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Courtney  Barmett se despierta en el mismo momento en que un ligero ardor en la cara le advierte del calor que se vacía en su habitación, a través de la ventana. Espera un poco, con los ojos apenas entreabiertos, y cuando los mismos se han habituado a la luz, entonces deja que su mirada salte sobre la suave colina de la almohada, sobrevuele la mesilla de noche (lámpara, cargador del móvil, llaves, una monedas) y levante el vuelo hacia el cielo despejado que acarician las cortinas entrabiertas. Ni una nube. Desde la cama no puede verlo, pero no puede evitar visualizar en su cabeza el desaliñado jardín, bajo el azul exultante. Es lunes, piensa, quizá podría  aprovechar el día para adecentarlo un poco…Claro que por la tarde está el tema del nuevo EP: la compañía ha fijado agosto como fecha límite para la publicación de “How To Carve a Carrot Into a Rose“, de modo que no está segura del todo de disponer del tiempo que aquello requiere… Jesús, y sólo es lunes. Remolonea en la cama todo lo que se lo permiten la presión de las tareas pendientes y el despertar pastoso de un Melbourne que se está sofocando por momentos.

El suelo está fresco, al menos: su presencia cerámica  trepa desde sus pies desnudos y le hormiguea en las pantorrillas. Resulta reconfortante, percibe, mientras confirma con un rápido gesto del pulgar y un breve vistazo al interior de la cafetera la necesidad de volver a prepararla.  El golpe metálico de la tapa al cerrarse aún resuena cuando sus manos rodean con fuerza el contorno metálico, y tras un segundo de muda resistencia, el cuerpo inferior cede. Vacía el poso sobre los restos que coronan el cubo de basura en un delicado equilibrio, a continuación inicia la estimulante y familiar secuencia de grifo, cuchara, aroma tostado, cerilla. Las manos de Courtney Barnett liberan con suavidad la cafetera sobre las llamas azuladas y se encaminan inmediamente al tocadiscos, al otro lado de la puerta de la cocina.

Lo de ayer estuvo bien: hay aún algunas latas de cerveza vacías sobre la mesilla, pero Courtney no repara en ello hasta que el reflejo de la luz de sol sobre la tapa abierta del giradiscos trae a su mente la estampa de sus amigos en casa. Hicieron lo de casi siempre: cenaron, luego Bones, Al y Dave sacaron las guitarras y tocaron canciones de Dylan y The Byrds; Courtney imitó una vez más (lo detesta, pero no puede resistirse a las súplicas de sus amigos) a Sheryl Crow; fumaron algo y bebieron mucho: se fue tarde a la cama, quizás demasiado. En el tocadiscos permanece estático el brillo viscoso de un vinilo: “Antenna To The Afterworld“, de Sonny & The Sunsets.  Enciende el equipo, luego su sostiene sobre su índice con precisión entomológica la delicada cápsula, haciéndola planear sobre los ávidos surcos, y finalmente deja que la aguje se pose, con un leve chasquido de los altavoces, sobre el más cercano al borde exterior. Suena  “Dark Corners“, y ella abre la ventana con la esperanza de que alguna corriente de aire se anime a acariciar con su cola fresca esas butacas de cuero, antes de que empiecen a derretirse.

* * * *

El jardín es un vertedero, piensa Courtney. Contempla con gesto cansado todas aquellas macetas rotas, el brezo quemado por el sol y las hojas secas del júpiter acusando las horas de abandono, el absurdo convocado por el cortacésped sobre un claro de tierra, apenas circundado de hierba; incluso el vacío tetra-brick de zumo que lleva tres días sobre la mesa metálica, todos ellos conspirando en silencio para erigirse en el símbolo de su fracaso en el campo de la horticultura. ¿Cuanto tiempo lleva así todo, dos años? Al menos desde “I’ve Got a Friend Called Emily Ferris: a partir de ese momento las cosas empezaron a suceder demasiado deprisa, y las pobres plantas salieron perdiendo. Pero como dice su vecina, no se puede estar a todo: Courtney adora salir de gira con los chicos, y no lo cambiaría por nada del mundo; ahora el jardín es un vertedero, y quizás hoy sea el día perfecto para hacer algo al respecto.

Guantes, gorro de paja, una camiseta algo raída con la imagen de George Harrison; el siseo de un rollo de bolsas de basura en la mano, que lo primero es tirar. Ahora desde el cuarto de estar llegan los primeros compases de “I Saw The Dead“: el disco de los irlandeses Villagers se lo ha regalado su hermano. Es raro pensar que dentro de poco estará girando con Conor O’Brien, y ahora sólo es una voz acariciante pero extraña, llegando a ella desde el interior de la casa. Dios, todo se ha vuelto rarísimo, en realidad: si le hubieran dicho que iba a acabar grabando un disco cuando vivían en Church Point, se hubiera vuelto loca. It’s something we’re missing darling / So let’s wander instead /  And I’ll show you the back room /  Where I saw the dead. Se ajusta en un gesto apenas consciente el ala del sombrero y sus pasos franquean la puerta: se siente aplastada en el momento justo en que los rayos de sol caen como una condena sobre su espalda.

* * * *

Su vecina ha sido muy amable, como siempre.  Han hablado de jardineras, de semillas, de plantas, mientras tomaban juntas un refresco que Courtney estaba empezando a necesitar con urgencia. Ella sueña con plantar tomates junto a la escaleras; girasoles, brotes de soja, maíz dulce y rábanos al fondo del jardín, junto a la malla. Si no fuera tan perezosa… oh, los chicos le están tomando siempre el pelo con eso. “Courtney la perezosa”, qué facil resulta decirlo cuando no estás arrancando malezas, a cuarenta grados y con los riñones suplicando una tregua… ojalá pudieran verla ahora. Se siente cansada pero mira con orgullo las bolsas, repletas de hojas secas y malas hierbas, amodorradándose bajo el árbol. Luego mira el reloj: último minuto. Uno… dos… tres… Estruja la lata y calcula visualmente el lanzamiento hasta la bolsa de basura donde espera el tetra-brick vencido, pero finalmente la trayectoria se antoja demasiado complicada, y no lo hace; en su lugar deja que la vista se pasee sobre las hileras de incontables puntitos de látex  verde que cruzan la palma blanca de los guantes, aguardándole sobre la mesa. Sólo un minuto más y se pone de nuevo en marcha, prometido.

Las raíces se resisten a salir. Courtney agarra el tallo con las dos manos y apoya con fuerza el pie en suelo, haciendo palanca. La primera vez, el brote se escurre entre sus dedos, dejándole entre los dedos un cogollo de hojas. Al segundo tirón, la tierra cede con un ruido fibroso y  eso le obliga a corregir rápidamente la postura, para no perder el equilibrio. Ya va quedando menos: acompañando este pensamiento de un sonoro suspiro, se limpia el sudor de la frente pasando el antebrazo por ella, y tiene la impresión, por un momento, de haber expulsado más aire del estrictamente necesario. Apoya las manos en las caderas con la mirada perdida en la muralla de brezo, resopla, y luego vuelve al tajo.

* * * *

No puede más. Deja caer la pequeña herramienta en el suelo, levantando con ruido amortiguado una pequeña nube de polvo. Ha sido como un relámpago, una idea vislumbrada apenas por la sensación de ahogo. Se asusta un poco al reconocer el temblor en las manos, la flojera en las rodillas: signos de que algo no va bien. Se sienta sobre el suelo, quitándose con rapidez los pegajosos guantes de las manos, al tiempo que abre la boca para tomar aire. En lugar de sentirse reconfortada, verse a sí misma de aquella manera le empieza a agobiar: no, no es ninguna tontería. Le arde la garganta, y decide en un arrebato de lucidez que necesita urgentemente beber un trago de agua. No, agua no: aire, aire. Joder, es casi como si se estuviera ahogando, como si estuvieran vertiendo alquitrán en los pulmones. Se pone de pie, como un resorte, y corre hacia la puerta de casa.

* * * *

Uma Thurman. No tiene ni pies ni cabeza, pero es lo que ha pensado. La inyección de adrenalina le ha hecho pensar en esa escena de Pulp Fiction en la que Travolta y Quentin Tarantino se ven obligados a inyectar una dosis de adrenalina en el corazón de Uma Thurman, para evitar que muera de sobredosis. This Is Mia Wallace, qué absurdo. El frescor de la sábana le sorprende agradablemente ¿dónde la guardaban, en la nevera? Se siente algo estúpida,  y le incomoda en cierta forma el que no le permitan subir al coche por sí misma, pero respira más tranquila ahora. El tipo de la enorme sonrisa se acerca a la ambulancia, y con un hábil movimiento de su muñeca las puertas traseras se abren de par en par, como recibiéndola, como si en vez de Courtney Barnett tumbada sobre una camilla se dispusiera a succionar una gigantesca píldora blanquecina. Todo parece ahora desproporcionado, tal y como lo vería un niño pequeño mirando un mundo que ha sido creado en una escala distinta de la suya… se parece demasiado a aquella vez que tomó demasiada pseudoefedrina y no podía dormir por la noche: la realidad está empezando a perder consistencia.

Courtney Barnett aspira con fuerza del inhalador, y al instante siente la mitigadora dilatación de sus vías respiratorias. Es como si me estuvieran regando, piensa. Ojalá fuera tan fácil con las plantas del jardín, un simple golpe de spray y todas aquellas hojas mustias volviendo a verdear, el césped brotando de golpe de la tierra beige, el milagro de la medicina moderna al servicio de la jardinería. Definitivamente, no ha sido una buena idea lo de ponerse hoy a hacer eso, con todo el calor que hacía; todas las decisiones de la mañana  parecen contempladas ahora desde un ojo de pez, una delgada membrana al pasado del grosor de una lentilla: ojalá se hubiera quedado en la cama. Aunque el enfermero, o el médico, o quien sea el tipo que ocupa el sitio del copiloto mientras la ambulancia atraviesa los suburbios paralizados por el bochorno, lo ha dicho muy claro: podía tratarse de una reacción alérgica. Vuelve a sentir el ahogo y se acerca el inhalador a la cara, pero algo no sale bien, porque le hace toser. Dios, qué ridícula se siente. Ni siquiera es capaz de hacer eso decentemente. Se acuerda de cuando intentó fumar con el nargile, qué mal se le dio. Qué mal se le da ahora, simplemente respirar.

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5 pensamientos en “Avant Gardener – Courtney Barnett

  1. Qué gustito leerte, maldito. La narración me ha hecho recordar las historias de Pulp como “59 Lyndhurst Grove” o, especialmente, “Inside Susan”.

    • Ay, amigo…eso es muy amable por tu parte, pero me temo que mi intento de transmitir el carácter narrativo del tema queda MUY por debajo de éste.

      Las canciones, las canciones: eso es lo que importa.

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