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Qué tío más raro, Joël Iriarte. Un artista con una capacidad fuera de lo común para descolocar al personal, para congelar sonrisas, para arrancar aplausos cuando hubiéramos torcido el gesto, para encontrar auténticos diamantes entre el material de derribo. Incómodo en la medida que es inclasificable, y por lo tanto inasequible para nuestras cabezas, convenientemente predispuestas a etiquetar, a ubicar, a ordenar. Un tipo que puede resultar tan irritante como fascinante, y que del mismo modo que puede mostrarse como una persona de gran agudeza, no tiene tampoco el menor inconveniente en aparentar ser un idiota. Demasiado avanzado para la mentalidad conservadora, fastidiosamente conservador para la progresía; dotado de una rara capacidad para situanos a destiempo en torno a su figura: nos reímos cuando resulta que tocaba ponerse serios, y cuando nos lo tomamos en serio, entonces era él el que estaba de guasa. Venerado y (casi inmediatamente después) depuesto como gurú de la modernidad, porque ahora se nos aparece como el último dinosaurio de su especie. Incómodo hasta para titular un post con su nombre (echad un vistazo al desastre de la izquierda), tan contingente como necesario, definitivamente Joe Crepúsculo no vino a la tierra a traer la paz, sino la espada.

El Caldero ” se publicó en 2012, y era el quinto disco del catalán, primero con Mushroom Pillow. Con un sonido más “maduro” que en ocasiones anteriores (claro que cuando hablamos de “ocasiones anteriores” nos referimos a discos que bien poco tienen que ver los unos con los otros), el álbum me atrajo en primer lugar por la magnífica portada de Efrén Álvarez, de una estética tan heredera de El Bosco como rica en interpretaciones. No en vano, y según su propio autor, aquel era un disco influído por “la Edad Media, el I Ching y la filosofía oriental, Lovecraft, Zecharia Sitchin, la Tragedia Ática o Nikola Tesla”, algo que sin lugar a dudas tomaríamos como una boutade si no viniera de quien viene, y si no fuera porque el peor error que se puede cometer con Crepúsculo es justamente tomárselo como cosa de broma. La canción a la que va dedicada esta entrada es el perfecto ejemplo de ello.

Veamos: “Enséñame a Amar” (el título ya es un poco 1975) es pura canción ligera. Así, como suena: es una romántica balada a lo Jose Luis Perales que a una señora de Vigo de 55 años (es un ejemplo) le hubiera parecido estupenda hace cuatro décadas. Tiene una melodía sublime, adornada con optimistas sonidos de campana, y ni siquiera renuncia al defenestrado sólo de guitarra. ¿Cuál es el problema, entonces? El problema es la mirada condescendiente, el contexto moderniqui al que estamos habituados y en el que nos sentimos como en casa; lo difícil que nos resulta creer que realmente sólo se trata de una melodía sublime, adornada con optimistas sonidos de campana y que ni siquiera renuncia al defenestrado sólo de guitarra. El problema,digo,  es que escuchando cosas como  “Enséñame a amar, enséñame a ser bueno, la vida no ha sido fácil para mí” no podemos evitar la media sonrisa que nos convierte en los clarividentes poseedores de una inteligencia superior, acostumbrada a lidiar con la ironía. Oh, claro, Joe: ya sé por dónde vas. Qué divertido.

Pues bien, después de mucho darle vueltas a la cuestión, y pese al sempiterno miedo de ser uno de esos cobardes incapaces de proclamar la desnudez del emperador, tomé partido: al menos en lo que se refiere a esta canción, un servidor declara que no encuentra en ella ni rastro de ironía, ni motivo alguno para la citada mediasonrisa. Puede que me quede sólo en esto, pero creo firmemente que el desafío (esta vez) no es superar la comicidad que nos despiertan los tecladillos midi, el tono verbenero, los ritmos latinos de todo-a-cien o (esto aún no había ocurrido en 2012, pero sí sucedería en 2013 con el posterior  “Baile de Magos“) la reivindicación del bakalao poligonero. El escollo esta vez es entender algo tan sencillo como que no hay nada que entender. Así de simple, así de claro: creo que “Enséñame a Amar” no es más que una canción de amor demasiado bonita para estos tiempos tan partidarios de lo feísta como marchamo de la calidad. Sospecho que el problema no es de Iriarte, por no tener miedo a hacer el ridículo: sostengo que el problema es nuestro, por haber convertido en risible algo que no debería serlo.

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