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Y ya que sus graciosas majestades los Reyes Magos de Oriente han tenido la merced de regalarme no uno, sino ¡dos! discos este pasado día 6, qué menos que comentar por aquí el acierto que han tenido estos tres simpáticos señores que año, tras año, se empeñan en recordarme que no estoy a la altura de su generosidad. La cosa tiene su miga, no sólo por el hecho de que hacía siglos que nadie me regalaba un disco, sino por el ojo que han tenido en su elección: juro que me han pillado totalmente por sorpresa, y muy grata, ya digo. En fin, vamos con una canción (cualquiera de mis hermanos escribiría LA canción, hasta tal punto es totémico este tema en mi familia) del primero de ellos.

El disco se llama “The Nina & Frederik Collection“, la edición es de un sello llamado Jasmine, y para todos aquellos cuya imaginación está a la altura de la calidad periodística de los articulillos de este blog, hay que confirmar que sí, que efectivamente, se trata de un recopilatorio de la pareja (no sólo musical) conformada por los daneses Nina Van Pallandt  y el que era su flamante marido en los años sesenta en los que despuntaron, el barón (no es una licencia literaria: el título es real) Frederik Van Pallandt.

Empecemos la historia por el principio, por el padre de Frederik: no sólo pertenecía a una de las familias más aristocráticas de Holanda, sino que además era el embajador de los Países Bajos en Dinamarca. Frederik Jan Gustav Floris Baron van Pallandt nace por tanto en Copenhague, y durante su primera niñez conoce a Nina Magdalene Møller: a los cuatro años ya estaban cantando juntos. Ambos se separan durante unos años por el traslado de la familia de Frederik, pero la relación se retoma en 1957, momento a partir del cual deciden que lo suyo es la música: primero actuando en fiestas de amigos y tal, luego apareciendo en shows de índole caritativa, y finalmente debutando de un modo más profesional en el club Mon Coeur de Copenhague. A partir de ahí, la ascensión del dúo fue fulgurante: su irresistible mezcla de calipso y folk se extendió por Europa como una plaga de buen rollo e indiscutible encanto, llegando hasta el punto de convertirlos en estrellas de su propio programa en la televisión británica (“Nina and Frederik at Home“).

El idilio con el público duraría hasta mediados de los 60, el existente entre ambos terminaría con su divorcio en 1976. A partir de ahí, no volvimos a saber nada de Frederik, pero las cosas se torcieron para él (la rumorología habla de contactos con la mafia australiana) y su vida tuvo un triste final: el 15 Mayo de 1994, el barbudo de Nina & Frederik moría asesinado junto a su compañera, Susannah, cuando acababa de cumplir los 60 años, en Mindoro (Filipinas). La versión más amable de la historia cuenta que unos bandidos a los que sorprendió robando su barco de recreo acabaron con él a balazos; las teorías más oscuras establecen relaciones directas entre su muerte y el tráfico de mercancías que muy poco o nada tienen que ver con el mango que tan alegremente ofertaba en 1959.

A Nina le fue mejor: ella era (es) una de esas diosas nórdicas de una belleza insultante, una especie de Grace Kelly de espíritu hippie digna de aparecer sin embargo en la más fastuosa producción hollywoodiense. De hecho, y sólo por esta vez, no estoy exagerando: Nina no sólo le daba al cante, sino que también alcanzó una cierta notoriedad como actriz (podéis verla junto a Richard Gere en “American Gigoló”, o protagonizando la versión de “El Largo Adiós” de Chandler que dirigió Robert Altman). También logró una cierta repercusión como solista, sin abandonar del todo la cuestión cinematográfica: en 1969, suya era la voz que protagonizaba una “Do You Know How Christmas Trees Are Grown?” -estamos hablando de John Barry y Hal David- en la película de James Bond “Al Servicio Secreto de Su Majestad”. Y luego, ah, el tiempo y unos años 70 poco favorables al candor y la inocencia se encargaron de jubilarla. Hasta donde yo sé estuvo retirada en Ibiza durante muchos años, (supongo que ejerciendo de ex-baronesa, que todo lo demás ya lo había conseguido) y las últimas informaciones existentes la sitúan en Barcelona, convertida en la señora que cualquier mujer con dos dedos de frente soñaría ser a los 81 años.

Hasta aquí la prensa del corazón, y a partir de esta línea, la música: aunque “Sucu Sucu” probablemente no sea su mejor canción (si tuviera que ponerme a elegir, supongo que a día de hoy “Jamaica Farewell” se llevaría esos honores), es indiscutible que este es el tema de ellos que reinaba en mi casa en los primeros albores de los ochenta. Ni sus edulcoradísimas versiones de temas navideños, ni la lectura que hicieron con enorme éxito de clásicos como  “Vaya Con Dios” o “Sinner Man“: hay algo irresistible en esta interpretación de una canción original de el Tarateño Rojas (según la mitología, inspirada en el ritmo de un tren carguero que partía desde Salta) y que sin embargo fue popularizada en Europa por Alberto Cortez. Algo que me sigue conmoviendo, algo que -estoy empezando a ponerme sentimental-  me traslada sin querer al (breve) mundo que mi padre creó para nosotros: un mundo en el que el “Twist a Reacción” de Peppino di Capri era la música del futuro, el Seat 127 un minibús, y las portadas de discos eran coloristas fotogramas que parecían sacados de una película de Jacques Demy. Maldita madurez: al final va a ser verdad que aquello no estaba tan mal.

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