distintos estados, alcanzando tanto el éxtasis como un lugar cercano al aburrimiento, cuando no conduce a una (no pretendida, me temo) carcajada. De cualquier forma, la condescendencia no es una opción: estamos hablando de un grupo comandado por el legendario Giorgio Moroder, de modo que lo que viene a continuación no es sólo música para bailar (nada que objetar, vaya por delante, a los habituales y adhesivos falsetes, o a las acostumbradas divas de sensual apariencia y aún más tórridos mensajes) sino empeñada en responder a una pregunta a la que sólo los grandes creadores se han atrevido a dar respuesta: ¿cómo sonará la música del futuro? Munich Machine no era por tanto sólo «un grupo» en el sentido exacto del término, sino también la búsqueda de un sonido, una etiqueta -como podría ser la de la Motown, en coordenadas bien distintas- para definir un muy determinado postulamiento estético: genuinamente europeo, decididamente vanguardista, y absolutamente bailable.

Con base en la ciudad de Munich (de ahí el nombre de la agrupación), la maravillosa máquina disco se engrasaba también con la presencia de Pete Bellotte (habitual colaborador de Giorgio, y coautor entre otras cosas de «I Feel Love«), Mats Björklund, Günther Moll y Stefan Wissnet. Publicaron hasta un total de tres referencias en formato largo bajo ese alias de Munich Machine, si bien su primer y segundo álbum son los más recordados: probablemente por ello, estos sean los dos discos que se recuperaron en una no demasiado lejana reedición (en 1996… ¿eso es hace mucho o hace poco?), bajo el título de «Get On The Funk Train«, la canción más celebrada del combo. Y basta ya de name-dropping y de datos, que me va a quedar una entrada coñacísimo: démosle al play, a ver qué pasa.

Lo primero que escuchamos de los muniqueses son precisamente los 15 minutos de disco-funk furioso de  «Get On The Funk Train» (impagables esos coros uuh-uuh, imitanto el silbato de una vieja locomotora):  con diferencia, el tema más exitoso de la factoría disco (nº 7 en el Billboard), y también el potente punto de arranque de -era algo bastante habitual en el género- una secuencia non-stop, que como todo, tiene sus más y sus menos.

Los más: la reelaboración de pistas que ya forman parte de la mitología de la música disco, como «Love To Love You Baby«, a las que se añaden futurísticos loops, o la relectura de la desvergonzada «I Wanna Funk With U Tonight» (el título se las trae) que Moroder ya había publicado por su cuenta en su «Knights In White Satin» (título igual de simpático, y que da una idea bastante precisa del cachondete que debió de ser el tirolés en sus años mozos). También destacaría los ritmos marciales de «It’s For You«,más cercanos a lo que conoceríamos unos años después como techno-pop que al primer euro-disco, la verdad,  y que cuenta además con la aportación vocal de una primeriza Chris Benett que con el tiempo acabaría convirtiéndose en talismán; o la irresistible (¡y sencillísima!) línea de bajo de «Love Fever«.

Los menos: pues hombre, como todo, tendrá sus defensores, pero a mí me parece que cosas como la titular «A Whiter Shade Of Pale» no han envejecido tan bien. La pista que abría el segundo de los volúmenes de Munich Machine es exactamente lo que imagináis: una versión en clave disco del clásico de Procol Harum, que arropaba la pulsión rítmica con entregados sólos de saxo, y unos ambiciosos (pero igual de sintéticos) arreglos de cuerda que harían las delicias de Luis Cobos. No es el único acercamiento al sinfonismo: «La Nuit Blanche» emborrona las reconocibles secuencias Moroder con  la aún más inconfundible fanfarria de «Así habló Zarathustra» de Strauss, y muy a mi pesar, he de decir que me parece que el resultado no queda demasiado lejos del intento de Meco de llevar Star Wars a las pista de baile. Por último, a «It’s All Wrong» no puedo tomármela demasiado en serio: suena demasiado a posible banda sonora de una actuación de (con perdón) Rafaella Carrá en una emisión de televisión italiana de mediados de los ochenta, y realmente no resulta demasiado difícil imaginar a la rubísima presentadora haciendo acrobacias sobre los tensos hombros de dos fornidos efebos.

Lo mejor llega, curiosamente, justo al final: «In Love With Love»  -aparentemente, una «pista oculta»- resume como pocas ese deseo de  Giovanni Giorgio Moroder  y sus paladines de anticiparse al futuro. Aquí no encontraremos caspaza sinfónica, sino mucho vocoder, beats imbatibles, y unos tres minutos en su final sencillamente sublimes. Como parecen señalar los robots que ilustraban la portada del primero de los discos, las brillantas capas de los sintetizadores conducen el tema hacia una progresión casi-trance (¡estamos en 1978!) terriblemente avanzada para su época, despidiendo de algún modo al disco tal y como se había conocido hasta entonces, y dando prólogo a la revolución sonora que llegaría un año después con la publicación del avanzadísimo «E=mc²«. Su nombre ya era entonces Giovanni Giorgio, pero a partir de aquello todo el mundo le llamaría genio.

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