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En mi escena favorita de “Misfits” esa serie británica que durante dos muy buenas temporadas me tuvo enganchado a las andanzas de un grupo de jóvenes pseudo-delincuentes a los que una misteriosa tormenta dota de super-poderes, los chicos se reúnen junto al arcón congelador donde descansa el enésimo cadáver del que son responsables. Y entonces pasa esto:

Ni que decir tiene que la carcajada que solté con ese “¡Eh,Cornettos!” de Nathan se oyó en un kilómetro a la redonda, algo que en la siguiente escena (los chicos saboreando sus Cornettos, mientras reman para arrojar al lago el cadáver de la chica que había compartido arcón con los susodichos helados) desembocó en un incontrolado ataque de risa. Y si bien es cierto que a partir de la desaparición del personaje del odioso y al mismo tiempo genial Nathan la serie no aguantó tan bien el tipo, y acabé perdiendo el interés, no menos cierto es que al menos durante esos primeros capítulos me lo hizo pasar como un enano. La serie británica era salvaje, irreverente, divertidísima y muy, muy burra, algo que acotaba muy bien la sintonía que acompañaba a los créditos de arranque: “Echoes” de The Rapture es una de las cosas más salvajes, irreverentes, divertidas y burras que hemos podido escuchar en lo que llevamos de siglo.

A estas alturas, glosar las excelencias del disco de 2003 que prácticamente originó el revival más importante de la década pasada no tiene mucho sentido, pero aún así no voy a dejar de escribirlo. “Echoes“, el disco, fue un directo a la mandíbula que después de dejarnos K.O. abrió la puerta para la llegada de un aluvión de hijos bastardos del punk-funk de Gang Of Four y bandas afines, cuyo sonido actualizaban arrojándolo a un tóxico baño de electrónica. No todo era igual de bueno, pero ahí estaban los Radio 4 de “Dance To The Underground“,  la adictiva “Agenda Suicide” de The Faint, y por supuesto ese himno que consagró a los LCD Soundsystem de James Murphy como el grupo más cool del universo: me refiero, por supuesto, a esa enciclopedia concentrada de la música  del siglo XX que es “Losing My Edge“.

Al final, lo reconozco, me acabé cansando de esta historia del dance-punk.  No sólo porque de pronto parecía que el mundo ya no quería escuchar otra cosa, sino sobre todo porque toda esa excitación y toda esa maravillosa urgencia lo que pedían a gritos era ser escuchadas en directo, algo no siempre tan sencillo cuando vives en una pequeña ciudad poco amiga del “yo-estuve-ahí”. Pero 10 años después, las canciones sí que siguen ahí, y aunque muy probablemente “Echoes” será para siempre el disco de “House Of Jealous Lovers” y sus maravillosos cencerros, creo que la pista titular le gana a los puntos en crudeza: si en 1977 tenías que tomar partido entre las sudorosas axilas de Tony Manero y los berridos de John Lydon, en 2003 no sólo podías permitirte el lujo de disfrutar de ambos, sino que además se condensaba a la perfección en estos extáticos 3 minutos.

Echoes” es mucho más que óxido en las guitarras, un base rítimica infectada de funk y los rebuznos de Luke Jenner (gloriosos, dicho sea de paso, en ese verso de “The price is… Whaaaat?). Es puro DIY, la experiencia física de la más absoluta libertad para mezclar, romper y transgredir, la perfecta comunión entre cuatro neoyorquinos dispuestos a replantear la música de baile y nuestros instintos más primarios. No es sólo que te haga mover los pies, es que te hace sentir como un puto salvaje. No deja prisioneros,  y acaba como tiene que acabar una tema así: con los alaridos brutales de Jenner destrozando a martillazos la batería de Vito Roccoforte; no son nada más (y nada menos) que gritos, pero probablemente escuchar su eco, diez años después, sea el mejor modo que tenemos de recordar que aún estamos vivos.

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Un pensamiento en “Echoes – The Rapture

  1. No recuerdo si llegamos al final de la segunda temporada, pero también lo pasamos de lo lindo. La mezcla de violencia y humor crea un buen tándem en esta serie, que gana mucho en inglés con acentos tan marcados y soeces ( seguimos imitando como Kelly llamaba a Nathan).

    La canciòn, perfecta para arrancar. Te prepara para la brutalidad y la decadencia del escenario. Aún conciéndola antes, la asociaciòn ya es irrompible.

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