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Confieso que le he dado muchas vueltas al asunto. Es un poco siniestro, lo sé, pero no dejo de fantasear con la idea, desde que descubrí la opción de programar el momento en que un post va a ser publicado; no es tanto una cuestión morbosa, como lo sugerente que resulta la posibilidad, si se aprovecha de la forma adecuada.

Veamos: resulta que tu puedes escribir una entrada de tu blog (este, o uno cualquiera), y una vez corregido, y releído una y mil veces, y una vez que te has dado cuenta de lo mal escrito que está, lo subjetivo que es todo, y lo raquítico de tus argumentaciones, puedes por supuesto considerar que pulsar sobre el botón de “publicar” no deja de ser una forma de compensación por todo el tiempo que le has dedicado, algo a lo que de alguna forma “tienes derecho” (por muy consciente que seas, insisto, del modo en que contribuyes a contaminar con tu basurilla la ya bastante desmejorada cosa esta del internet).

No obstante, los señores de WordPress son muy apañados y también dan la opción de programar el momento en que este post ha de ser publicado: una opción muy cómoda si sabes que esa semana vas a andar liado, si piensas mantenerte por unos días  tan alejado como te sea posible de los ordenadores, como cercano a la cristalinas aguas del Cabo de Gata, o si sencillamente te parece que el día apropiado para hacerlo es en tal o cual fecha.

Y aquí es donde mi enfermiza mente entra en funcionamiento: ¡Caramba! Así que puedo posponer la publicación de algo que estoy escribiendo, una semana, si quiero, o un mes… Humm… ¿Qué tal si hacemos que este post se publique el año que viene, o mejor, dentro de un lustro? Espera, espera: ¿PUEDO PROGRAMAR LA PUBLICACIÓN DE UNA ENTRADA PARA EL 23 DE SEPTIEMBRE DE, QUÉ SE YO… 2043? Claro, presuponiendo que en 2043 esta historia de los blogs siga existiendo… Qué demonios, presuponiendo que en 2043 el mundo no se haya ido a tomar por c*** , por un mal día en el palacio presidencial de Corea del Norte, o la codicia de algun selecto grupo de iluminados que han convertido la autopista de la información en La Carretera de Cormac McCarthy.

Y ahí es donde me disparo: ¿Significa esto entonces que podría publicar una entrada después de..hummm… (voy a dejarme de rodeos)… palmarla? Ya lo sé, ya lo sé: es MUY RARO; pero al igual que Sarah Polley grababa cassettes para los futuros cumpleaños de sus hijos, en la muy lacrimógena “Mi Vida Sin Mí”  ¿No podría yo dejar entradas póstumas, para todos aquellos que me sobrevirán? ¿Le importarán a alguien en el año 2080 las palabras que he escrito esta noche? ¿Qué valor tendrá, qué significará entonces? ¿Debería escribir algo trascendente, o tal vez debería adoptar un tono frívolo que suene como una irreverente risotada desde el más allá?

La cuestión no ha de tomarse a la ligera, por muy rocambolesca que parezca ¿Hasta qué punto estaría bien (o mal) que me dirigiera a mi nieto el día de su 50 cumpleaños? ¿Quién soy yo para hacerlo, y mucho menos aún desde el otro barrio? ¿Tengo en realidad algo interesante que contar, un mensaje que hacerle llegar desde la otra vida y que pueda servirle de algo? ¿No es tal vez necesario que la naturaleza, que sabiamente se habrá encargado de hacerme callar, siga su curso, y yo permanezca en el silencio que me corresponde? ¿O tal vez la idea de lo que debería ser lógico ha saltado por los aires, una vez que la tecnología ha puesto esta posibilidad en nuestras manos?

Estoy pensando, mientras escribo esto, en aquel capítulo tan chulo de “Black Mirror”, aquel en que los difuntos resucitan del más allá, no por la acción milagrosa de un Mesías, sino merced a las apps, las redes sociales y el cacharrerío tecnológico, y me pregunto si tiene sentido o no subvertir (de acuerdo, no dejaré de estar muerto, pero tampoco un testamento deja de ser una alteración del orden natural de las cosas, y jamás me lo hubiera planteado en esos términos) aquello que está en nuestra propia naturaleza finita. Y en estas estoy que ando preguntándome cómo sonarían mis palabras si fueran las palabras de un difunto, y claro, acabo pensando en Trish Keenan. En cómo pienso (¡lo pienso!) que esa es la voz de un fantasma, cada vez que escucho “The Noise Made By People“. En cómo echo en falta simplemente que ella esté viva, a pesar de que su voz, eterna fugitiva de la ley de la gravedad, flota aún por encima de nosotros, envolviéndonos en un arrullo que desearíamos que durara para siempre.

Es curioso: Trish siempre dijo que no había acabado de estar contenta con el resultado de aquel disco, que encontraba que su sonido era algo apagado. No puedo estar más en desacuerdo con ella, y menos aún con esa “Look Outside” que resplandece con una luz especial, como la de mil indicadores luminosos bailando, engastados en un panel que nos habla de otro tiempo. Y eso que apenas se escucha su voz: sólo son tres líneas, hablando como pocas sobre el peso de la ausencia, unos versos que apenas han terminado de sonar cuando ya están desapareciendo, dejando en el aire una estela rara. Y luego, al fin, esa coda, maravillosa, eterna; prometiendo con su melodía -casi iba a escribir feliz-  la revelación de un misterio más allá de lo que conocemos…

Dichosas canciones, que ya ni nos dejan hablar de música.

¿Puedes vernos, Trish Keenan?  ¿Puedes escucharnos? ¿Cómo se ve el mundo desde el lugar en el que tú estás? ¿Te acuerdas de Broadcast, de esta canción?… ¿Significa todo eso ahora algo para tí?

Look outside
And wherever I go you are there
You color in the everyday wherever I go

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3 pensamientos en “Look Outside – Broadcast

  1. mmmm…no cuelan los cambios de alias, pero el intento no ha estado mal, ¡jajaja!
    Y sí, espero que 2014 nos traiga muchas ganas de escribir (no sólo a mí) sobre la música que nos gusta.

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