Home

“SAGA RECORDS

Teléfono: ARChway 044 (2 líneas) / ARChway 6777 (3 líneas)
Oficina de ventas y Almacén: 6-7 EMPIRE YARD, 538-540
HOLLOWAY ROAD, LONDRES, N.7

18 de Febrero de 1960

Estimado Distribuidor:

Adjunta a esta carta encontrará completa información  sobre las nuevas publicaciones de Saga bajo la etiqueta Triumph, que en el futuro albergará nuestros lanzamientos más ‘pop’. Estos discos se publican con el mercado adolescente en mente,  y los sencillos irán introduciendo algunas nuevas estrellas para ese mercado. Recibirán la máxima cobertura publicitaria en la prensa especializada, así como una especial explotación en los medios.
Entre los primeros lanzamientos hay un disco muy inusual – un estéreo E.P:  RGX 5000 – Una Fantasía Estéreo del Espacio Exterior – que estamos seguros será un gran éxito. Le sugerimos que utilice este álbum en primer lugar como un disco de demostración para vender su equipo estéreo, en la medida en que los raros y efectistas sonidos “del espacio exterior” producen un efecto estéreo extraordinariamente interesante.
Hay un montón de material disponible para los distribuidores  -pósters, cromos gratuitos para los jóvences compradores, etc- parte del cual se le envía adjunto, con el ruego encarecido de que haga vd. pleno uso de él.

Le saluda atentamente:

SAGA RECORDS

Con esta carta, el disco experimental en el que el productor Joe Meek había puesto el mayor esfuerzo e ilusión de toda su carrera abandonaba para siempre la ascendente escalera hacia el éxito que tanto ansiaba su autor y,  equiparado casi sin querer con un vulgar recopilatorio de efectos de sonido, se enterraba en el olvido en el que se mantendría durante décadas: el asombroso “I Hear A New World“, producido ¡en 1959! por el no menos asombroso Meek, y grabado por un antiguo grupo de skiffle apodado The Blue Men bajo la dirección de Rod Freeman, fue editado parcialmente en 1960, constando únicamente de 4 pistas (eran “Entry of the Globbots“, “Valley of the Saroos“, “Orbit Around the Moon“, y “Magnetic Field“). Tuvieron que pasar 30 años (se dice pronto) para su publicación definitiva en 1991, bajo el sello inglés RPM, en una edición que incluía además los temas inicialmente previstos para un segundo E.P. -que nunca llegó a publicarse como tal- y aún unos cuantos años más para que la obra del visionario británico empezara a reivindicarse más allá del legendario status de joya escondida que le habían conferido todos esos largos años de destierro.

En entradas anteriores, ya ha tratado de aportar algunos trazos sobre la turbulenta biografía de Meek, y sin embargo mucho me temo que tratar de comprender una personalidad como la suya es una tarea desde su inicio encaminada al fracaso: fascinado, como todo hijo de su tiempo, con el espacio y sus inifinitas promesas de futuro, pero también aficionado al ocultismo (llevándole incluso a colocar grabadoras en los cementerios); pionero en la creación de sonidos electrónicos que se adelantaban años luz a su tiempo, a la vez que obsesionado con aquel icono del rock’n’roll más puro llamado Buddy Holly; homosexual en la clandestinidad, y detenido por comportamiento inmoral en los baños públicos; exitoso y (en cierta medida) fracasado, drogadicto, visionario, paranoico, y finalmente, asesino y suicida, sólo podemos apreciar los reflejos de un personaje tan brillante como complejo, sabiendo que apenas podemos intuir el contorno.

El caso es que, quizás no lo fue en su época, pero ahora Joe Meek es una leyenda.  Elegido recientemente por el NME como el mejor productor de todos los tiempos, su figura ha sido objeto de mil y una revisiones,  documentales, sesudos estudios y hasta un fallido biopic que con el título de “Telstar” trataba de hacer creíble un guión que cualquiera que no conociera de antemano la historia de Meek hubiera juzgado delirante. Y sí, indudablemente están “Telstar” o “Johnny Remember Me“, entre otras muchas canciones, para explicar su trascendencia en la historia de la música, pero más claro es aún que esa feliz marcianada llamada “I Hear A New World” tiene gran parte de la culpa: considerado por muchos el primer disco conceptual de la historia del pop, la pretensión de Meek no era otra que explorar las potencialidades que ofrecía el sistema estereofónico, formulando en el proceso una imagen sonora del fascinante espacio exterior (y particularmente de la vida en la luna). Grabado a hurtadillas del estudio Landsdowne, y utilizando los recursos de los que ahí disponía para producir los éxitos de gente como Lonnie Donegan, el material resultante era luego procesado por Meek en el estudio que se había montado en casa, obteniendo con todo ello una libertad que hubiera sido impensable en cualquier discográfica de la época. Para ello contaba además con un ejército de primitivos sintetizadores (incluyendo el claviolín, un teclado de dos octavas concebido por él), o cacharros capaces de distorsionar las voces (hoy lo llamaríamos “efecto pitufo”, aunque él estaba entonces dando voz a seres de otros mundos a los que incluso se dio el lujo de bautizar como  “globbots”, “dribcots” o “saroos”), pero también se valió de la utilización de “efectos especiales” caseros como la grabación de ruidos de burbujas en el agua, cortocircuitos controlados, o el golpeteo de botellas de vidrio a medio llenar.

Así describía Joe Meek “The Bublight“, una de las pistas que iban a ser publicadas en el segundo EP del que sólo se llegarían a planchar las portadas, y que a mi juicio constituye una de las más claras cimas del disco:

Este es un espectáculo maravilloso. Un gran pedazo de cielo se llena de luces de diferentes colores, que casi me imagino como el final de un arco iris, excepto por el hecho de que cada luz adquiere una forma. La gente viaja desde lugares muy lejanos para bailar en los rayos de colores, y cada cinco minutos,  todas las luces se confunden, asumen diferentes formas, brillan por otros cinco minutos, y luego la confusión tiene lugar de nuevo. Esto dura en nuestro tiempo unas diez horas: la extraña visión sólo ocurre una vez cada seis meses, y  bailar en esos rayos de colores transmite a a la gente la creencia de que se lanza un hechizo sobre ellos, que les protegerá del mal durante los próximos seis meses.

Visto desde nuestra óptica, el resultado de todo ese esfuerzo  es un disco que oscila entre lo infantil, cuando no francamente risible, y lo fantasmal, pero en cualquier caso ALUCINANTE. A los misteriosos ecos y las irresistibles melodías se superponen tanto guitarras hawaianas y voces distorsionadas como pianos deliberadamente desafinados, música que efectivamente parecía provenir de un futuro que nunca llegaría, y que hoy sólo puede inspirarnos nostalgia. Adelantándose en más de una década a la aparición de Kraftwerk, y constituyéndose en una innegable influencia para grupos de corte experimental como Pram o Broadcast (basta escuchar los interludios instrumentales de “HaHa Sounds” para percibir el influjo de Meek), este disco se atrevió a ir más allá de lo que muchos otros habían llegado. Puede que hoy en día sepamos que ni los Globbots ni los Saroos nos aguardan en la luna, pero “I Hear A New World” cumplió con creces lo que prometía en su título, y abrió la puerta, quizás sin saberlo, a un mundo nuevo de sonidos.

Un pensamiento en “The Bublight – Joe Meek

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s