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No, no es un salto en la reproducción de la canción: Connor O’Brien deja que su voz trastabille al recitar “Was beginning to d-d-dig in and then (then) his back began (began) to crack“, produciendo un extraño efecto justo en el comienzo de la canción, e introduciendo al oyente de paso en un escenario muy distinto al que los devotos de “Becoming A Jackal” estábamos esperando: ya lo dije hace unos meses, que los Villagers de 2013 vienen con algunos cambios.

El segundo disco de Connor O’Brien no es sólo es el segundo que firma como Villagers, sino que también es un álbum difícil, sobre todo si lo comparamos con la inapelable claridad con que el debut se nos revelaba como una obra enorme. Rizando el rizo, diría que “{Awayland}” (esas llavecitas, Connor…) es un claro ejemplo del clásico “difícil segundo disco”, la inevitable reválida a la que ha de enfrentarse un artista que ha dejado al mundo boquiabierto con su primera publicación (para la que probablemente estuvo durante años componiendo y arreglando) y al que un insaciable mercado no va a dar un plazo tan generoso para componer nuevas canciones.

Por el camino, como es inevitable, algunas pérdidas y algún que otro hallazgo: el disco acusa la falta de sencillez que paradójicamente armaba canciones tan poderosas como “That Day“, “To Be Counted Among Men“, o la desnuda-pese-a-los-arreglos “The Meaning Of The Ritual“, y se echa terriblemente en falta la naturalidad -esa es la palabra exacta- con la que el irlandés cultivaba en su fértil folk-pop especies algo exóticas para esas latitudes (Las fabulosas “The Pact (I’ll be your Fever)” y “Pieces” no dejaban de ser un rock’n’roll vintage y un baladón deliciosamente trasnochado). Y, sí, también, echo mucho de menos la canción que el joven Connor regaló a Charlotte Gainsbourg, y que con el título de “Memoir” se publicó en un split single con motivo del Record Store Day de 2011 (Como Villagers aportaba “Set The Tigers Free“, ahí es nada): parece que acabó como cara-b de ese avance tan raro que fue “The Waves“, pero supongo que hay una cierta lógica en ello, y es que sin duda estaba más cerca del primer disco que del segundo.

En el capítulo de las ganancias, basta una primera escucha a “{Awayland}” para percatarse de que la música de O’Brien ha crecido, lo que equivale a decir que se ha hecho más grande, y más oscura. Los arreglos cobran un mayor protagonismo (haber estado nominado al Mercury Prize habrá ayudado bastante a hacerlo posible, supongo) y hacen que la singularidad que se adivinaba en canciones como la titular “Becoming A Jackal” gane en reflejos. Aquella (los que tenéis que soportar mi selección anual de canciones favoritas ya me lo habéis oído decir) era una piedra rara arrancada de la tierra, de esas que fascinan a mi hijo, que al ser movida en la mano produce brillos y colores siempre cambiantes; podríamos decir entonces que en su segundo disco Connor O’Brien cuenta con las herramientas para tallar y crear piezas de orfebrería. A veces le pierde el afán por pulir (“Nothing Arrived” está tan empeñada en ser bonita que acaba siendo como una canción blandengue firmada por Chris Martin), y otras veces el engarce (a mí me pasa particularmente con “The Waves“) no es el que mejor le va, pero en cualquier caso el tío no ha perdido el oficio.

Earthly Pleasure” no tenía, a priori, todo a favor para convertirse en mi favorita del disco, por aquello de ser una de las piezas más complejas del lote, y sin embargo reconozco que al final toda esa épica (sorprendentemente, y salvando la  cuestión de la personalísima voz de Yorke, no demasiado lejana de algunas composiciones de Radiohead) me acaba enganchando. Y sí, puede que estos últimos no sean precisamente el tipo de referencia que uno esperaría encontrar en un texto sobre Villagers, pero la oscuridad del tema y el crescendo dramático me acaban remitiendo a los de Oxford. Al principio, como comentaba, se muestra titubeante y confuso, pero poco a poco la métrica eficaz del irlandés va imponiendo un ritmo trepidante y hasta cierto punto heróico. La letra participa de la confusión, y contribuye a dar un fondo irreal, pero muy eficaz, al asunto: como uno de esos sueños en los que la falta de concordancia, los cambios en los personajes o los escenarios se asumen a la perfección dentro de una muy particular lógica. Comienza del modo más absurdo (“Naked on the toilet with a toothbrush in his mouth“) y acaba arremetiendo contra un sistema mucho más absurdo aún (“Lucifer is in our court, Beelzebub is in our banks“) pero desgraciadamente mucho más real. Como cuando contemplamos “El Jardín De Las Delicias” pintado por El Bosco, las escenas que se dibujan en  “Earthly Pleasure” son tan confusas como inquietantes, pero en cualquier caso no podemos dejar de mirarlas. O como canta el mismo Connor O’Brien, justo al final del tema: “Now I truly understand / That I don’t understand a thing / So let this earthly pleasure sing / Earthly Pleasure

So there he was in front of her divine simplicity
And she was speaking Esperanto and drinking ginger tea
As she inquired about the reason for his visit here today
Well he just said, no reason, and I really shouldn’t stay.
And so he thought that she would think that he was some kind of freak
And that he’d go back to the grind, and that he wouldn’t last a week
But she didn’t, she just sighed and uttered softly with a smile
Sit down dear child, what’s on your mind?
And so he frantically described to her, the kingdom at her feet
As she continued with her manicure and poured another tea
As he recounted tales of misery and suffering and pain
She was yawning at the ceiling, so we had to up his game
The only thing your children cherish is to move up the ranks
Lucifer is in our courts, Beelzebub is in our banks
And if you don’t cooperate with us, we’ll hound you ‘til you’re dead
So she granted him a wish, and let him write it on her head
And when he read it back to her, this is all it said

Earthly pleasure ring out
From the rigors of this road
Earthly pleasure ring out
From the caverns of my soul

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Un pensamiento en “Earthly Pleasure – Villagers

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