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No, no me duele mucho. Es más bien una molestia, y la sensación de hinchazón en la tripa: tal vez eso sea lo que llevo peor. Por lo visto, para hacer la dichosa laparoscopia le meten a uno aire a presión en el abdomen, y el resultado supone un desgraciado anticipo del Hindenburg  en el que podrías llegar a convertirte si no empiezas a corregir una trayectoria minuciosamente trazada durante 37 años. Y luego está, claro,  mi consabida aprensión (no deja de ser la manifestación de una hereditaria tendencia a la automedicación) a todo lo que tenga que ver con batas blancas, en cualquiera de sus expresiones: no, no quiero ir al centro de salud. No, ni siquiera soy capaz de mirar la aguja cuando me sacan sangre. No, no puedo estar tranquilo: estoy (prácticamente en bolas: la anestesia se encargará de hacer más llevadero el momento en el que el adverbio se vuelva innecesario) tumbado en una camilla que apenas alcanza a servir de apoyo a mi espalda, rodeado de cuatro médicos, o enfermeras, o quizás hasta psicópatas a los que sólo les hace falta una mascarilla y un buen repertorio de frases presuntamente tranquilizadoras, para dar rienda suelta a su sadismo; todos haciendo cosas que presumo muy importantes y dejando mi desmejorada carrocería cubierta de cablecitos, sensores y pegatinas. Como cordero llevado al matadero, como Sean Penn en “Pena de Muerte”, me dejo hacer, pero por Dios, que nadie vuelva a repetirme que me tranquilice.

Debería tomármelo con más calma, lo sé: soy ple-na-men-te consciente de que esta operación era una tontería. Me lo repetí a mi mismo cuando abrí los ojos, dolorido, en ese sitio llamado “sala de despertar”, desafortunadamente ni la mitad de poético que lo que el nombre sugiere: ni hadas mágicas ni figuras blancas envueltas en aura celestial; allí estaba yo, deseando un buen chute de lo que fuera (he de decir que la anestesia general me pareció francamente decepcionante en lo que se refiere a mis expectativas lisérgicas) pero sin atreverme a decirlo muy alto, mientras a mi alrededor se disponían las adormecidas camas de los pacientes operados del pulmón, intervenidos del riñón, trasplantados de cerebro. Todos ellos con un historial médico bastante más preocupante que el mío, y la mayoría (parecía) bastante conforme con su status: pese a ello, conseguí convencer a los médicos para que en dosis sucesivas fueran atiborrándome de calmantes, si bien ello supuso estrellarme una y otra vez contra una de esas preguntas para las que estoy demostradamente incapacitado. “De cero a diez ¿Cómo valorarías tu dolor?”.  Puede que a los doctores les parezca sencillo, pero a mí nunca me ha parecido una pregunta fácil, y es más, me siento un poco estúpido cuando trato de farfullar una respuesta. El cero está claro: cero es lo que sentía exactamente antes de que un experto considerara absolutamente indispensable despiezarme, y convertir clandestinamente mi vesícula en un objeto de subasta en ebay. Cero es lo que sentía antes de venir a este hospital, un dolor que puede aproximarse a nada, que (al menos en mi caso) es lo que me dolía vivir. El problema son los máximos: el diez. Te dicen “imagina que el diez es un dolor insoportable”, pensando que con eso los límites están claros, pero es obvio que ellos no cuentan con una enfermiza capacidad de imaginar tormentos terribles. ¿El diez es un dolor abdominal punzante que te hace gritar, o se parece más bien a que te arranquen las uñas? ¿Un disparo en la rótula, morir quemado en la hoguera, tal vez empalamiento…? ¿Qué duele más en el momento, tener que elegir cuál de tus hijos se salvará, en plan “La Decisión de Sophie”, o recibir la patada mortal en la cabeza mientras muerdes un bordillo, a lo “American History X”?. Un dos. Un tres. No, un dos…(Algo en tu interior te señala acusadoramente con el dedo: vamos cobarde, probablemente esto ni siquiera llegue al uno).

Pasados los días, el pequeño dolor afortunadamente va remitiendo. El médico me recetó paracetamol, uno cada ocho horas, con el comodín del servicio de urgencias (no, gracias) si veía que el dolor se acentuaba, o percibía que la cosa no evolucionaba como se esperaba. ¿Paracetamol, en serio…? Jesús, yo me tomo el Paracetamol cuando creo-que-me-va-a-doler-la-cabeza: lo consulté con mi hermana C, que no sólo es médico sino que (esto quizá sea lo que más valoro) es única para eso de atender mis ataques de hipocondría, y contenerse la risa con mi narración de síntomas hasta ahora inéditos, y obtuve de ella el justificante moral que echaba en falta para poder chutarme con Nolotil, como es debido. Oh, y la heparina. Aún no he hablado de la heparina: una –por desgracia- vieja conocida, cuya simple mención inspiró en mí casi tanto terror como la propia intervención quirúrgica; una irritante, aplazada e insuperable, dosis diaria de fuego del averno en la abyecta forma de inyección directa en el michelín.

El alta no fue ni mucho menos tan feliz como hubiera esperado, y gran parte de culpa de ello la tuvo la maldita heparina. Los médicos fueron casi tan bordes como cuando –hace ya casi un año, en una consulta en la que me informaban de la necesidad y términos de la intervención- se me ocurrió preguntar si se notarían mucho las cicatrices, y el doctor me fulminó con una mirada que parecía decir “Qué pasa, guapo, ¿estamos arruinando tu carrera de supermodelo?” mientras recalcaba lo inocuo de la operación y lo necesario de la misma: primero dijeron que hiciera vida normal, y que comiera de todo, pero en cuanto pregunté si “de todo”  quería decir que podía tomarme al día siguiente un gin-tonic con un pincho de foie micuit, por ejemplo (juro que no trataba de provocarles, sino más bien de asegurarme de que comprendía bien los términos de ese “de todo” cuyas dimensiones estimaba yo tan generosísimas) hicieron los aspavientos que uno esperaría de la encargada de una guardería que ha descubierto a sus pequeños pupilos jugando con las heces del orinal. Supongo que había una cierta predisposición por su parte, consecuentemente, a no transigir en lo referido a lo heparina: en mi última hospitalización (precisamente, la que acabaría por conducirme al quirófano) había conseguido, tras una negociación desesperada, permutar el pinchazo nocturno por la promesa de mil y un paseos por el deprimente pasillo de la planta de Medicina Interna. Familiares con cara (y pelo) de haber pasado una mala noche, sonrisas forzadas a la enfermera que se empeña en tratarte como si tuvieras cinco años, desesperadas lecturas al “Diario Médico” que han dejado abandonado en un bancada de plástico, frente a unos ascensores definitivamente detenidos en 1987; enfermos de la tercera edad tan conscientes de estar apurando en la última curva de sus vidas, como privados de la más elemental noción del efecto producido por sus batas abiertas a la espalda, en ausencia de ropa interior: todo menos la heparina, cualquier cosa antes que ese jeringazo en la tripa.

Esta vez no hubo concesiones, ni el más leve asomo de piedad por parte de los doctores. Hubo miradas paternalistas, argumentos de parvulario y, lo que es peor, mentiras nada piadosas. “Pero si no duele” ¿Que no duele? Anda y te lo pinchas en el ojo, y me dices si duele o no duele. Ojalá fuera capaz de mentir, maldita sea, cómo me gustaría ser un poco (sólo un poco) más canalla  y coger esa caja (MIBOR 3.500 UI. Solución inyectable en jeringas precargadas. Bemiparina sódica) y enterrarla en el fondo del cubo de la basura, debajo de pieles de plátano y huesos de pollo. Sólo un poco más valiente para (me iba a costar una discusión monumental con mi mujer, pero…) demostrarle al mundo que con unos buenos paseos y el adecuado acompañamiento musical, la heparina no pasa de ser el retorcido modo con el que compañias tipo Pfizer adornan sus mutimillonarias cuentas de ingresos en siniestras juntas de accionistas. O, al menos, igual de audaz que cuando me planificaron en un primer momento la operación para mediados de junio, y ante el desolador panorama (no te bañes, no tomes el sol, no te pases con la comida, no hagas ejercicio físico: ¿qué tal si en lugar de irte de vacaciones te suicidas?) fui capaz de levantar una aparatosa armazón de excusas, medio mentira medio verborrea inteligible, que pospuso la operación a después del verano. Ese sí era yo: plantando la cara a la ciencia, anclado firmemente en mis posiciones, levantando hacia el cielo la dorada bandera de la independencia.

No soy capaz, mierda. Tan cobarde para fingir que me he inyectado la dosis (tan fácil como apretar el émbolo, vaciar la jeringa en el fregadero, ver como ese veneno que probablemente ni está lo suficientemente testado se pierde con aterrorizada velocidad en un agujero –el del sumidero- muy distinto al esperado…) como para empujar la diminuta aguja contra mi piel, visualizo cada mañana en mi cabeza el proceso unas cuarenta veces antes de enfrentarme realmente a ello. Me tensa hasta el punto de que la noche ha dejado de marcar la transición entre un día y el siguiente, y (al menos durante los próximos seis días) ahora parece como si las jornadas se dividieran entre los tensos minutos anteriores al Gran Escozor, y el suave discurrir de las horas posteriores al mismo. Intenté por todos los medios cambiar eso, restar protagonismo al momento y tratar de convertirme en el dueño legítimo (eso es lo que debería ser) de esos valiosísimos diez días de baja: un sueño, lo mire como lo mire, del que yo, y sólo yo, debería disponer a mi antojo. Consulté en Internet, ese pozo de sabiduría popular: “cómo hacer para que no escueza heparina”, “me duele heparina”, “escozor heparina”, “pinchazo heparina” y todo lo que obtuve como resultado fueron mil y un enlaces a foros de mujeres (enfemenino.com se lleva claramente el primer premio) obligadas a inyectarse la cosa durante no sé cuántas semanas de gestación; deberían haberme inspirado compasión, pero todo lo que me llevé de los comentarios de esas féminas fue una estéril sensación de vergüenza, y algún consejo (inyección rápida, presión sobre el émbolo lenta) que ha demostrado ser igual de improductivo. De modo que cada día me enfrento al ritual con el mismo o mayor temor, tratando de mantener la mente en blanco y de ejecutar la operación como un autómata, como si de algún modo pudiera engañar a mis sentidos y dejar que mi cerebro se ocupara de sus asuntos: seguro que mi sistema nervioso (más de lo que me gustaría) tiene algo mejor que hacer que estar pendiente del sonido del papel al rasgarse, el simpático plop con que la cápsula de plástico revela el aguijón del martirio, el gesto suicida que vuelve la jeringa hacia mi cintura. Se supone que luego hay que pellizcar la piel, justo en el lugar en el que vas a aplicar el estocazo: la cosa sería más fácil si la tensión no dejara mi abdomen tan tenso como una pandereta, pero el dejar que los segundos discurran, tampoco ayuda. De modo que aprieto los dientes, y uno, dos, tres, me lanzo a las llamas.

Con semejante panorama, imagino que resulta obvio que necesitaba compensarme de alguna forma. Afortunadamente para mi bolsillo, la mía es una de esas ciudades que por no tener, no tienen ni FNAC, un sitio en el que muy seguramente hubiera acabado ahogando mis escozores por la vía rápida, de modo que el lunes hice caso de los sensatos consejos de mi mujer y me bajé a la biblioteca de debajo de casa. Escondido tras un contingente de películas (la primera remesa incluia “Vampyr” de Dreyer, “Un Dios Salvaje” de Polanski, y “Amor” de Haneke) y libros (“La Trama Nupcial” de Eugenides, cuyas quinientas y pico páginas he devorado en tres días, y “Ripley En Peligro” de Highsmith), me veo capaz de recuperar el dominio sobre el tiempo que habré de estar en casa, distrayendo mi atención de grapas, dolores e inyecciones letales. Probablemente, ni superaré mi miedo al trance matutino, ni conseguiré demostrar nada en mi abortada batalla contra la sobremedicación, pero al menos durante la mayor parte del día podré dedicarme a hacer todas esas cosas que uno echa tanto de menos cuando el despertador te arranca de la cama y te descubres de pronto sentado en el coche, dirigido como un misil hacia el gris de la jornada laboral.

En el fondo, debería estar contento de vivir en un país en el que (a día de hoy) existe una cierta cobertura para casos como el mío, un precario sistema dispuesto para posibilitar mi ralentizada rutina de desayuno, ducha, cura de heridas, Gran Escozor. Después, sólo tengo que dejarme deslizar por la cuesta abajo: leer y contestar el correo, leer los periódicos, leer el Playgroundmag y el Jenesaispop, leer toda esa ristra de blogs musicales de los que me he convertido en adicto. Atender (¡qué majo!) la inesperada, por las horas, llamada de un amigo que te pregunta a ver cómo andas, aprovechando un recodo en su agenda. Leer un libro, bajar al súper sólo para no sentirte tan mal por disfrutar tanto sin salir de casa, comer, siesta, coger unos tebeos. Hacer de padre (sólo hasta donde me lo permite la forzada postura que sin querer adopto para que la camisa no me roce las grapas: qué sería de mí sin A.); cenar, contar a los niños el capítulo de “El Bandido Saltodemata” mientras disfruto de la excitación en sus ojos, a pesar de que saben perfectamente qué va a pasar. Hablar con mi mujer, ver una peli, dormir: lo mire por donde lo mire, no está nada mal. Y claro, la música. Música todo el rato, canciones, canciones, canciones: hasta 134 de ellas, divididas en 5 CD’s, contenidas con primor en un cofre exquisito. El conjunto se llama “Scared to Get Happy. A Story Of Indie Pop 1980-1989” y ha sido editado por Cherry Red en una cuidadísima edición que incluye notas de John Reed acerca de cada uno de los temas: ni os imagináis lo que estoy disfrutando con ese arsenal de nombres ignotos, temas oscuros, apuntes de la pequeña revolución con la que los herederos del punk (hacia ahí se escora la selección, pero hay de todo) inventaron la etiqueta “indie”. Sólo el listado de bandas que conocía antes de escuchar esos cinco cedeles da vértigo: The Pale Fountains, Josef K, Prefab Sprout, Everyhting But The Girl, TV Personalities, unos pleistocénicos Pulp (¿”Everybody’s Problem”? ¿qué es eso?), Aztec Camera, Lloyd Cole, James, The Jesus & Mary Chain (¡una demo del 84 de “Just Like Honey”!), Primal Scream antes de endrogarse, The Wedding Present, The Primitives, BMX Bandits, House Of Love, The La’s, The Stone Roses, The Boo Radleys… etc, etc, etc: la flor y la nata, la creme de la creme, la pera limonera.

También las Girls At Our Best!, un banda de Leeds que a simple vista despertaría comparaciones con el movimiento de las riot grrls (The Slits, The Raincoats, etc) pero que musicalmente están más cerca del art-punk de Wire o el sonido nuevaolero de los primeros ochenta. Chispeante DIY, en cualquier caso, que me aturdió con su pop breve y abrasador cual inyección de heparina, desde la segunda marca del primero de los cinco discos del lote; menudo regalo. Porque oh, sí, de algún oscuro modo mi querida familia (los buenos amigos te llaman por teléfono o te mandan un mail que te hace reír, pero tu familia te regala el cofre de discos que tú nunca te comprarías porque el precio te parecía demasiado) decidió que esta compilación era justo lo que necesitaba para ser capaz de afrontar la cirugía y sus consecuencias. Benditos sean por ello: esa caja está tan llena de cariño como de promesas de excitantes descubrimientos e inesperadas revelaciones. Como un niño felizmente atrapado en el interior de una pastelería, me relamo antes de abalanzarme con manos golosas sobre el surtido completo de sabores y texturas, y doy por buenos los achaques: esto lo compensa todo. Bueno, todo no: todo menos los pinchazos.

6 pensamientos en “Getting Nowhere Fast – Girls At Our Best!

  1. Solo pensar en un autopinchazo, y en barriga, me ha dado angustia. Hay una cosa que no me cuadra, ¿ familiar mal peinado?, no way.

    Te mereces un cofre del tesoro y mucho más.

  2. A mí me dan pena los “Girls at Our Best!”. De un texto de 2911 palabras, apenas les dedicas 60. Como dice Jimwax, a internet se viene llorado de casa. (Ya en serio, me he reído mucho imaginándote en esas situaciones, con lo hipocondríaco que eres) ¡Disfruta los discos!

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